Y se sentó, frente al televisor, agitó los brazos al aire y esperó que alguien viniera a salvarla. Pero nadie llegó. Su casa poco a poco fue cayendo, las cortinas se tornaron oscuras, los animales abandonaron el lugar. Mientras ella, siguió allí, plantada frente a aquella pantalla que le devolvía su reflejo. En ella vio su carne paulatinamente convertirse en hueso, la luz de sus ojos desvanecerse y la voz de su ser desaparecer. Hasta que al final no quedó nada. La casa dejó de existir, ella dejó de estar sentada frente al televisor y los pocos recuerdos de que ella algún día fue feliz dejaron de existir. El mundo a su alrededor seguía brillante como la primera vez que agitó los brazos al aire hasta el día que entendió que nadie vendría a salvarla.