Masaya: Llama pura del pueblo

La experiencia espacial de recorrer la ciudad

Por Kerstin Miranda
Masaya, 07 de junio de 2018. Día 51.

La última época de mi vida, ha sido, por seguro, emocionalmente terrorífica. Nubes de oscuridad habían ensordecido mi mente, logrando sólo que me ahogara en mi propio caos. Estuve muy mal, teniendo pensamientos que no me enorgullece recordar.

Cuando ya tuve más independencia, empecé a salir sola de mi casa a caminar, atravesando la ciudad, a veces hasta de extremo a extremo. Puedo decir que una parte fundamental de la terapia fue la práctica de este ejercicio.

Masaya es una ciudad colorida y curiosa, uno tiene la sensación de estar caminando por el vientre cálido de una madre buena, pues se muestra siempre acogedora para todos sus hijos. Al observar sus casas, se puede intuir una larga historia: las casas vernáculas, las más antiguas, comienzan en Monimbó. Fueron construidas con técnicas primitivas, como el bahareque, y algunas ya tienen expuestas sus entrañas. El recubrimiento de cal se les ha caído. Algunas de sus vigas ya no dan más sustento al tejado y han formado huecos, que, con buena voluntad, los habitantes han convertido en lucernarios.
La línea de tiempo se extiende por toda la Calle Real de Monimbó, siguiendo de frente hasta las 7 Esquinas. De ése lado, las viviendas ya vislumbran una edad más joven, como de unos 80 años o menos. A partir de ese eje, la ciudad se abrió como abanico hacia el este y el oeste, encontrando ya ahí más variedad de viviendas, y, finalmente, la vivienda moderna.

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Expresiones en grafiti en las paredes de la ciudad. Créditos: ¡Presente! https://www.facebook.com/pg/presente.ni/

Personas de cualquier edad, gozan de recordar, quizá, su infancia de palometas y trompos, siguiendo el juego del sube y baja que son las aceras de la ciudad, igual que como lo hubieren hecho hace 10 o 20 años. Uno pareciera invadir la propiedad privada de sus dueños, pues las aceras son más bien sus porches, pero la gente asiente, y hasta te desea buenas tardes.
Otros marchantes prefieren cuidar más sus rodillas y caminar directamente sobre el adoquinado. Ya está tan arraigada la costumbre, que ni cuando se tiene la suerte de encontrar una acera amplia y accesible se transita por ahí. Masaya es una ciudad en donde los taxis no esperan por semáforos o por desvíos, ellos esperan a que la gente pase primero –les guste o no–.

Era verdaderamente relajante sentarse en el Parque Central a ver las palomas, ver a los pequeñitos correr y gritar dentro del kiosko, o tener la suficiente paciencia para esperar a las lechuzas o encontrar entre las ramas de los altos árboles al oso perezoso. Podías, tranquilamente, beberte un atol tibio acompañado de pan tostado con mantequilla mientras se dejaba caer el atardecer. Yo muchas veces por la noche fui al malecón, a correr, a hacer ejercicio, a estirar, a apaciguar la mente. Quedé profundamente enamorada por el paisaje teñido en sombras, y como protagonista, la figura del Volcán Masaya que parecía que se recortaba de un papel. En las nubes que lo coronan, a veces se podía ver reflejada la incandescencia del mar de lava que contiene. Parecía un beso entre las tinieblas y la luz.

De la ciudad danzante y bullanguera sólo quedan recuerdos. Ha sido el blanco en el que la Policía Nacional se ha empecinado en asesinar a la población, a aquellos que ya nos encontramos hartos del sistema corrupto y de la pareja presidencial, también asesina. Los últimos cinco días los había pasado, igual que muchos pobladores, encerrada en mi casa, por seguridad.

Ya habiendo superado aquellos problemas personales hace tiempo, hoy salí, nuevamente, en busca de la curación. Quería curarme, desde hace días, de este grito ahogado que llevo en el pecho, que ha sido mi cruz y tormento en el último mes. El mismo que tiene toda Nicaragua.

Pareciera exagerado decir que en cada esquina hay una barricada, pero la realidad es más dramática. Hay cuadras que son más largas, y requieren de una en medio. Las hay de hasta tres columnatas de adoquines, reforzados con alambres de púas, con ramas de árboles espinosos, con sacos de arena en la cumbre. Los adoquines son colocados en aparejos, con tal experticia, que recuerdan el laborioso entretejido de las hamacas de San Juan. Las barricadas, como las hamacas, no nos dejan caer. En ellas se abre, por el día, un espacio recatado de unos 60 cm, para que las personas pasen de una a una, pero en la noche se cierran completamente.

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Algunas de las barricadas de la ciudad. Créditos: ¡Presente! https://www.facebook.com/pg/presente.ni/

El tránsito peatonal se apoderó de las calles, -bueno aunque en Masaya siempre había sido así-. Ni un solo motor de carros se escucha, mas sólo el cantar de la arena y de la tierra descubierta al rozarse con las llantas de las bicicletas y de una que otra moto.

