Notas sobre El intenso ahora de Joāo Moreira Salles

Resulta extraño pensar que el 68 se festeja. El 68 es, más bien, una rememoración. Existe en torno suyo una memoria, un archivo, una visión de la juventud, pero no se trata de una fiesta. Las razones son múltiples: aunque se trata del triunfo del ánimo vitalista de la juventud, su legado es más bien opaco, pues el capitalismo se recrudeció, se atomizaron las luchas sociales y en casos como el mexicano, se terminó en la matanza de estudiantes. Nada de eso es motivo de alegría. Los símbolos, las consignas, la traza y huella sí son alegres, son una fiesta que irradia hasta hoy. Esa es la herencia del movimiento estudiantil y cuando los estudiantes hablan y gritan es motivo de regocijo, pues un impulso vital está naciendo. ¿Será siempre una llamarada tan solo ese nacer?

El texto de Octavio Paz El laberinto de la soledad está en otro tiempo, un tiempo nublado, otro mundo; su descripción del ser mexicano es fallida en unos casos, interesante en otros, poética cuando es generosa. Sin embargo, en Postdata, que es una suerte de adenda de El laberinto de la soledad encontramos una voz inconforme y crítica —el texto apuesta por esta actitud y modo de ser— y, al mismo tiempo, es la suma de ciertas profecías, pues describe una sociedad dominada por un estado vigilante y totalizador —quizá su aportación más interesante para nuestros días. La preocupación es paralela a la que desarrollará algunos años después Félix Guattari, cuando analiza, en sus Cartografías del deseo, el Capitalismo Mundial Integrado. Guattari desmenuza una idea del Estado muy cercana a la que conocemos hoy: un espacio de bifurcaciones espectrales y omnipresentes, invisible en cuanto a sus ramificaciones viciosas; monstruoso por sus ámbitos de ocultamientos y poderes absolutos. El Estado de nuestros días es una entidad sin rostro concreto, traspasa la especificidad de los gobiernos, es el espacio habitado por el poder. El poder es abstracto e ilógico, como lo es el Estado de nuestro tiempo; un ámbito más que una caracterización, un vórtice de regulaciones más que una serie de instancias, un lenguaje silencioso y vigilante pues el ruido es el civil; un escorpión al acecho mientras nosotros, cual moscos de fruta rondamos nuestros problemas, deudas y martirios. Las cámaras de vigilancia son operarios de nuestra chata libertad y fingida seguridad. Los rastreos digitales, la vida de cubículo en el teléfono móvil es oracular y nimia, todo se cifra en una dialéctica insalvable entre lo público y lo privado, pero el espectro de nuestras insignificantes vidas parece concernir al Estado que, de un modo u otro, siempre sabe a pesar de ser la esfinge petrificada, sin rostro, transmutada en una máquina de guerra o en un poder judicial implacable e impune, pertrechado en su burocracia interminable (esto sí lo ve Paz muy claramente), un Estado/archivo, un Estado de documentos secretos y de operaciones invisibles. Aparentemente nada sabe, pero todo se encuentra a su disposición.

A diferencia de los escritos de Guattari, muy cercanos a nuestro tiempo, el texto de Paz —junto con El ogro filantrópico— están signados por el movimiento político que rompe, en cualquiera de sus formas, la vida contemporánea occidental: el movimiento estudiantil del 68. La inconformidad crítica de los jóvenes muestra la esplendorosa irradiación del movimiento: una criatura luminosa que se extingue pronto y lega una tristeza nihilista a la juventud del porvenir; al menos así lo vemos retratado en el documental de Joāo Moreira Salles: El intenso ahora (No Intenso Agora, 2017), en el que el movimiento estudiantil, convertido en centauro, quimera, ave fénix e Ícaro en la primavera francesa, disipa, en el verano, su hastío. Su papel es fundamental pues provoca una ruptura con la historia misma: una rutina de vasallajes, colonialismos y respuestas automáticas a un poder de castas, aristocrático y derechista.

El 68 es la puesta en duda de un sistema económico mundial que se sabe fracasado desde su origen, pero la “anarquía organizada” del 68 no fue lo suficientemente persistente para destruirlo. El 68, como bien advierte Moreira Salles, en una de las frases emblemáticas del documental y del movimiento mismo, debe más al surrealismo que a Marx, y por ello su belleza es rupturista pero infructuosa. Los estudiantes no pudieron enlazarse al movimiento obrero de forma duradera y persistente, comprender sus hondas problemáticas, arrastrar, en suma, a la masa en su inquietud revolucionaria. Los movimientos estudiantiles son entusiasmo en fuga, pero son fácilmente replegados por una autoridad mañosa y un sistema que consigue comprar a los dirigentes, disiparlos con estrategias mercantiles o usar la fuerza bruta. Pese a ello, el legado del 68 perdura como el imaginario de la esperanza (de forma radical, quizá y sobre todo, en México, porque tuvo efectivamente, la forma del sacrificio). El impulso del movimiento por parte de los que conservan el remanente joven es visible cada vez que la aplastante realidad social orilla a los grupos a la protesta porque los obliga a intentar modificar su destino: el impulso de los vencidos que han sido vejados en sus derechos primarios y fundamentales es cada día más fuerte y rotundo; el 68 nos legó su vehemencia.

