Sepan perdonar a este asteroide opaco. Vengo lanzado desde hace tiempo, lanzado hacia el único lugar posible bajo la dictadura del tiempo: hacia adelante. Vengo cargado de esencias inexplicables, de basuras que adoro y del centenar de hombres que no fui, que hambrientos, me orbitan con aire fantasmal. Y allá voy a tomar mate al parque, a tirarle la pelota a la tarde y esperar que me la traiga, obediente. Luego a reptar en las bocas de tormenta del rock moribundo o dormir sobre los resortes desparejos de mi colchón sin sábanas. Siempre cargado de piedras, tan vestido, tan mal acompañado. El martes, le cedí en el ómnibus mi asiento a una señora que murió hoy, y sigo sumando. Soy una astilla que se desprendió de la cruz del sur el mal día que la carne de mis padres quiso juntarse bajo la vibración del cielo para organizar la materia que hoy les habla. Soy la nada incipiente, musgo cósmico. Un milagro que de tan repetido, ya es una peste.

El lunes paso por ahí a primera hora, digo y corto. Ya calculé perfectamente mi trayectoria, velocidad y rumbo con fórmulas erróneas e inadecuadas a la vez. Soy una de las putas menos deseadas en este burdel público, gratuito y obligatorio, así que siento el deber de esbozar un nuevo proyecto: yo. Y digo yo sin culpa. Pero se me vuelca el café encima de los planos. Mancha datos imprescindibles, me desconcentro y ya nada sirve. Al otro día, trazo otro bosquejo mejor, pero se me derrama el vino sobre la idea original. Un nuevo intento es víctima del ácido candente con el que estaba jugando sobre el escritorio. El último bosquejo fue presa de un fuego delirante que luego ganó la biblioteca, mi estima por el hombre, la cortina verde y mis manos, éstas que ahora ven vendadas con propóleos de tanto jugar al proyecto. No es que mis planes fracasen, sino que no llegan nunca a ser planes. Me dan ganas de darme por vencido, y aunque creo ya haberlo hecho, no sé cuántas veces son necesarias para que sea cierto. Llega el lunes, y yo igual paso por ahí, a primera hora.

Creo que dejo una estela incomodante a mi paso. Además de una cantidad imperdonable de bolsas de nylon. Lo creo porque algunas veces viajo lanzado de espaldas y entonces puedo ir viendo la reacción de las cosas y de los rostros ante mi paso. Veo la estela de huesos que dejan mis muertos y atrás la jauría de perros encendidos que vienen por ellos. Y al final, al menos dejamos abono para algo que nunca veré crecer por estar ya en la otra punta del asunto. Me apenan los hombres estáticos que me saludan con la mano como paisanos que ven pasar un coche en la campaña. Me apenan con la misma fuerza que me hacen brotar la envidia; mis ansias de arraigo a un astro enorme de masa indiscutible y paz de fábula. Quizá un día tenga suerte y entre volando a una atmósfera que me desintegre en luz de noche, o me vuelva núcleo denso de un planeta perdido bendecido de polvo estéril. Quién sabe. Yo voy a seguir lanzado, imparable. No tengo más opción.

Siéntese señora, yo me bajo en tres paradas. Sigo sumando, sigo restando, midiendo, calculando mal. Pero es de repente mi sol la luz de tu ventana y una mañanita quieta tengo la ilusión de que las cosas van bien, como aquella vez que me encontré subacuático, diciendo Bueno, que bueno esto. No fue mi mente blanqueada por una carcajada bestial en la puerta del baile. Fue otra cosa, un que bueno. Ya he pasado años y años y años viajando a la velocidad de la oscuridad y sigo colisionando con tu amor, que es el mismo amor pero con otro rostro, otra voz, otra piel y otras mañas. Sigo cargando con este juego pesado de palabras y omisiones. Miren el beso de jengibre que se me cayó el miércoles de tarde. Miren como crecen los hijos que no tuvimos contándoles cuentos a los animales para que se duerman.

Y voy dándome contra las cosas. Rompiéndome, desarmándome y rearmándome en otro. Para peor, cada tanto se me acerca unos de los tipos que no fui, para recriminarme que no soy él, y me pregunto: ¿Cuántas veces es necesario darse por vencido para fracasar como Dios manda? ¿Puedo aprender algo de la balística de los días?

No, el jueves de noche se me hace imposible ir hasta Capurro. No voy a poder, se me hizo la vida un medio espeso de transitar, como de roca líquida. No, no es lava, es roca líquida, es muy diferente. Cualquier cosa te escribo. Pasa que estuve evaluando lo que pasó y se me hizo pesada la culpa. Encima, después me quedé fumándome un porro con una versión de mi ser que al rato intentó robarme y todavía tengo un poco de miedo al andar por la calle. Voy a estar viajando por otros lugares. Voy a estar haciendo un inventario de todo lo que llevo conmigo, escrito con esa tinta que se borra sola luego de unos segundos.

Llevo todo lo necesario para no salir en televisión, mi alma pendenciera, mi frasco de perfume de maso de cartas, mi soledad que no es más que el barullo de unas criaturas transparentes, mi fundamental asimetría, mi letargo, mis piedras inherentes del zapato, mis cinco litros de sangre, un encendedor, una gata horrenda que hace llorar a los niños, esta navaja que traje de Fonsagrada y nunca usé contra nadie y esta sustancia mercuriosa que tengo por saliva. Tengo baratijas; muchas baratijas del corazón, que en el peor momento, transo por otra cosa. No sé por qué cargo con tantas porquerías. Debe ser porque como todo hombre, no puedo contra la naturaleza así sin nada. Llevo cosas hasta en el estómago, o atadas al tobillo, o remolcadas por pura magia. Cosas que ni se nos ocurren. Quizá, como bien dijo Blas de Otero en un poema horrible, la cosa más querida que llevo (perdida adentro) sea la esperanza de algún día poder sonreír de lejos a los árboles.

Todos somos libres de llevar lo que queramos y de fundirnos y confundirnos contra las cosas o frenarnos en total supresión. Mentira, no somos libres una mierda, ni siquiera cráneo adentro. Así que sigo proyectado a través de las horas que se me escurren como aire caliente entre las manos quemadas. Yo tenía que venir ayer a Capurro. Hoy ya es viernes. Siéntese señora, siéntese. No tenga miedo. Se va a morir igual, muy pronto, así que viaje sentada. Pero por favor, no me saque tanta charla.

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.