La gente anda apresurada, cargan sacos de provisiones. Algunos las llevan para sus casas; otros, para apoyar a quienes cuidan las trincheras.

Las personas están en las puertas de sus casas pendientes de la calle o platicando. Los vigías diurnos de las barricadas están presentes. En las Cuatro Esquinas, uno de ellos, reacomodaba los adoquines removidos mientras canta el verso “Soy, soy la hormiga más valiente”.

Los vecinos se reúnen en las aceras de sus casas para discutir la efectividad de las barricadas de sus cuadras. “Hay que hacerlas más altas”, “Necesita otra fila de refuerzos”, “Hace falta poner una en la otra esquina para que no entren hasta aquí”. Las mujeres participan activamente. Hasta se comenta que una sola mujer es quien dirige a un escuadrón de 80 hombres. Hay familias enteras; niños, jóvenes, adultos, todos convencidos del futuro que tiene que ser.

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Actual monumento en la esquina de la Iglesia San Sebastián. Créditos: ¡Presente! https://www.facebook.com/pg/presente.ni/

En el Tiangue de Monimbó, se mantiene un grupo de unos 20 hombres, que se turnan para rondar las barricadas que tienen a su alcance. Desde ahí, logran visualizar cuatro calles. Mientras tanto, practican entre sí curiosos movimientos de algún tipo de artes marciales, mientras los demás observan como quienes cruzan en la mente sus dedos para defender sus apuestas. Unos ríen, otros se molestan.

La Placita ya tiene una apariencia más personal. Permanece un mural en el piso que varios jóvenes pintamos en el concreto. Las bancas, las esculturas y una losa con una placa conmemorativa antigua están pintadas en azul y blanco. Cuando ésta última recién cogió esos nuevos colores, los simpatizantes orteguistas vinieron y la pintaron en rojo y negro. Al día siguiente, unos jóvenes “autoconvocados” la pintaron en azul y blanco. Horas más tarde, apareció nuevamente en rojo y negro. No se demoraron mucho esta vez para volver a cubrirla con los colores de nuestra bandera. Y así estuvieron, en esa disputa anónima por los colores, hasta que se les hizo un llamado público a los simpatizantes rojinegros cuando en los primeros días de represión aumentó la cifra de muertos, pues, además de molestar con la pintura, se atrevieron a  romper un humilde papelógrafo en donde estaban escritos con marcador los nombres de los primeros 4 muchachos que habían sido asesinados en Masaya. Éste estaba pegado con tape a las verjas de la esquina de la Iglesia San Sebastián, frente a la placita. Más tarde, el 29 de abril, en uno de los primeros conciertos que se hizo en la ciudad bajo este contexto, se presentó un banner conmemorativo que, voluntariamente, las personas se animaban a sostener en ese lugar mientras duraba el acto, pues la lista ya había aumentado. Esa noche, ingenuamente yo creí que iban a ser las únicas personas por las que cantaríamos en memoria y honor. Hoy suman más de 130, pero no dejaremos de crear, ni de cantar. Y en la esquina, ahora permanece un mural azul y blanco sobre una lámina aluminizada que fue donado por la población. Tiene escritos los nombres de aquellos por quienes reclamábamos justicia cuando la lista aún era de 63. Ahí las personas llegan a dejar flores y velas. Muchos nos sentamos de frente a él, con la mirada fija, por las tardes, reivindicando la gran misión que aún tenemos pendiente.

Hoy fue el entierro de Jorge Zepeda, “Comandante Chabelo”, un joven de 28 años de edad que siempre se mantuvo cuidando las barricadas y a quien hace un día la policía asesinó cruelmente. La víctima más joven en Masaya ha sido un niño de 14 de años. Los funerales se acompañan, como siempre, de chicheros. También se respaldan con Nicaragua, Nicaragüita y Vivirás Monimbó. Pero no puede faltar el clamor popular; las personas acompañan el féretro, aunque no hayan conocido a la persona en vida. Van con furia, y con mucho, mucho dolor, y gritan presente por quienes no pudieron estar más.

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El pueblo de Masaya camino al cementerio acompañando el féretro de Jorge Zepeda. Créditos: Jaime Sandino

Más al centro, las calles se encuentran desoladas. Los restaurantes y otros negocios están cerrados. El Parque Central es visitado por unos cuantos, que nada más van de paso. Las bancas vacías, las hojas secas en el suelo. Basura desperdigada. Pareciera la Masaya que se encuentra descansando en la mañana después de un arduo día de procesiones y fiestas. Ojalá fuera el caso.

No hay mucho sol, ni viento; sólo el aire que permanece húmedo y pesado, y una brisa que se deja venir de pronto.