Para Paz, en Posdata, el 68 mexicano —a diferencia del 68 francés según el documental de Moreira Salles— tiene matices propios y evidentes que se incrustan en una realidad histórica poliédrica: “el 2 de octubre del 68 —escribe en Postdata— tiene una doble realidad: ser un hecho histórico y ser una representación simbólica de nuestra historia subterránea o invisible. Y hago mal en hablar de representación pues lo que se desplegó ante nuestros ojos fue un acto ritual: un sacrificio. Vivir la historia como un rito es nuestra manera de asumirla; si para los españoles la Conquista fue una hazaña, para los indios fue un rito, la representación humana de una catástrofe cósmica.” Cual remanente de un pasado sacrificial anterior a la Conquista, el latido ancestral muestra sus raíces hondas cuando el PRI sacrifica a sus estudiantes como si ese poder de Estado, ejercido por un gobierno omnipresente, escuchara las llamaradas de los tlatoanis encolerizados contra el cosmos mismo.

El México de Paz no es el México del siglo XXI, tataranieto de ideales progresistas vencidos y corrompidos, por eso, encolerizarse con algunos de textos del escritor mexicano es absurdo. Su PRI —al que critica en estos textos— no es el de nuestros días, pues lidiamos con una “organización múltiple” (PRIAN et al) —que ya no solo es una coalición de instancias sino una manera de ser, una cosmovisión. Ha traspasado sus propios cimientos y ha olvidado, en todo caso, los rudimentos primitivos que atesoraba su pasado hinchado de orgullos ancestrales y preservado por sus más viejos miembros y pactos. El siglo XX, su segunda mitad, con la deglución de todo cuanto ha levantado la voz, ha parido al verdadero monstruo: la minoría tirana, un mercado monopólico compitiendo consigo mismo disfrazado de empresas disímiles: el mismo bolo.

Aquella sentencia hermosa que Paz dicta en Postdata: “La otredad nos constituye”, se ha borrado detrás de las máscaras de un poder evidentemente necrófilo: necropolítica, necropoder (el poder de matar a quien se interponga en los intereses financieros de los grupos de delincuentes que paralizan a un país); el narcoestado es la derivación perversa de la ignorancia, la falta de educación, el cansancio ante la vida y el anhelo superfluo y consumista. El PRI de nuestra época, el poder de nuestra época, su Estado tentacular ya no es solo priísta, sino global, masivo, corrosivo como los ácidos del sistema político que lo sustenta: no tiene rostro. Es una bestia asesina que proporciona agua en vez de medicinas a niños con cáncer.

El viejo liberalismo es preferible a la dictadura delincuencial de un poder encerrado en sí mismo, porque si el Estado tiene todo el poder, entonces aplasta convirtiéndose, perversamente, en una especie de “máquina de guerra”, al decir de Deleuze en su Tratado de nomadología: la maquina de guerra. El poder de la segregación, en cambio, aquel laissez-faire del liberalismo clásico que Michel Foucault explica en sus clases de biopolítica, descentralizaba la concentración de la fuerza del estado. A estas alturas, las dicotomías de “izquierda” y “derecha” son dos montones indiferenciados de palabras huecas y de esqueletos carcomidos. Conceptos estériles y vacíos; estamos ante un poder infranqueable; no de dioses o demonios sino de máquinas trituradoras, de masas de humanos sobrantes, de plásticos asesinos: de una naturaleza en extinción y encolerizada. Recuerdo haber escuchado hace unos años a Todorov decir que él era de los últimos testigos de un mundo que no volvería después de la caída del muro de Berlín: es cierto, ese mundo posible, ese otro lugar ya no habita esta tierra. Nuestro mundo ha traspasado las dicotomías, puede volver a ilusionarse con su socialismo utópico. Solo la destrucción nos permitiría reconstruir y estoy al tanto de la delicadeza con la que una idea así, necesitaría pensarse.

