El designio de Hermes
Del poemario Cantos de Septiembre

El designio de Hermes
(poema-cuento)

Como quien cumple una tarea de las calles me levantaron.

Fuiste tú mensajera del mago.

Bajo tu rapaz y emplumado aspecto
me tomaste del brazo y me elevaste con mucha elegancia.

Anunciándote, me entregaste en un palacio
sin rey y sin reina, o eso creía.
Frente a muchos testigos, tan bien vestidos,
y a mí que se me caían los pantalones.
Pero no, juzgada no me sentía,

solo en un ambiente tenso y silencioso.

Quisieron guiarme rápidamente a lo que había venido.
A un gran salón de piedra rosa
con grandes pilares hechos de mármol.

Allí y ante mis ojos,
desvelaron un dragón encadenado.

Qué espléndida serpiente.
¿Pero qué haría yo con ella?
Las cadenas se extendían desde dos pilares a sus patas.
Era toda una experiencia: de piel satinada y sin escamas,
como el verde de una pequeña lagartija
y en el vientre un tenue amarillo como del limón.
También llevaba a los costados un par de estelas rojizas
que advertían el poder de su fuego.

Este dragón…
ya lo había visto alguna vez, pero no estaba segura.

Me acerqué hacia él con mis emociones revueltas en la garganta,
era tan grande.
—Hola-, le dije intentando sonar familiar, como quien saluda a una
mascota.

Pero el dragón empezó a moverse torpemente,
parecía querer atacar.
Yo retrocedí temiendo lo peor.

Delante de mí un noble pirata se interpuso para defenderme.
Era de barba y cabello azul, llevaba el sombrero negro
y un típico saco de capitán, rojo, ya desgastado por el sol al navegar.

¿Por qué quería protegerme? No lo entendía.

Lo distrajo con un juguete de gracioso sonido
y entendí que el dragón era joven,
también ciego.

—Anda lento y suave-, dijo el pirata,
mostrándome la manera de caminar por los costados.

Un aire de incertidumbre en el salón.

La bestia comenzó a acercarse y yo también.
Deseaba olfatearme, yo verle el rostro,
nos invadía la curiosidad.

Estando ya tan cerca
me atreví a levantar la mano y tocarle el hocico.

Suave y delicado.
Qué sensación más especial sentir su piel.

Lo miré fijamente.
Dos grandes esferas negras
con dos pequeños puntos de luz eran sus ojos.

Estaba segura, es mi dragón.

¡Nuestro dragón, amado mío! Grité dentro mí.
El mismo que concebimos hace tiempo en un huevo
y que al nacer había escapado.

Ay cómo quería abrazarlo, decirle que nos fuéramos de allí.
Llevarlo a casa, darle libertad.

Pero el instante duró poco.
Al reconocerme una voz habló desde sus entrañas.

—Mi amada. Mi amadita ¡Mi amanecer!
Un estremecimiento corrió por todo mi cuerpo.

Esa voz triste y melancólica.
Qué momento más penoso, más terrible.
El alma de mi amado estaba cautiva en una bestia
que nosotros mismos habíamos engendrado.

¿Devorado por mi culpa? ¿Qué podía yo hacer?
De seguro devoraría a todos los del palacio.
Ellos habrían estado buscando a la culpable de este horror
y ya la habían encontrado.

¿Qué harían con nosotros?
No pensaba separarme de mi bestia ni del alma de mi esposo.

Qué destino más traicionero,
sin saberlo, había sido entregada a mi propio juicio.

Pero el silencio persistía…

Dos amables y elegantes sirvientes,
con guantes blancos de algodón,
pronto cargaron y pusieron a mis pies un gran cáliz de oro,
tan grande como para darle de beber a quien ahora era el asesino
de su propio creador.

Pero para mi asombro,
este estaba vacío.

Miré a los sirvientes,
miré a todos los testigos del palacio.

Ellos se inclinaron ante su servidora
y dijeron a coro:

—Llénelo, por favor.

 

Escrito por Valentina Villalpando W.

Capitana que nace lejos de las olas (Santa Cruz de la Sierra, 1990). Escribe y actúa.