«Anatomía de un cuerpo arrojado a la batalla»

No hay mejor palabra que «anatomía» para señalar la ruta de lectura de Hemiparesia izquierda (Ediciones Catavento, 2017). En su libro, Manuel Angelo Prado propone el estudio anatómico / poético de un cuerpo enfermo, «arrojado a la batalla», como claro eufemismo de la vida. Pero no solo eso. Se trata también de mostrar aquel enfrentamiento en sus otros ejes: el sujeto en confrontación con su cuerpo, su miedo, su propia identidad. Ante nosotros aparece un yo vulnerado en el que tememos no encontrar victoria. A este libro lo atraviesa el riesgo de convertir una lección de anatomía en la irremediable disección de un cuerpo abandonado, atrofiado por el temor, hijo de su propia enfermedad. 

En una primera lectura, la hemiparesia parece ser el mayor obstáculo del sujeto cuando decide enfrentar la realidad. Sabemos que la fuerza motora de un lado de su cuerpo se vio disminuida desde la infancia. Ahora es turno de la voz adulta de observar y concebir la continuidad de la vida a través de su cuerpo enfermo, como si se tratara de un cristal que la aleja y solo le permite, aparentemente, una mirada desencantada de la existencia: «Todo crece / en torno a un brazo herido / tímidos charcos / árboles jubilados» (13). La enfermedad le imposibilita concebirse a sí mismo como parte del aquí y el ahora. Se trata de una subjetividad desplazada frente al mundo, ajena a él y, por momentos, ajena a sí misma. No obstante, comprende que aun a pesar de su padecimiento físico, la vida debe continuar, incluso si eso implica no ser testigo de ella: «se hace tarde para la terapia / la pubertad de las plantas tendrá que esperar» (13).

La batalla que nos advierte el título del libro no debe entenderse solo como una confrontación con la vida, sino como un conflicto mucho más urgente, del que depende la esencia misma del cuerpo que ha sido arrojado: la construcción de la identidad. El campo de batalla ahora es uno mismo. ¿Cómo lograr constituirse (si acaso es posible) como sujeto a partir y a pesar de la enfermedad? Este asunto parece preocuparle (y agradarle) más a la voz poética, en lugar de tomar el camino fácil de la queja infecunda e inútil. Para lograrlo, el proceso de búsqueda de identidad debe enrostrar necesariamente el cuerpo herido, la inmovilidad y la frustración de ser un «árbol negro» que crece hacia abajo (17).

Este trabajo de introspección se vuelve evidente en varios momentos del libro, sobre todo en la sección «Memorias en forma de sueños», en la que abundan construcciones de este tipo: «Caí de algún lugar / cojo de razón y espanto / aprendí a gatear sobre el agua» (23); «nadé hasta el falso principio / de una circunferencia / para ensamblarme / por fin / a mí mismo / talón y pierna froté / para encender mi propia muerte» (23-24); así como también versos agudos que declaran una identidad a partir del cuerpo dañado: «Soy carne / echada al fuego / habito / en las entrañas de un volcán / mi sudor / indeciso / ha dibujado el destino de los hombres» (27).

Al ser arrojado a la vida y a sí mismo, y ante a la vulnerabilidad física, surge la necesidad de transformar la enfermedad en algo más elevado. La hemiparesia izquierda deja de ser una limitación para convertirse en una condición que permite el acceso a una conciencia superior de la existencia, todo gracias al poder autocrítico y transformador de la poesía.

 

Retrato mio Yoandy (1)Retrato del poeta Manuel Angelo Prado por Yoandy Robaina Fuentes


De la enfermedad a la lucidez

Los refugios que se plantean frente a la enfermedad son varios: el sueño, la naturaleza, el paisaje citadino, el recuerdo de la infancia, el núcleo familiar. Pero la terapia más efectiva de todas es el lenguaje. O de manera más precisa: la poesía. Podríamos vernos tentados a creer que, si la enfermedad lo cubre todo, también va a cubrir la palabra. Pero el registro de Hemiparesia izquierda no es un lenguaje enfermo, quebrado, sino todo lo contrario. El lenguaje goza de excelente salud y es capaz de extenderse hacia distintas direcciones. Las palabras logran exceder la decadencia del organismo, la experiencia física y terrenal del dolor, para ofrecer, a cambio, lucidez y entendimiento.

La flexibilidad y el movimiento que ha perdido el cuerpo herido pueden ser recuperados en los terrenos de la conciencia, a través de la palabra. Todo el libro de Manuel Angelo Prado podría ser leído como el intento de superación de la enfermedad a través del lenguaje. Y, en efecto, nos deja la sensación de que lo logra. Así, en un cuerpo sano el «parecer» se «diluye», literalmente, sobre la página 17 y «nos es difícil pensar»; mientras que el sujeto que surge de la enfermedad cuenta con una aprehensión distinta de la realidad, acaso más contundente y diáfana.

El desprendimiento del cuerpo dañado es lo que le permite a la voz poética el vuelo metafísico (algunas veces a través del sueño, otras a partir de una clara reflexión política y social) acariciar ideas que parecen volverse epifanías acerca de su propia condición de ser humano, de su familia, de la situación política (no pasemos por alto el epígrafe de Salvador Allende que lleva el último poema), y de la vida toda: «entonces comprendí / el fuego no era un elemento más / tan solo el aullido vehemente del agua» (23); «…en ese momento… / mi niñez aparece / tan primera vez / tan nuevamente / tan inmortal» (28); «(porque en mi país todos besan la pobreza / en un desierto de agujas y muñecas de metal)» (29). De manera que, a través de la escritura, el sujeto puede salvarse de la inmovilidad producida por la enfermedad.

Hemiparesia izquierda, si bien parece proponer una lectura que gira en torno a la herida del cuerpo, acaba por trascenderla y abrirle paso a reflexiones de mayor envergadura. La universalidad de los temas que se abordan sugiere que entendamos la enfermedad tan solo como un punto de partida, o una buena oportunidad para construir la identidad del sujeto a partir del recuerdo familiar, del miedo, de su experiencia con la vulnerabilidad y la muerte. Todo ello para abordar, al mismo tiempo, temas que apelan a la totalidad de seres humanos, como el sufrimiento, la injusticia, o la política.

Al mejor estilo de César Vallejo en sus poemas póstumos, el libro acaba con la sección «Desenlace solidario y amoroso», en la que se vuelve manifiesta la transformación más importante de la voz poética. A partir de este momento, se abandona la individualidad del yo inicial y se abraza la colectividad plasmada en el «nosotros» de sugeridos rasgos marxistas. El sujeto se hace cargo de la voz de todos los hombres, de los poetas. Ahora forma parte de un todo que dice fuerte y claro que «lo nuestro / es hundirnos / abrirnos paso / entre los golpes en punta roma / coger los fonemas / cruzarlos / sobarlos / hasta la defunción / de una lengua babilónica» (45 – 46). ¿Será acaso que nos invita a enfrentar cualquiera que sea el tipo de hemiparesia que en este mismo instante nos impide el movimiento? No me cabe la menor duda de que es así. 

 

Crédito de imagen destacada: Manuel Angelo Prado

Escrito por María Belén Milla Altabás

María Belén Milla Altabás (Lima, 1991). Literata de profesión por la Pontificia Universidad Católica del Perú y autora de los libros de poemas Archipiélago (Celacanto, 2016) y Amplitud del mito (Alastor, 2018).