Existe un hecho común, aceptado en la literatura y explicado por la lingüística, al cual nos cuesta resignarnos: que las palabras, esas palabras cotidianas que son tan parte de nosotros como los ojos que la leen, cambien de sentido. Nos cuesta aceptar que muro ya no sea sólo una pared de piedra sino también un espacio personal y público en Facebook, que temporada designe la periodización de una serie de televisión y que raza se haya convertido en un vocablo despectivo. Este aspecto conservador del lenguaje se refleja así mismo en las instituciones que pretenden regularlo. La Real Academia Española no se resigna a reconocer el uso corriente del galicismo “bizarro” (raro, extraño) y prefiere mantener la acepción castellana que ya nadie emplea (valiente, generoso). ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar esos cambios? Quizás la íntima respuesta a dicho planteo esté en aquella lejana discusión de los griegos sobre la permanencia y el cambio. Sentimos que el mundo se nos escapa como la arena en las manos, que cada vez necesitamos más glosario para entender a Shakespeare, que un lento atardecer oscurece la vida. Cambio es sinónimo de tiempo y percibimos cada variación como un símbolo de nuestro fatal destino. Más allá de nuestra muerte el mundo seguirá girando, las oficinas continuarán su rutina de lunes y las palabras de siempre serán otras.

Pero, más allá del aspecto filosófico, ¿por qué cambian de sentido las palabras? La respuesta más evidente es la que brinda la historia y es tan antigua como Babel. Las sociedades cambian, se desplaza y sus culturas se tornan complejas, produciendo desplazamientos semánticos que se traducen en mutaciones del lenguaje. Un mismo idioma cambia tanto a lo largo de su historia que termina por caer en una paradoja cara a los filólogos: muchas veces es necesario traducir una misma lengua para comprenderla claramente. Así, el griego antiguo resulta imposible de entender para un hablante moderno y nosotros debemos traducir el español si queremos leer el Mio Cid o las Cantigas de Alfonso el Sabio. Ante dicha cuestión puede hacerse el planteo ontológico que Plutarco aplicó al barco de Teseo. Si una palabra cambia tanto de sentido que resulta imposible adivinar en ella su significado original, entonces ¿sigue siendo la misma palabra? ¿Qué queda de la amplitud semántica de la voz griega λóγος en nuestro pobre vocablo lógica? Por lo demás, toda lectura es una traducción (Steiner, 1980) En nuestro mundo actual, encausado en un vértigo de información y fugacidad, éstas transformaciones se perciben más claramente. Basta una generación para observar múltiples variaciones de sentido en un término.

La segunda razón está íntimamente ligada a la anterior. Los idiomas cambian como consecuencia del contacto lingüístico con otros pueblos y sociedades. Los movimientos migratorios, las comunicaciones, las invasiones (territoriales y culturales), fomentan las interacciones entre lenguas. Buen ejemplo de ello son las palabras que el inglés tomó del francés luego de la Conquista Normanda (un tercio del inglés actual, como en el caso de beauty o country), los dialectos que se formaron en América luego del arribo de los españoles (como el centrino) o los anglicismos que usamos actualmente como consecuencia de la influencia de la cultura norteamericana (i.e jeans, happy hour, mouse, etc)
Las investigaciones históricas, filológicas y lingüísticas agotan las variaciones del problema. Abundan los estudios sobre cómo influyen los procesos socioeconómicos, el medio ambiente y el uso de redes sociales en los vaivenes de la lengua. Pero también existe un extraño fenómeno, implícito en los estudios de Pierre Bourdieu sobre lenguaje y poder, que resulta determinante en el uso académico de la lengua y su impacto en la sociedad. Este factor, menos estudiado que los anteriores, recibe el nombre de devaluación semántica: al igual que la sobreabundancia monetaria repercute en la disminución de su valor nominal, así determinadas palabras pierden su valor cuando se vulgarizan.

Los diferentes discursos sociales se componen de una terminología específica que funciona como elemento de cohesión y exclusión a la vez. Sirven para dar identidad a un grupo y para repeler a todos aquellos que no utilizan el mismo discurso. ¿Qué ocurre entonces cuando una palabra propia de un registro pasa a otro? La respuesta es sencilla: es necesario reemplazarla. Como ya dijimos, es un proceso de devaluación: las palabras, al perder su estatus social, pierde también su valor. Este proceso, debido a su carácter verticalista, se aprecia más claramente en los discursos académicos que en los populares.
La sustitución de un concepto por otro debe cumplir tres requisitos:
1. El neologismo no debe ser un sinónimo exacto de las palabras que reemplaza, sino que debe tener, en apariencia y por definición, un sentido más preciso y profundo.
2. Su fonética debe diferenciarse de los sonidos habituales del idioma, por lo que suelen elegirse extranjerismos (preferentemente griegos)
3. La nueva palabra debe contar con una sofisticada plataforma teórica para ser, de este modo, poco accesible.

Tomemos un ejemplo. A lo largo de la historia los libros han mantenido una estrecha relación entre sí, que la tradición literaria gustaba en llamar “alusión”. De este modo, Virgilio dialoga con Homero, Dante con Virgilio, Blake con Dante, y así sucesivamente. Sin embargo, en el siglo XX, cuando la literatura se convirtió en un bien de consumo masivo y sus conceptos, por lo tanto, se popularizaron (para horror de catedráticos y literatos) fue necesario cambiarlos por otros. Así, alusión se convirtió en hipertextualidad, que define la relación que un texto mantiene con otro texto, y ese nuevo concepto fue seguido por otros afines: intertextualidad restringida, intertextualidad general, intertextualidad autárquica, transtextualidad, alusión grafico-morfológica, intertextualidad transcultural, etc.

Del mismo modo que los antiguos egipcios tenían palabras mágicas que solo podían ser pronunciadas en rituales secretos, nuestros académicos modernos tienen un léxico propio donde está cifrado su estatus y su capital cultural. El lenguaje es una herramienta peligrosa porque puede simular el conocimiento, de ahí su poder, de ahí también la preocupación por este fenómeno. La historia de una lengua no es más que la repetición cíclica de un puñado de conceptos. Algún día estas palabras ya no tendrán ningún valor y serán reemplazadas por otras, y después por otras y después por otras.

Escrito por Marcos Andrés Galli

Marcos Andrés Galli (1990) - Argentina Licenciado en Historia del Arte y escritor en los ratos libres. Me gusta el olor a tierra mojada.