¿Y si soy un personaje monstruoso? Y si alguien me ha creado para ser la protagonista de una historia de miedo con final horroroso, de placeres plagados de sombras; de dolores y misterios; de miseria y almas insatisfechas. Y si mi historia está escrita con sangre ¿Y si fui destinada a vivir sólo en la muerte?

Silba el océano

Camino hacia el mar. Los pies de mis dedos penetran mansamente la arena, respiro sosegada; las olas me arrastran hasta el centro de un mar que se siente infinito; son las manos de mis fantasmas las que me arrastran hacia lo profundo del remolino salado, me desean muy hondo; me llevan al fondo. Son mis pulsiones más hoscas y finas. Es la barbaridad que da vida. Me hundo, aprieto los ojos. Mi cuerpo se ondula y baja entre corales y medusas que lo electrizan.

Me asfixia el recuerdo. Es de madrugada y estoy frente a la playa meditando sobre un suicidio frenético. El aire eleva y dispersa el olor ferroso que cubre mis manos; la sangre todavía se siente caliente. He matado a mi padre, está tirado entre los mangles que se pierden en el escenario nocturno. La luna sólo ilumina las puntas de las manos del mar, que llegan hasta mis pies y les invitan a entregarse.

Quise esconderlo por mucho tiempo, quise enterrar el secreto en la cima del cerro donde por primera vez él me tocó y me hizo conocer el infierno. Pero no pude, todo fue inútil, un día de pronto todos los años de violaciones llenaron mi cuerpo de ronchas y llagas, y fue imposible seguir ocultando la infancia y su veneno.

Cada una de las noches en las que él creía que me amaba, me abusaba y yo me moría hasta que dejaba mi cama, noches en las que quedaba desgarrada y empapada, hundida en el vaporoso silencio del pavor y los deseos de venganza, aparecieron hace poco y me rasgaron la garganta, las tinieblas me tenían cercada. Los recuerdos me torturaron cada mañana. Ya no bastó con estar lejos, ya no bastó con estar sola. Cada evocación abominable me decía a cada hora que debía acabar con aquella vida cobarde; con la suya o con la mía.

Treinta años transcurridos no sirvieron para enterrar en el olvido los días en los que el demonio lo poseía; me poseía, me tragaba y me escupía. Estos años de cuidarme y alejarme de sus garras no sirvieron para nada. No pude dejar de odiarle, de pensarle, de sentirle y escucharle cada noche de tormenta. Los porqués nunca han dejado de azotarme.

Después de varios días sin luna ni sol, sin aire o mar de espuma, decidí escuchar a la furia que me consumía. Me llevó a buscarle.

Cuando le encontré, le invité a contemplar el atardecer y hablar de nuestros pendientes; no me costó convencerle.  Le dije que quería perdonarle, pero antes quería entender por qué.

Ese hombre viejo que ahora es, que ahora llena de sangre la húmeda arena, se moría de ganas de volver a verme, de obtener perdón, de ser comprendido en su irrefrenable necesidad de satisfacción. En su egoísmo humano. En su poder de hombre.

Bebimos mucho alcohol. Le pedí que guardara todas sus palabras hasta que se metiera el sol. Interrumpí el silencio hasta después de que desaparecieron todas las personas y salieron las estrellas; hasta que la marea comenzó a asecharnos de cerca.

Entonces le dije, lo volteé a ver y le dije que no sabía cómo vivir sin él, como sacar su tortura de mi mente, cómo romper su imagen, su aroma de azufre y muerte. Las lágrimas interrumpieron a mis labios, él me miró fijamente y también estalló en llanto. Volteé alrededor para asegurarme de que no había nadie más sobre la tierra, para reconocer que era el momento de darle fin a este cruel cuento. Me aseguré de verlo más borracho que despierto.

No lo dejé hablar. Supe que no tenía sentido cualquier palabra que me dijera. Apenas abrió la boca, intentó articular palabra, y yo saqué el cuchillo de mi bolsa; no lo escuché, la ira me tenía sorda.

Se lo enterré. Me eché sobre él y le enterré repetidas veces el filo de mi niñez.

Era yo, era él, éramos nosotros; fueron nuestras sombras luchando en la playa, bajo una derruida palapa, entre gritos ahogados y sangre grumosa.

Allá entre los mangles está acribillado el ser que me dejó sin memoria, que me borró de la tierra y en cambio dejó un cuerpo lánguido sin sombra.

Lloro por ambos. Lloro por la mano y los ojos de quien escribió esta historia. Lloro porque nunca conocí a Dios.

Camino hacia el mar. Los pies de mis dedos penetran mansamente la arena. Las olas me llevan, me conducen con calma, serenas. Y sí, son las manos de mis fantasmas las que me arrastran hacia lo profundo del infinito; me llevan al fondo. Son mis pulsiones más hoscas y finas. Es la barbaridad, la vida misma.

Me hundo, aprieto los ojos. Mi cuerpo se ondula, baja entre corales y medusas que lo electrocutan.

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)