Cada medianoche Samuel Aguilar entra al baño y aplasta a la cucaracha. No muere. Cada medianoche a Samuel Aguilar lo despierta la necesidad de orinar, es inconfundible, su vientre lo aprisiona contra la cama y entre sueños intuye que debe levantarse e ir al baño, si no lo hace, lo sabe por una experiencia infantil, la necesidad será satisfecha en medio de un sueño, y despertará mojado, oliendo a callejón. El pasillo que conecta su habitación al baño (siempre soñó con tener uno propio, pero era muy caro) es totalmente oscuro; una maniobra ridícula de diseño dejó el interruptor, el único de toda esa área, casi al final del corredor, ya después del baño. Samuel Aguilar debe recorrer ese espacio con el recuerdo del trayecto a plena luz del día en su mente asustada. Llega al baño sudando, pero solo ahí repara en ello y sacude los brazos como para darle aire a su propio cuerpo. Prende la luz y cierra la puerta, afuera está el peligro, cualquier criatura que habría de habitar en la oscuridad queda recluida. Parado frente al lavabo, Samuel Aguilar recuerda la película que vio hace años, donde una mujer fantasmal y desdentada se colgaba del marco exterior de la puerta mientras su víctima gritaba al fondo de la tina de baño. Todo era seguro (o relativamente seguro) adentro.

Pero ahí está la cucaracha. No es como las de ficción, enorme, marrón, brillante y con las antenas más largas que el cuerpo. Esta es menor, más real, es una cucaracha, lo sabe, las ha visto antes. Es negra y ovalada, no es tan ágil porque no se mueve frente a la presencia humana, eso irrita a Samuel Aguilar que ve en ese animal idiota la traducción de sí mismo, de su propia actitud, siempre pasivo, siempre parado en un rincón esperando a ser aplastado. Samuel Aguilar levanta la pierna, la recoge en un ángulo recto y la descarga sobre la cucaracha, asienta la punta del pie y la mueve de izquierda a derecha para asegurar la muerte, una larga, progresiva y dolorosa muerte. Mientras aplasta al animal se baja los pantalones, no vaya a ser que todo sea un mal sueño y se termine orinando sobre sí mismo y la cucaracha. Asumiendo la muerte, Samuel Aguilar da la vuelta y empieza a orinar. Siente un cálido alivio, los ojos se le entrecierran. ‘Este es el momento de la noche’, piensa, ‘en el que el sueño está asegurado’. Levantarse al baño, más que una costumbre, ha sido para Samuel Aguilar una especie de entremés teatral, de esos en los que no hay héroe ni villano, solo una historia tonta, fácil de aprehender, como matar a una cucaracha en medio de la oscuridad. Termina, respira una vez más el aire tibio del baño para recordar que no está soñando, se levanta los pantalones y se dispone a lavarse las manos. Es cuando ve a la cucaracha, viva, tranquila, impasible. Sus pensamientos ahora no lo dejarán regresar a sentarse en la primera fila del sueño. Intenta liberarse de sí mismo y abre el grifo, se lava las manos con abundante jabón, pero evita tocarse la cara con el agua fría pues eso lo despertaría aún más, vuelve la vista
un segundo y ve a la cucaracha, ahora más arrinconada al orificio del drenaje en el suelo; en cualquier momento se irá por ahí y no la volveré a ver, se consuela Samuel Aguilar, pero es una autopromesa que se diluye en el agua sucia del retrete pues sabe que al día siguiente, a la madrugada siguiente, ella seguirá ahí, alimentándose de las partículas de suciedad y desesperanza que Samuel Aguilar riega en el piso del baño cada vez que va a orinar sudando y asustado.

Cada mañana Samuel Aguilar debe cumplir su ritual de limpieza después de levantarse. “Si mi cara ya es lo suficientemente fea, que al menos no esté sucia” es su lema. Camina ya sin miedo, sin precaución hacia el baño del corredor, abre el grifo, el agua helada se acumula en sus manos y llega a su rostro velozmente, se seca y toma las gafas guardadas en un bolsillo de su pijama. Limpia los vidrios con el aliento y una de sus mangas. ‘Suavecito que son mis ojos’, se dice a sí mismo. Se calza las gafas, gira la cabeza a un lado y ve el agujero del drenaje. ‘¡Ah, sí!, eso era, hay que arreglar la baldosa, se está descascarando y se pone negra, parece una cucaracha’.

 

De Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados (FLAP, 2016)

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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