En los costados de algunas de las fortalezas de adoquines, se puede leer “¡Que viva Nicaragua!”, “¡Masaya libre!”, y en las paredes de las viviendas, colegios y negocios: “Policía asesina”, “Te vas por que te vas” y “Sobaco peludo, te vas con el trompudo”.

Mucho se habla del carácter guerrillero de los masayas. Lo cierto es que la gente, que parece incansable, ya está cansada; no físicamente, sino a un nivel emocional. No hay a quién le preguntés cómo está y no te responda con una cara de aflicción y te diga “queriendo que se acabe ya toda esta pesadilla”. Todos saben y gritan que Daniel Ortega y la “Chayo” Murillo tienen que abandonar el poder y el país; todos claman justicia. Una señora de unos 65 años de edad, de estatura media, con su delantal típico, sandalias, y el cabello blanco recogido en una moña, me decía “Quisiera yo tener una ametralladora, y salirme y dispararle a todos esos perros. Aunque me maten, pero que no sigan tocando a los chavalos.”

Otra señora, con la que me hice compañera de camino, me expresaba su descontento “porque sólo Masaya, con nosotros es que la han agarrado”. Había ido a traer víveres a Managua, habiendo caminado hasta Nindirí (porque no hay paso hasta aquí) y cogió un bus que la dejó por la Juan-Paul Genie. Dice que “allá es otro mundo, como si hubieras llegado a otro país. Vos ves a mujeres guapas con tacones, hombres bien bañaditos y corbatas con íntegro planchado. No es que esté mal, sólo que ver esas cosas a veces me hace pensar que nos tienen olvidados. Al venir a mi casa, le conté todo a mi hija, me desahogué y nos pusimos a llorar las dos. Lo necesitaba. Ahorita voy para mi casa a hacer el almuerzo”.

Por la tarde, las personas de San Jerónimo hablaban de sus planes para vigilar en la noche. Hay una esquina en particular en donde dicen que siempre se encuentran los dos bandos sin importar en qué cuadra cercana haya empezado el conflicto, así que necesitan resguardarse mejor. En el debate, llaman a los vecinos para pedir opiniones.

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Un joven vigía en las barricadas. Créditos: ¡Presente! https://www.facebook.com/pg/presente.ni/

Países Bajos se encuentra en silencio, pero a la expectativa. Jorge era uno de los suyos.
Las barricadas mantienen sus pasos limitados, y en donde quiera, si vas en moto, los que cuidan, te detienen y te revisan de pies a cabeza. Por seguridad, dicen, y para que no haya algún infiltrado que quiera ingresar armas a la ciudad. La persona que ahora me acompaña, me dice no querer pasar por el centro, pues la última vez había un francotirador en el BAC, y un amigo de nosotros nos advirtió antes de salir que la policía se sube al techo de sus oficinas para estar vigilando, y que hay otros que quieren ponerse en el Mercado de Artesanías. Sin embargo, aprovechamos la compañía y decidimos platicar de otra cosa, de cada uno. Al final, es muy agotador hablar siempre de lo mismo, pues sólo facilita el aumento de la tensión. Conversamos y reímos un poco. Y el camino, en vez de temeroso, resultó agradable, y un poco nostálgico.

Dan las cinco de la tarde y uno esperaría ver a la gente dentro de sus casas. Por el contrario, la ciudad se encuentra muy activa. Las amas de casa que barren las aceras, los vendedores que instalan sus puestos de comida, y los motorizados que se encuentran listos y alerta con sus morteros.  En Monimbó hay más movimiento de los hombres. Ya no están jugando, ahora preparan las municiones de sus lanza-morteros y hay grupos que vigilan, desde ahí, cada cuadra. En las vigas del techo del tiangue, exhiben con orgullo, un uniforme completo de un anti-motín, como una piñata en espera de la fiesta.

En la calle El Calvarito, los chavalos juegan fútbol y uno le dice al más grande: “Oe, poné el tranque ya maje, para que juguemos tranquilos”. Algunas personas andan temprano buscando la cena; otros, sólo están sentados viendo la luz apagarse.

Ya corre un viento fresco, inspirador. Por este día, nos hemos curado. Venimos día a día curándonos, no del dolor, sino del miedo. Todos nos mantenemos unidos, dándonos fuerzas desde las miradas, los abrazos, hasta con un “ojo por esa calle”. La configuración de la ciudad facilita la creación y refuerzo de estos lazos: todos estamos cerca, todos nos conocemos. Masaya se mantiene siempre con sus rasgos pueblerinos.

Minutos más tarde, la lluvia que cae, y otro día que se despide con la esperanza de que se calmen las pasiones, y de que se pueda lavar el espíritu de aquellos que han olvidado que son también de esta familia. La libertad huele a tierra mojada.

Escrito por Kerstin Miranda Murillo

Managua, 1999. Estudiante de Arquitectura. Me apasiona la música y las artes visuales; pero las letras... por ellas existo.