Para R.

 

El verano inolvidable con Théophile. Por lo demás, los veranos eran solitarios, habitados por películas extranjeras, clases de natación, idilios desagradables, paseos que no lograban estamparse en la memoria como el balneario de Nai; pero el Nai con Théophile y su traje de baño escondiéndose en las olas, bamboleándose como un pez recién salido del mar ─acaso sería ese un mar de verdades inconmensurables─; zambulléndose en el horizonte como si ya no existieran los retornos. No sabía a ciencia cierta si volvería a ver a Théophile, su imagen asaltaba mis pensamientos en el imperio de la noche, a plena luz del día o en ese espacio donde el tiempo se detenía para dar lugar a la eternidad. Quería ser libre, esconderme tras el sol no era la respuesta, tampoco estallar en recuerdos y frotarlos hasta desgastar la máquina del tiempo. El pasado es peligroso, rumiante, hostil, es preferible pensar en el futuro, sobre todo en tiempos violentos cuando la incertidumbre adopta el vigor del fuego y cada día es de un perfume nuevo. Entonces, en medio del barullo mental, surge un momento para fotografiar el firmamento, pero uno sin tiempo, sin espacio, donde peces voladores pululan cruzando las nubes como pájaros. Yo debía crear la perfecta técnica de vuelo; tan solo salir de mi escondite, pernoctar en una estrella. Destrozar los silencios.

Al salir del sol hallaba mis sueños, porque todo quedaba al descubierto, en la claridad de la luz más efervescente. Fotografiaba aves de distintas especies. El cielo guarda misterios inexorables, sobrevuelan seres alados imposibles. El lente de la cámara capta verdades que el ojo humano no concibe dentro de su razón, pero anhela atesorar en su imaginario. A través de la fotografía puedo ver que el firmamento tiene alas, y, cuando llegue el fin, se convertirá en un pájaro gigantesco, y saldrá volando cual thunderbird por las avenidas de la muerte.

Miles de fotografías habitaban la memoria del ordenador. La yema del sol, la mañana transcurriendo azul y Théophile engullendo un chocolate en el día de su despedida; la luna sonriente, el ángulo abierto de la noche; estrellas saltando como liebres; Théophile observando el horizonte antes del ocaso. En fin, lo imaginable, como aquellos sueños que sueñan con ser soñados.

Después de utilizar la cámara una hora o dos se arruga el entrecejo, los brazos y las manos quedan dolientes, el cuerpo anhela descansar, particularmente los ojos, más aun si se ha estado fotografiando el ojo del sol; el reto más interesante: los autorretratos. Cuando el objetivo de la cámara es el fotógrafo, es como mirarse al espejo de frente y darse de cara con el vacío, uno está muy cerca de hallarse, es una sensación extraña y magnífica; quedan los ojos fijos en el obturador esperando el disparo que marca el temporizador hasta el clic del diafragma ─a veces, el cuerpo se mueve a voluntad y la fotografía se transforma en un ente multipolar─; es como otear la hoja en blanco a la espera de las palabras que formarán un cuento, un poema o una novela. Cuando mi hermana Cassandra quedó embarazada, debí suponer que iba a desear un retrato con el abultado vientre y su esposo como acompañante; así me lo hizo saber poco antes de cumplir el octavo mes. Tomé especial atención en preparar los implementos, no iría a necesitar más que un trípode, la cámara y un lente. Ocurrió muy tarde la noche; Hyatchë, mi cuñado, debía viajar después de la sesión y además se encontraba exhausto ─aunque mostraba una afable sonrisa─; era mi responsabilidad actuar con celeridad y, para variar, el cansancio me agobiaba, aunque no lo suficiente como para que los demás lo notaran: yo también sonreía. Días después, al ver los retratos (tres en total), colgados en la pared de la casa de Cassandra, no pude evitar pensar que esa enorme panza me provocaba ternura y terror; ternura porque de ella saldría un bebé y seguramente muy bello, y terror porque yo, siendo mujer, poseía la maquinaria suficiente para gestar un bebé en algún punto de mi vida. Terror de quedar encinta. Ese pavor, esa repugnancia hacia la maternidad eran totalmente inadecuados para la sociedad patriarcal, la cual esperaba de mí que pariera un hijo, grave obstáculo para el fluir del libre albedrío. Me da terror y repugnancia el embarazo. Una declaración lapidaria, violenta, pero que guarda un mensaje de paz: Déjenme vivir sin la tortura de la procreación y yo también dejaré de criticar a quienes tienen hijos. Nuevamente, una declaración infame, aviesa, propia de una mala mujer, condenada a la soledad y al exilio ¡Se abrirán las puertas del infierno y será engullida por la estigia infinitamente! Entonces sabrá que algo anda mal, que quizás no es una mujer de verdad, que quizás tiene falla de fábrica o su lado más perverso está despierto y la gobierna. Fotografiar ese lado oscuro es una tarea lacerante y exquisita, porque uno debe ser capaz de manipular el equipo fotográfico mientras se está preso de esa oscuridad, de esas tinieblas que habitan la ira y la maldad. Luego, si todo sale bien, las fotografías develan respuestas a las antiguas preguntas sobre nuestra dualidad. La luz y oscuridad que nos gobiernan son, quizás, la clave para entender el Secreto del Universo.

