Leonora acariciaba por cuarta vez al animal sin forma que se postraba en la puerta. Las lágrimas se evaporaron mientras el recuerdo de su amado se convertía en cuervo. El animal extendía sus alas cubriendo el rostro de Leonora y permitiendo que esos ojos negros solo fueran del animal. Leonora, mientras tanto, seguía acariciándolo lentamente como queriendo calmar la oscuridad de sus alas.

El cuervo decidió que los ojos de aquella mujer no podían ver a nadie más de la misma manera. Los arrancó y voló encima de ella quien retorciéndose del dolor repitió mil veces seguidas ¡Nunca más!

El animal se grabó aquellas palabras y se dirigió donde se encontraba el amado de aquella mujer, arrojó uno de los ojos y esperó tranquilamente a que él abriera la puerta.

Escrito por María Paula Vargas

Mi nombre es María Paula Vargas. Tengo 20 años y estudio sexto semestre de Creación Literaria en la Universidad Central de Bogotá, Colombia.