Entrevista disponible en portugués.

Carol Bensimon es Licenciada en Comunicación Social por la Universidade do Rio Grande do Sul (UFRGS) y Magíster en Escritura Creativa por la Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande (PUC / RS). Ha publicado el libro de relatos Pó de parede (Não Editora, 2008 y Dakota, 2015) y las novelas Un billar bajo el agua (Companhia das Letras, 2009 y Continta me tienes, 2016) y Todos adorábamos a los cowboys (Companhia das Letras, 2013 y Continta me tienes (2015). Su última novela es O clube dos jardineiros de fumaça (Companhia das Letras, 2017).

El año pasado comentábamos en Quimera los registros tan diferentes que tenían tus novelas Sinuca embaixo d’água (Companhia das Letras, 2009) y Todos nós adorávamos caubóis (Companhia das Letras, 2013). Ahora sorprendés nuevamente con O clube dos jardineiros de fumaça (Companhia das Letras, 2017), tu primera novela situada en los Estados Unidos. ¿De dónde te surgió la idea para escribir esta novela? ¿Por qué elegiste el escenario de California para este libro?

California ocupa un lugar enorme en términos de influencia cultural en todo el mundo. Es la tierra de los hippies, pero también de cultos asesinos como los liderados por Charles Manson y Jim Jones. Es donde está Silicon Valley —y por tanto donde se diseñan nuestras relaciones con la tecnología— y también el lugar donde el capitalismo se apropia de forma inclemente del budismo, de los elementos de las más variadas culturas exóticas, transformando todo en un barniz decorativo para la vida de los burgueses bohemios. Encuentro todo eso interesantísimo.

La cuestión de la marihuana, que es central en mi novela, simboliza bien los cambios y las contradicciones californianas —y que, repito, también son los cambios y las contradicciones de buena parte del mundo—. Por ejemplo, era una marca de la contracultura y hoy, en muchos estados americanos que legalizaron su uso, se está transformando en un negocio billonario y lícito. Pero ¿quiénes fueron las personas que cambiaron esa historia? En el libro intento dar voz a algunas de ellas, inclusive a personajes históricos que fueron casi olvidados.

O clube dos jardineiros de fumaça fue un proyecto realmente complejo porque, además de la diferencia cultural, tuviste que ‘trasladarte’ también a las décadas de los ’60 y ’70 y a la ideología ‘Woodstock’ que había tras la marihuana en aquellos años. ¿Cuáles fueron las dificultades que encontraste en ese traslado a otro país y a otra época para escribir esta novela?

Fue un libro que me exigió mucha más investigación que los otros. Claro que todos nosotros tenemos una idea de lo que fue la contracultura de los años 60 y 70, pero yo tenía verdadero pánico de acabar cayendo en representaciones clichés. También quería evitar el tono cómico que muchas novelas y películas adoptan cuando tratan sobre hippies y marihuana. Con eso muy claro, hice bastantes lecturas y viví ocho meses en el condado de Mendocino, en el norte de California, donde se desarrolla la novela.

Las dificultades fueron innumerables. En primer lugar hay inseguridad: ¿por qué yo, una extranjera, tendría la pretensión de retratar esa región específica de California? Pero bajé la cabeza y me puse al trabajo, intentando transformar mi condición de outsider en una ventaja. Había algo muy fuerte que me movía, probablemente algo personal, porque mi encuentro con el condado de Mendocino fue muy bonito. Me sentí fascinada por el lugar.

En cierta medida, el personaje de Arthur ejerce como elemento articulador entre la cultura estadounidense y la latinoamericana. Brasilero, historiador, de Porto Alegre, ¿en qué elementos te basaste para constituir a Arthur?

Arthur es un tipo introspectivo que está pasando por una crisis de identidad. Su madre murió hace poco tiempo. Cuando las personas próximas mueren, creo que sentimos una cierta urgencia de movimiento, de hacer cosas que aún no habíamos tenido el valor de hacer, porque acabamos de percibir que la vida puede acabar de un momento a otro. Es más o menos lo que ocurre con Arthur. Quiere cambiar de vida, entonces se va al norte de California para aprender a plantar marihuana. Plantaba en Brasil, para aliviar los efectos de la quimioterapia de su madre. Un vecino lo denuncia a la policía.

Arthur es un tipo blanco de clase media y, como tal, no va a prisión. Otro hombre, negro, pobre, podría pasar años en la cárcel por el mismo crimen. Para Arthur, las consecuencias son aligeradas, pero existen. Es despedido de la escuela donde trabaja. Eso también lo impulsa a mudarse. Además de eso, creo que está profundamente decepcionado con Brasil. No fue algo consciente en la construcción del personaje, pero encontré interesante que Roberto Taddey, reseñando le libro para la Folha de São Paulo, escribiera: «como subtexto, aparece con fuerza en la novela la tesis de que Brasil sea un castrador de potenciales y libertades individuales».

¿Por dónde pasa la cultura del cannabis en los Estados Unidos? ¿Es similar a la que hay en Latinoamérica? ¿Hay muchas diferencias entre el mercado del cannabis y el de la cocaína?