Fotografiar a Théophile era como devorar un árbol de frutos dorados, mordida tras mordida al ritmo del diafragma y Théophile protestando. «No más fotos», decía con denso acento extranjero, aunque eso no me detenía en mi afán por captar lo mejor de su alma. Él era un hombre de inexplicable belleza interior y evidente belleza exterior, tenía los ojos como dos océanos de miel azul; las manos grandes y blancas, el rostro acrisolado, una silueta esbelta como de niño demasiado alto para su edad; caminaba a paso redoblado, zancadas que dejaban a relucir sus largas piernas de marfil. ¿Fue aquel verano inolvidable a causa de Théophile? O es que se sumaron una serie de sucesos afortunados, por ejemplo, que ambos estábamos de vacaciones, que el mar nos recibía con dulzura un lunes cualquiera y éramos como dos pájaros azules volando al ras de las olas, chapoteando de cuando en vez, buscando peces para alimentarnos. Como dos pájaros azules huyendo hacia algún imperio lucífero extravagante, hacia el horizonte ruin, hacia la verdad. ¿Cuál era, entonces, esa verdad tan anhelada, tan ferviente y solitaria? Théophile y el mar parecían ayudar a encontrarla. Fotografiarlo delante del océano, captar su silueta y el sol acechando, un agujero de luz en el firmamento. «Yo soy un hombre que busca las cosas simples de la vida, y está bien. Yo creo que tú eres alguien excepcional, y un día, el mundo te reconocerá por quién eres», fueron sus palabras una tarde frente al mar, frente a ese mar silbando eternidad; su figura ondeando al viento y toda su belleza expresando lo inexpresable, como un tesoro que no debe ser abierto jamás, porque sería nombrado, y moriría como un poema de amor nunca leído. Mi poema de amor para Théophile nació aquel verano y siguió escribiéndose durante su ausencia, muchos años después. Es ahora cuando pienso que no he querido escribirlo sino en mi mente y en mis sagrados recuerdos. Imagino a mi entrañable amigo tocando mi puerta, invitándome al cine o a algún bar con sus amigas, recordándome que tenía novia allá en Alemania. «Hermanita, ¿cómo estás?», escribiría poco después de marcharse a su país.

Dentro de cada ser humano hay una fotografía que aguarda silenciosa ─como una nube roja─, ser tomada. Las fotografías que le hice a mi hermano alemán se arrojaban a mi rostro lastrado de reminiscencias, de añoranza, y me conminaban a no olvidarlo, a olvidarlo, a observarlo de frente y aceptar su existencia y vastedad.
Un amor tallado en universos desconocidos o un amor tristemente unilateral. Mientras tanto, la distancia entre nosotros no lograba acortar los recuerdos, cada vez más vívidos. Para dejarlo ir me concentraba en mi escritura, y terminaba escribiendo sobre él. Entonces ya sólo me quedaba entregarme a sus redes y quedar atrapada como un salmón desesperado.

Un día de aquellos en el verano inolvidable, fuimos a la playa con su amiga extranjera. Hubo un lapso prolongado en el que, mientras yacíamos tirados en la arena, él y ella hablaron en alemán y me sentí ignorada. Enfadada, retorné sola a casa antes de la puesta de sol. Creo que mis celos estuvieron cargados de ternura. Al día siguiente, Théophile me pidió disculpas. Recuerdo su rostro de muñeca, esos ojos oceánicos mirándome temerosos, su voz prudente, delicada como la espuma de Nai. «¿Está todo bien?», preguntó. Luego volvimos al mar, esta vez los dos solos; ése fue el instante en el que se declaró un hombre simple y me atribuyó excepcionalidad, ése fue el instante en el que la idea de su existencia se clavó en mi mente como una estaca eterna, un recuerdo que pedía ser borrado y solo lograba sellarse con mayor intensidad.


*Cuento inédito.

 

Escrito por Karina Luz

Soy Karina Luz Bocanegra, escritora y gestora cultural. Me gradué en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional de Trujillo, Perú. Me desempeñé como docente en el Instituto Tecnológico del Norte, teniendo a mi cargo las asignaturas de Historia del Arte, Tipografía y Diseño Gráfico; asimismo dicté el Taller de Creación Literaria: Poesía, en la Alianza Francesa de Trujillo. Fui distinguida en certámenes literarios a nivel nacional. He publicado Prosternación (2010), Rain (2010), El Ángulo Abierto de la Noche (2015) y Planeta Délfico y otros cuentos (2017). Fui invitada como escritora a eventos literarios nacionales e internacionales entre los que destacan el I Encuentro de Poesía Joven Perú Ecuador (Ministerio de Cultura de El Oro) y «Arequipa Imaginada», un programa de recorridos de autores por ciudades peruanas (Ministerio de Cultura del Perú). Poemas y cuentos de mi autoría fueron publicados en antologías de Trujillo, Lima, Cajamarca, México e Isla Margarita.