68. 2

El 68 fue un intento de los jóvenes por prever las deformaciones futuras del capitalismo; este, por supuesto, preservó los modelos económicos del “desarrollo” y del “subdesarrollo”, y degeneró en los escenarios mortíferos que vivimos hoy. El 68 fue ingenuo en su proceder atómico, poco previsor, apenas si vislumbró la podredumbre. Descorrió, sin duda, quizá sin saberlo, los cortinajes de nuestras ventanas. Pero no pudo mirar el mazo de su amenaza ni su totalitarismo secreto. Efectivamente, la concepción de Moreira Salles es muy atinada para denominar “el intenso ahora” al fulgor del 68, porque el 68 fue un canto del ahora, porque, semejante a los fuegos artificiales que destellan y luego desaparecen, se extinguió en un horizonte sin promesas. Pero el 68, como dije, alzó el telón, el telón de la primavera profunda, la que nos espera y nos toca, a nosotros que estamos en  países “en vías de desarrollo” viéndonos rutinariamente morir cual plaga. El documental de Moreira Salles es moroso y hasta agobiante, pero tiene un rasgo singular: enclava la historia en la micro-historia, es decir, abre la puerta del individuo. Podríamos pensar también en ese hermoso concepto de Unamuno: la intrahistoria, con el que se refería a la historia inadvertida de los seres humanos comunes; en el caso español, el de los campesinos de Castilla. Sin embargo, Moreira Salles decide hacer hablar de su madre, una mujer de clase acomodada y “feliz”, de ella recupera los trozos de cintas fílmicas de sus viajes, particularmente uno —del que el documentalista se enamora por la aparente visión poética de la madre, encantada con una China enigmática en la que encuentra la diferencia a través del comunismo maoísta.

El espectador se agota con el documental que es neutro en su exposición —escudada en la tersa voz en off de su protagonista (no hay una sola imagen filmada: son retazos, fragmentos, archivo), pero se embrolla afectivamente con la historia personal. ¿Qué simboliza la narración ‘privada’ en el espectro de la corta mecha del movimiento estudiantil francés o del terror checo? Moreira Salles nos invita a contemplar la otredad, lo radicalmente distinto, tal como su madre que se fascina —hay que decirlo: de una forma colonialista— de la gente pobre pero digna, de los puentes y del arte azaroso y complejo: de la otredad. La madre libre se deleita al recorrer la muralla china; un territorio terco pero suave, semejante a un río y no a una serpiente como la caracterizó el escritor Alberto Moravia. No es tampoco la muralla de Kafka. Es un sueño, es decir, una esperanza.

El documental nos incita a mirar a lo otro. El 68 también nos enseñó a mirar. Y en este sentido se parece a la Postdata de Paz en la que se pide un cambio, tenemos que cambiar es el lema, y para cambiar hay que ver hacia afuera. El problema de nuestros días es que nos estamos quedando sin otros: nuestro colonialismo paternalista y maternalista los elimina de nuestro sistema. El post-capitalismo mina a lo otro, es decir, a los migrantes, a los pobres, a los débiles, a los “racialmente dudosos”. Se construyen cada día más muros y murallas, se nos cercará para que nos ahoguemos lentamente en el ácido contaminante de nuestras urbes corrosivas. Nos reímos, tenemos sentido del humor, evadimos nuestra verdad, es sencillo. Pero el transcurso es implacable.

Tenemos poco tiempo para pensar de modo analógico como lo hacían las mentes de principios del siglo XX que miraban horizontes y los yuxtaponían, escudriñando sus colindancias y fisuras. Nosotros vemos muros, hoyos en la pared, comparamos poco. Lo que hace Moreira Salles es guiñar a esas formas antiguas de ver, que, poco a poco, se asfixian en las cabinas en las que vivimos tecnológica y socialmente. No sé si consigue, del todo, su propósito; me pareció que su conmoción neutra puede estructurarse velozmente, que en honor al 68, habríamos de recuperar la vitalidad de la juventud y reunirla con el don de la profecía.

A diferencia de Walter Benjamin, el 68 no pudo vislumbrar el futuro porque se lo comió el capitalismo, porque en esa época fue claro el agenciamiento que se apropia de lo contestatario y lo convierte en un producto de consumo. Continúo pensando qué quiso decir Moreira Salles con esta recopilación de imágenes que, actualizadas, se quedan en nuestro pensamiento sobre un mundo desacostumbrado a hurgar en el pasado para entender la filigrana de nuestro presente. Y quizá quiso decir que el intenso ahora es también una fantasía capitalista; ¿si solo estamos en el intenso ahora, nos extinguiremos pronto sin rechistar?, ¿nos conformamos fácilmente con el efímero placer del aullido y eso es todo? En el siglo XVIII, los preceptistas franceses y españoles, celosos de su orden aristocrático y clasicista, le recomendaban al pueblo, analfabeta y empobrecido, vivir el ahora en una suerte de carpe diem porque era lo único que verdaderamente existía: la idea es peligrosa. Con ello, promovían una especie de inmovilidad social. ¿Es posible entonces que  el intenso ahora sea también una manera de conformarse, una resignación, un modo de permanecer tranquilos y de envejecer sin remedio acodados al barandal de nuestro tiempo, mirándolo pasar, impunemente, daga o cuchillo entre nuestras cejas resignadas? Yo haría una tímida consigna: que la primavera dure y que sea profunda y mire más allá del muro.