Del mercado de la cocaína no entiendo nada. Pero en relación a la marihuana, sí, es muy diferente. Si hubiese hablado de la marihuana en América Latina, sería otro libro. No creo que pudiera escribir ese libro, porque sería un libro atravesado por una violencia sin sutileza, la violencia brutal del narcotráfico. No soy la persona indicada para escribir ese libro. Son asuntos y un tono que no sé manejar. En California, y específicamente en esa región del norte del estado, que es el lugar del país donde más se cultiva cannabis, encontré un escenario que me interesaba más, que dialogaba más con mi obra. Es un universo que corre bajo la superficie, más discreto y con algún nivel de sofisticación. Genera violencia, sí, pero los números son incomparables con la violencia de América Latina.

Y los brasileños, de cualquier forma, ya saben cómo funciona el narcotráfico. Leen los diarios. No quiero decir con eso que la literatura no puede ocuparse también de eso, pero encuentro interesante poder traer al lector brasileño otra experiencia, presentarle un universo totalmente nuevo y mostrarle cómo funciona y cómo funcionó allá. Tal vez la gente incluso aprenda un poco con eso, aunque no crea que el objetivo primordial de la literatura sea enseñar alguna cosa.

Me pareció muy impactante descubrir que los consumidores de marihuana estadounidenses quedaban intoxicados por los agentes químicos lanzados por su propio gobierno sobre las plantaciones mexicanas. Con el paso de los años, parece cada vez más evidente que las medidas contra el consumo de la marihuana han venido causando mucho más daño que el consumo en sí, que generalmente es inocuo. ¿El momento de la legalización occidental del consumo de cannabis debería haber llegado ya?

Debería, y hay avances en algunos países. Pero cómo lidiará América Latina con la cuestión todavía me parece una incógnita. Uruguay está intentando un nuevo abordaje. Sin embargo, es un país pequeño. No creo que su experiencia sea copiada por los vecinos. La legalización de la marihuana en Brasil, siguiendo investigaciones, movilizaría al año 5,7 billones de reales, además de generar una recaudación tributaria de alrededor de 5 billones. Pero ¿cómo mover ese negocio billonario, cómo tirar el lucro de los traficantes, cómo hacer que la clase política y judicial adopten alguna actitud? Hay tantos problemas ahora en Brasil que ese acaba por no ser considerado una prioridad, aunque debería, porque está intrínsecamente ligado a la violencia. Sin embargo, el sentido común no percibe esa relación.

Recientemente fuiste elegida por la revista Granta como una de las mejores autoras brasileras jóvenes contemporáneas. Con cuatro libros a tus espaldas y un extenso recorrido literario, ya sos una de las voces más consolidadas de Brasil. ¿Cómo percibís tu carrera en este momento?

Soy muy sospechosa para hablar, pero creo que O Clube dos Jardineiros de Fumaça es mi libro más maduro, lo que tal vez sea natural, al fin y al cabo nos vamos haciendo más viejos, ¿no? En O Clube… manejé un universo ficcional mucho mayor, lidié con más personajes, de edades diversas, etc. Algunos pueden no sentirse tan interesados en leer un libro cuyo tema es la marihuana, pero creo que hay muchas otras cosas ahí: relaciones familiares, amor, envejecimiento, ideales, contracultura. También gusté mucho de usar la tercera persona, algo que había hecho apenas en algunas partes de mi primer libro.

Pero ahora estoy en ese momento entre libros, lo que es siempre medio desesperante. Vivo angustiada con la idea de que debería estar ya inmersa en un nuevo libro. Cuando estoy escribiendo, está claro que siento mucha angustia y frustración, pero también hay momentos mágicos, y creo que mi vida queda más equilibrada en esos periodos de dedicación a un proyecto grande.

¿Estamos experimentando un boom de nuevas voces en la literatura brasilera contemporánea?

Es difícil responder desde aquí, desde “dentro”. Hay realmente muchos autores, con una pluralidad de estilos. Lo único que no sé es si tienen la proyección que merecen. El brasileño lee poco. Además, muchos lectores tienen cierto recelo de consumir literatura brasileña. Sé que estoy diciendo lo obvio, pero no tenemos una tradición literaria fuerte como nuestros vecinos argentinos, por ejemplo.

Con residencias prolongadas en Francia y Estados Unidos y con presencia literaria en Argentina o España, vos sos una de las autoras brasileras contemporáneas con mayor presencia internacional. ¿Qué se puede hacer para visibilizar más la literatura brasilera en el exterior? ¿Qué papel juega la traducción en este esfuerzo?

Brasil está pasando por un periodo muy conturbado, social y económicamente hablando, y eso se refleja en su imagen internacional. Tuvimos algunos años de proyección, la Copa del Mundo, las Olimpiadas, la portada de The Economist y, en el campo de la literatura, el país fue homenajeado en la Feria de Frankfurt (2013). Ahora volvemos al campo de la insignificancia. En ese escenario, es todavía más difícil que la literatura brasileña aparezca. Por eso el papel de los traductores es importantísimo. Son muy apasionados por lo que hacen y por los libros que descubren. Acaban desempeñando el papel de puente entre autores y editoriales extranjeras, tal vez más que los propios agentes literarios.

Después de O clube dos jardineiros de fumaça, ¿por dónde pasan tus próximos proyectos? ¿Tenés ya en mente el borrador de un próximo libro?

Todavía es pronto para decirlo, pero es posible que mi próximo libro sea un libro de cuentos. También tengo algunos proyectos audiovisuales que espero poner en marcha.

 

Fotografía: Fabrício Sviroski
@Sviroski

Escrito por Darío V. Zalgade

Darío V. Zalgade (Islas Canarias, 1983) es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma Liberoamérica.