El aroma era a mierda. De eso no cabía duda. La duda se encontraba aislada opacando los demás sentidos ocupados; ¿Qué carajos hace esa mesa de plástico en el baño? La miró, la miró y la siguió mirando. Quizás por eso no terminaba de defecar. Salía salía miraba miraba salía miraba pensó; somos como esa puta mesa.

Cerró la puerta con el ímpetu necesario para no permitirme ni ver por la cerradura, así que preferí imaginar qué iría a suceder  luego de tal conclusión. Imaginé su levantada del wáter sin limpiarse, su estiramiento de brazo derecho hacía la mesa y el tacto, tacto tenue y arisco, suave y veloz, entrecortado y directo. Esto no tiene sentido. Todo es opuesto. Pero lo estoy imaginando, ¿acaso no tengo el poder de imaginar lo que se me cante? Estoy asintiendo y estoy escribiendo una nota del celular mientras ella palpa el plástico. Está pensando en su textura; lisa y ondulada, plana y onda, chanfleta y panfleta. Sigue no teniendo sentido. Esto de la escritura no es lo mío. Pero, ¿y si es porque soy de plástico?

Claro, ella tiene razón, estamos manteniendo una transmisión de pensamientos, te leo Clarita te leo, te siento Clarita te siento, es verdad, me siento un opuesto fusionado, un duro pero blando, un blanco pero negro, claro me siento, me estoy pegando con el vaso de vidrio sobre mi pierna y la siento, la siento a punto de romperse, parece fuerte pero no, parece fuerte pero no.

Una vez escuche que la memoria es selectiva y se me grabó. De una hora de conferencia seleccione inconscientemente esas únicas cuatro palabras. Ahora siento que voy a sentir que voy a seleccionar solo el sentir de este momento. ¿Qué siento? Pura encrucijada. Continúo en la espera de su salida y mientras tanto me golpeo con el vaso, quizás si veo mi sangre me doy cuenta de que también soy humana. La encrucijada es humana y la sangre también. Si solo veo la encrucijada me está faltando algo y se llama sangre. Seguiré golpeando, si soy fuerte el vidrio se va a romper y si el vidrio se rompe me va a cortar y si me corta me va a salir sangre. Pausa. Oigo el ruido de la cisterna, escucho el agua revolverse y caer. Apoyo el vaso sin desgaste alguno y me acerco a la puerta. La cerradura está cubierta de una manta negra y el pestillo no se mueve. Algo lo tranca. Golpeo: papapapapa. Pegué mi oreja derecha a el rectángulo de madera de roble con la intensión de la respuesta obvia: papa.

La obviedad como religión también es humana, pero se convierte en falacia desde el momento en que crece bajo la sombra del errar es humano. Pues erré. No obtuve respuesta.

Otra vez escuché sobre la teoría de Sapir-Whorf: al zambullirnos en un lenguaje, nuestro cerebro se reestructura adaptándose a él. Me acerque tanto, tanto, tanto a la puerta, la toque tanto, tanto a la puerta, la sentí tanto, tanto a la puerta, que empecé a pensar como ella. ¿Cómo me podría abrir un humano? Me descascaré. Pasó el tiempo y yo era tronco. La savia se desparramo suavemente hasta tocar el suelo. Su lengua furiosa lamía como gato a la leche con los primeros rayos del crepúsculo ingresando en la ventana. El líquido blanco iba desapareciendo, burbujeante y espumosa se iba desvaneciendo. Sus manos la rozaban de vez en cuando pero prefería adquirir el gusto en sus papilas, sonaba el desparramo de su saliva con mi savia, al fin y al cabo no eran nombres tan distintos. El semen tampoco. Bueno en realidad solo la <s> tienen en común pero es lo mismo; es blanco y asqueroso. Aunque la saliva de los humanos es transparente, carajos. Ahora comprendo, la mesa sí es blanca y el vaso es transparente, por eso el semen crea hijos y el humano puede romperse. Ahora comprendo, necesité tocar madera para darme cuenta que lo fuerte era el cerebro.