I. Destinos.

Por caminos torcidos [Ana] había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado.

Clarice Lispector, Amor.

Madre y esposa ejemplar, Ana regresa en tranvía de hacer las compras. Por la ventanilla ve profundamente, “como se mira lo que no nos ve”, a un ciego mascando chicle. Esta visión desactiva su seguridad cotidiana y la pone en contacto con el vertiginoso peligro de estar viva. Se sobresalta, el paquete de huevos cae de su regazo. Se rompen. Hacen un enchastre que deja su huella pegajosa impresa sobre la bolsa de tela. El corazón de Ana palpita. Es incapaz de contener la excitación que le nace por culpa de la visión de ese hombre ciego mascando chicle (que parece que sonríe pero que no sonríe). Se pasa de parada. Se baja no sabe bien dónde. Comienza a caminar hasta encontrar el centro exacto de un dulce infierno de putrefacción animada. Está en el Jardín Botánico. Se sienta en el banco a saborear los entretelones de esa vida multiforme que está por ahí pero que no se ve. Pero se le hace tarde. Se arma de un coraje de madre preocupada, de esposa responsable. Regresa corriendo a su casa. Poco le cuesta readaptarse. Reconquistar esa fortaleza de leona que le sienta tan bien. Antes de irse a dormir se peina frente al espejo. Todo está en orden.   

Los nueve cuentos que nos narran La suerte de las mujeres nos permiten recorrer esos “caminos torcidos” que desembocan, con una inevitabilidad evitable pero no evitada (¿por qué?), en lo que la escritora brasileña llama “un destino de mujer”.

Creo que, a excepción de un solo cuento (Barrio cerrado), las voces que nos guían a lo largo del libro son exclusivamente de ellas: Beatrices sin Dante. Como si se tratara de una mamushka lo suficientemente grande, este libro de cuentos hace lugar a todas las edades o fases de la mujer (algo similar plasmó Edvard Munch en La danza de la vida): la niñez devenida naciente adolescencia en Los pescadores, pero también en esa tensa cuerda que agita las hamacas a través del tiempo en La partícula del mal; la joven adultez con su encrucijada matrimonial (Los dioses de la noche), pero asimismo con el invernal sol del desengaño treintañero (Dejar de fumar); y por último, el papel de madre (Calafate) cuando no de hija (Azúcar en la sopa) o de vecina, esposa o madre cesanteada (Un hombre en la ventana). Por supuesto, dentro del seno de este libro lleno de mujeres (cada mujer es muchas mujeres) tampoco falta el tiempo laxo de las fantasías oníricas o, si se prefiere, el tiempo irreal de las pesadillas (Tulipanes).

Lo impactante de este libro es que al final ellas siempre se quedan solas. Eso mismo le pasa a la madre sobreprotectora pero despistada a la vez, que se fue a vivir al Calafate. La culpa no se le derrite. El hijo no regresó del partido, entonces se llena de trágicas visiones. Pero Simón ya sabe regresar solo a casa. Ella lo observa “su cuerpo se nota más erguido, su voz más profunda”. Ella lo ve entrar en la casa, cerrar la puerta.

Otra mujer. Separada de su hombre-ancla en un monoambiente custodiado por murciélagos, otra mujer destapa una botella de vino, busca un cigarrillo como en los viejos tiempos. Otra mujer. La esposa de Mariano, la vecina de Virginia, se toma un último permiso y decide pasar la noche en un pequeño hotel para contemplar en soledad cómo “la noche se arroja, brillante, hacia todas las cosas”.

Se quedan solas con su soledad y sólo entonces, en el peor de los momentos, parecen conquistar una fortaleza difícil de llevar, una fortaleza que las invita a reinventarse, a reponerse como sea de esos golpes que da (y que dan) la vida.

II. Modus operandi.

El lector debe saber que Paula Vázquez hace uso de un despliegue narrativo que puede seguir dos patrones. Un cuento puede desdoblarse en dos, como un díptico, o en tres, como un tríptico. Yo creo que son estrategias para poder contemplar mejor el dibujo de conjunto. Veamos un ejemplo de cada caso. Los pescadores es un cuento que progresa en dos partes. Dos amigas de la infancia. Dos familias que pasan juntas las fiestas. Realidades económicas que de pronto cambian. El tránsito de la niñez a la adolescencia; la bisagra: “A pesar de mis trece años sabía que ese sería mi cuerpo, y que tendría que vivir con él para siempre”. En este cuento somos testigos del paulatino desarrollo de un carácter, de la gestación de una personalidad. Los términos de la relación se trastocan: “Tuve su mano contra la mía durante unos segundos y después la solté. Algo cambió de lugar en mi pecho, como los colores en una vidriera cuando el verano se va”.  Este cuento tenía que desplegarse en dos. Así se aprecia y se desarrolla mejor la tensión entre dos polos que crecen y cambian de naturaleza.

