Presentación del libro “El discurso del hablante lírico” (Ed. Anagénesis, 2018) del poeta chileno Alonso Fernández.


En las últimas propuestas de la poesía chilena actual se habla mucho sobre el fenómeno del cuerpo, las llagas que lo marcan y duelen, el control que se ejerce sobre él, y por medio de éste las distintas aristas que generan una tensión entre el poeta y la sociedad. En “El discurso del hablante lírico” Alonso Fernández nos habla del único cuerpo que concibe como posible: el cuerpo del poema, construyendo una imagen trascendental a los sentidos, a la piel, a lo palpable; una imagen de lo etéreo que permite la propia poesía.

En su primer libro el autor entiende que el mismo poema es cuerpo. Y ese cuerpo es espejismo; espejismo que es materia y abstracción a la vez. Idea de cielo y al mismo tiempo  tierra que se empuña para luego caerse entre los surcos que separan nuestros dedos, tierra que es polvo, polvo que pertenece a la formación del universo.  El delirio como ensoñación, un brebaje que nos mantiene aquí [¿o allá?], y nos recuerda con todo el sufrimiento que estamos vivos. Como posible salvación el hablante recurre al licor de la literatura, pero termina escupiendo su cariz amargo con una canción de grito y de sangre. Sufrimos la ficción, sufrimos la literatura, que es lo más parecido a la vida o quizás la vida misma, porque la literatura es la herida. La literatura es una mentira que no ha sido descubierta. La mentira es la verdad mientras no haya sido descubierto su secreto. Eso es lo que duele y aun así el sujeto que nos habla en el primer capítulo, “el discurso de la lírica”, se aferra a la creación en un acto ciego de fe.

Este metapoema podría considerarse como un reducto de la poiesis, “creación” en griego, alejándose de la particularidad construida en torno a la reconfiguración del viaje del héroe en el siglo XXI,   así como en la historia de la modernidad. En vez de ello,  propone un sujeto atemporal donde la lucha no tiene razón de ser, sino el propio sentir de nuestra conformación como individuo. Y esto ya se nota desde el primer poema, proversólogo, donde abre la obra para dedicarla a su propia generación, con actos de honestidad tan sencilla como pueden serlo un abrazo y un beso en la mejilla. Quien nos invita a leer en sus primeras páginas es un “hombre anónimo replegado en el ombligo del universo”, donde en su diatriba del hombre moderno, y a lo largo de todo el poemario  es consciente del hecho de habitar el poema, aun así es un hombre que ha construido todo desde la materia, pero  contrario a las maneras del hombre prolífico en los tiempos de la razón dice “me fabrico mi propio yo y mi propio otro”. A pesar de esta sensación de lo sutil,  también a lo largo de esta primera parte se escabulle en la carne de otra, de la niña de las agujas, con quien el acto erótico es sensualidad biológica y espiritual,  en tanto nace desde la construcción con la palabra. La muerte también es una preocupación del poeta quien la anuncia como estática, estética y trascendental en su quietud. Pues la muerte comienza cuando nada más existe, cuando el poema es revelado y la vida se va al momento en que nuestros ojos se posan en las letras.

El sujeto poético en la segunda parte intenta una vuelta a su origen [que siempre ha estado allí] contactándose con sus ancestros directos, como en búsqueda de un delirio que le pertenece a él y al todo que no es sino la construcción de su propio mundo, y corresponde a las posibilidades que hay de existir, donde la mentira es verdad en tanto no existe más que la creación. Y es en ese mundo avatar donde nos identificamos todos, en tanto poseemos también nuestro origen en el linaje, en las conexiones primeras con lo externo, pero en un vaivén que siempre conecta con nuestro propio yo.

Proponiendo la poesía casi como una metafísica absoluta en sí misma, el hablante del discurso lírico se abstiene de ser nominal: no hay nombres de individuos, ni amores, ni calles, ni bares, pero están los individuos, los amores, las calles, los bares. Por medio de su particular estética nos invita a una síntesis de los sentidos, envolviéndonos en un aura de nostalgia, belleza y originalidad que avanza de manera cinematográfica por medio de los poemas. Así el hablante lírico nos entrega estas imágenes como mantras necesarios que nos logran apaciguar y a la vez sentir el éxtasis de la poesía misma, develando en este conflicto la contemplación del sufrimiento que es intrínseco a nuestra naturaleza, y a la de todo lo creado… ¿creado por quién? ¿por la misma poesía? ¿por nosotros? ¿por la infinita naturaleza? Dejemos que sean los propios versos de Alonso Fernández los que nos hablen.

Escrito por Javier Ossandón

Javier Ossandón (1990, Santiago) Poeta, profesor, bibliotecario y gestor cultural. El 2012 obtuvo la Beca de Creación de la Fundación Pablo Neruda. Ha participado en antologías, revistas impresas y electrónicas de Santiago, Valparaíso, Córdoba, Lima y Francia, donde fue traducido. Ha participado en diversos encuentros y recitales poéticos entre los que destacan el "Seminario Nueva Poesía Chile" (2014) y el "Festival de Poesía La Chascona" (2017). El 2015 libera el poemario "Mejilla Ceniza" (Fuego y Rizoma) en la web. El 2016 publica su primer libro impreso, "Christi" ( Alarido Ediciones). Actualmente tiene otro proyecto en proceso de edición que lleva por título "Continente Aureal" e imparte talleres de poesía.