Agacha la cabeza y se mira. Su reflejo en el charco lo confunde, se parece tanto a su padre… Visto así, hacia abajo, las orejas son mucho más largas, los bigotes casi imperceptibles y el hocico una mancha que se mueve lentamente de un lado al otro y de arriba a abajo.

Desea tanto ver a su padre dibujado allí, cambiar su reflejo por la compañía de su guía y protector. Pero el tiempo ha difuminado el recuerdo del camino de vuelta. Le costará bastante llegar a la colina que cubre su hogar; aquel establo estrecho donde habita su familia. Piensa en cada uno de ellos: la gallina tuerta, el cerdo, la gata parda, el leñador y su padre.

Vuelve al reflejo. Le gusta respirar sobre la superficie del charco y ver cómo su reflejo se transforma con las ondas. De un segundo al otro se pierde en el juego y su mente se detiene, como si entrara en un estado meditativo se va. Allá está, sumido en las figuras movedizas que el charco se traga cuando, como por acto de magia, un olor muy particular, profundo y lejano, se apodera de él cual sello en la memoria. Por mero impulso emprende la marcha. Se ve a sí mismo persiguiendo ese olor y corre. Y corre sin parar más. Así estará por largos días.

Escrito por Diana Taborga Montes

Araña tejedora de palabras, eterna amante del arte y los placeres de la contemplación, de la búsqueda del espíritu en todas las cosas de este vasto Universo. Aprendiz de maga y cazadora de momentos.