Sin embargo, en Dejar de fumar (mi cuento preferido), el despliegue total de la narración exige repartirse en tres (¿vamos hacia la superación dialéctica?). La primera escena: la desolación ante el hecho consumado, la casa desamueblada. La segunda escena: el flashback, nos retrotraemos al nacimiento de una ilusión. La escena final: el nuevo comienzo, la recomposición anímica y el acceso (cruel) a una certidumbre (cruel) pero inobjetable: “Estamos hechos de cosas que desaparecen”.

III. Detalles.

Me encantas estas frases. Muchas de ellas cierran secciones, son como la pincelada final. Creo que poseen una contundencia poética que embellece y dota de hondura existencial a la prosa de Paula Vázquez; un prosa ya de por sí de “alta calidad, rítmica, sobria”, como la califica en la contratapa del libro Ana María Shua.  Dejo entonces (¿a modo de anzuelo?), descontextualizadas e instantáneas, algunas de las frases que como flechas han atravesado mi lectura de este libro tan interesante:

“Los actos que parecen más irreversibles pueden sin embargo deshacerse como cordones mal atados”.

“Con raíces no se puede correr”.

“En un cumpleaños, mi abuela me dijo: el hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla”.

“Dormí sin sueños, como un insecto”.

“Algo tiene que moverse. La vida se mueve y lo que no se mueve está muerto”.

Lo último de lo último. Como un consejo dado de mujer a mujer (aunque… ¿podría extenderse también a los hombres que lidian con sus destinos de hombre?), como un antídoto para no caer en destinos prefabricados, Paula Vázquez escribe: “No es culpa de los murciélagos [o de cualquier otro tipo de chupasangre], ni siquiera de los perros o de los hombres. No se puede tener el destino fijado en el otro”.  Si todo lo que se es es un todo en función del otro, llegará esa “hora peligrosa de la tarde” en la que nadie (estando “cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones”) necesitará ya de Ana y así Ana ya no sabrá qué hacer consigo misma salvo angustiarse.

La suerte de las mujeres, libro publicado por Añosluz Editora en noviembre de 2017, obtuvo el III premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016. En aquella ocasión el jurado estuvo integrado por Ana María Shua, Liliana Heker y Carlos Chernov.


paulavazquezPaula Vázquez. Abogada (UBA, 2008). Magister en Sociología Jurídico Penal (Universitat de Barcelona, 2010). Se formó en talleres literarios con los escritores Diego Paszkowski, Hernán Vanoli y Fernanda García Lao. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF, dirigida por María Negroni. Publicó artículos especializados y cuentos en las antologías Nuevas narrativas, historias breves, Ed. Clásica y Moderna. En 2014 publicó el poemario Los hombres de mi oficio, Ed. Huesos de Jibia. La suerte de las mujeres, ganador del III premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016, es su primer libro de cuentos.

Foto principal: L. Surce, sobre cuadro de Jorge Martínez Ramseyer]

Escrito por Leandro Surce

Licenciado en Ciencia Política (FCS-UBA), estudiante de la carrera de Filosofía (FFyL-UBA) y editor. Mención en el certamen de cuentos "Vicente López, ciudad fantástica" (2012). Primer premio certamen de microrrelatos Revista Crac!-Literatura (2013). Algunos de sus microrrelatos han sido publicados en las revistas Minificción (México, 2016), Plesiosaurio, primera revista de ficción breve peruana (2017) y Brevilla (Chile, 2017; Antología de microrrelatos policiales). Obtuvo, dentro de la categoría estudiantes, el segundo premio del "I Certamen de Ensayo Filosófico" organizado por el Departamento de Filosofía (FFyL-UBA, 2017) por su ensayo “Intemperies: Las vacaciones de Nietzsche o cómo se filosofa sin abrir el paraguas”. Pormenores (Kintsugi Editora, 2018) es su primer libro de cuentos publicado.