No puedo dormir. Llevo días descansando entre cuatro y tres horas por la noche antes de levantarme de la cama y rondar por la casa como alma en pena. Lo ideal de las almas en pena es que son portadoras de algunos de los terrores humanos, pero mi representación no se acerca en nada a eso y lo único que hago es comer lo que tenga en el refrigerador y ver videos por Internet.

Rondar por las noches conlleva una cuota de consecuencias que se notan en mis ojeras y en el mal humor que deben soportar las personas que me acompañan. Además que trae consigo la destrucción de las paredes que he construido para olvidar los peores recuerdos que bordean mi subconsciente. Hace algunos días, mientras me preparaba un pan con queso, tracé el camino que me ha traído hasta donde estoy actualmente: en la banca rota, con la brújula rota, cazando “tigres” para sobrevivir y la certeza de que si mis huesos no encuentran una solución a corto plazo, terminaré como el enterrador de los éxitos ajenos.

Eso es lo que pasa cuando los fantasmas de la psicosis son más fuertes que las linternas de la realidad. No puedo pretender que el mundo es un gran campo de batalla donde todos son enemigos, pero sí debo considerar que las batallas más importantes se producen dentro de mí. Eso es lo que hago al rasgar con mis uñas las posibilidades pegadas en el piso de lo que soy, como chicles añejados debajo de los pupitres que debo obtener para succionar un poco de sus oportunidades. De su sabor. Y saben horrible, saben a la desesperación de una persona que nunca se ocupó de explorar sus límites y se descuenta con una masa amorfa de esto que se llama humanidad.

Aunque a veces, esas rondallas por la noche me generan grandes ideas: no seas imbécil -creo que lo he anotado mil veces en cuadernos y libretas-, no mientas -eso debe estar tatuado en mi piel-, no seas maligno -una parte de la que debo encargarme- y rompe cada uno de los agujeros que traten de tragarte en el camino -eso es la meta-. Son agujeros llenos de dientes y con lenguas puntiagudas que me llevan a planetas desolados donde sus habitantes viven de robar energías y de las pesadillas que puedan implantar en tu cerebro. Toda teoría de exploración interplanetaria queda obsoleta cuando no somos capaces de aventurarnos en la galaxia de nuestra imaginación. Una imaginación tan poderosa y omnipresente que nos hace cambiar oro por pequeños espejos cuando no somos valientes. Cuando no somos constantes.

Me gusta ser el alma en pena. Durante esos procesos obtengo mis mejores ideas, pero, como he descrito antes, también camino sobre una delgada capa de hielo que procuro no romper para no ahogarme. Últimamente se ha hecho más difícil no ahogarse. Y es que en la superficie se ha instalado un sopor que me vuelve más pesado y vulnerable a lo que la paciencia pueda soportar. Necesito que las cosas se resuelvan rápido, necesito que mis esfuerzos rindan frutos para que la cosecha pueda sustentar a los que amo. Para que la muerte no ronde en sus diferentes formas sobre la perseverancia y me haga hablar pendejadas y cometer locuras que en un futuro afecten sobre la estabilidad. Sobre lo que se supone que debemos ser una vez que se alcanzan las metas.

Pero, ¿y si no recorro el camino? ¿Y si muero en los agujeros? ¿Y si las metas son la trampa perfecta para el olvido?

Mi falta de sueño es la capacidad esencial para cuestionarme tantas cosas y pasar cada día sin respuestas. Da lo mismo vivir en la patria, en el exilio, en la diáspora o en la Luna si mis pies no me mueven a la velocidad de un océano que se está quedando sin corrientes. Entonces debo apresurarme para construir el motor y la propela que impulsen a mis sueños por una inmensidad de monstruos y pruebas que algún chiquillo cruel y feo maneja en las cuevas de mi miseria. De mi desesperación.

Hablar desde mi verdad.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.