Andrés Álvarez Arboleda, El Carmen de Viboral, Colombia, 1991.

ESE OLOR DE ÁRBOLES MUERTOS

Ese olor de árboles muertos
vino con la medianoche:
eras tú y el anuncio de tu estancia
en este lado del río.

Eras tú y la noticia de la guerra
navegando un camposanto turbio
y sin flores.

Otros cuerpos llegaron a la ramada
y todos se quedaron sin nombre.

Decíamos,
hombre de treinta y cuatro años
–cuatro balas en el abdomen–
saluda el sol con las manos.

Decíamos,
una mano, sola la mano
aguarda un dueño en esa piedra.

Rigor mortis:
río Magdalena.

Ese olor de arboles muertos
vino con la medianoche:
eras tú y la caída de tu infancia
pidiéndonos flores.

Pero aquí tampoco hay flores.

 

EN ESTE PUEBLO

Afuera van ladrando los fusiles.

En este pueblo florecemos
de la poca tierra
que nos quedó entre las uñas.


Jennifer García Acevedo, Medellín, Colombia, 1995.

ESTE LUGAR DE LA LUZ

Dijo Saint-John Perse: “¡Muchas cosas sobre la tierra por oír y por ver, cosas vivas entre nosotros!”, y no se equivocó en decirlo, pues ¿qué vemos de las cosas, sino su sombra? Más allá del círculo que rodea los ojos, los peces son también navegantes de la tierra, y los pájaros sucumben en las cortinas del agua bajo vuelos giratorios. Posiblemente el viento contenga un olor más allá de todo,  pero le asignamos el del vino, el de la arcilla, el de la sangre, el de la carne que hierve sobre la madera. No hemos sabido darle un olor a la ausencia, pero como es debido decimos: esa mujer olía a pan, los pájaros arrullaban su sueño, por tanto esa mujer olía a pan y a pájaro. Así disimulamos nuestra incapacidad para dar un nombre a las cosas que aún no lo tienen. En el lugar donde el árbol funda su patria, se escuchan los rumores del agua, los animales arrancando las semillas de las copas, el espantapájaros que calcula el trigo, pero en su raíz ningún sonido, ninguna galería de ruidos, aunque sabemos bien que ahí están. Un rey ciego debió habitar entre nosotros haciéndonos creer que lo visto y escuchado no era sino una vaga figuración del sueño, de ahí que ahora lo imposible solo desemboque en ese espacio de la vida.

Cosechando su oído, el hombre al que han llamado loco lidia con la angustia de sentir la voz de dios latiéndole en el oído izquierdo y ve el río cruzar sus manos lo mismo que las piedras. Debe ser que el círculo de su ojo está abierto, pero no puede decirlo y calla. Así en un lugar del sueño, la grieta de luz atraviesa los límites de la noche y nuestro ojo es ahora un gigantesco péndulo girando en medio de todo. Vemos entonces el alma del grillo cruzando el campo, los valles y las mesetas entablando diálogo con el agua, los buques que navegan sobre la hierba lo mismo que sobre un cúmulo de olas; escuchamos la voz de los hermanos muertos, la voz del animal doméstico, la voz del reloj que atraviesa los corredores. En este lugar de la luz, hemos aprendido a ver cómo regresan las cosas que siguen estando lejos. 

 

SED

Ante la sed
la garganta ruega por el cruce del agua
Como los abismos
rogaron por la luz
al parir Dios el mundo.


Wilson Perez Uribe, Medellín, Colombia, 1992

TRÍPTICO HACIA UNA PINTURA DE KURODA SEIKI

Me preguntas cuándo volveré.
No lo sé.

Li Shangyn

 

I. SABIDURÍA

Vivo mi propia noche
Mi cuerpo
espera, cansado,
en la orilla
de otro sueño. 

II. IMPRESIÓN

Mis pechos
son dos piedras
que ruedan
por un desierto
de piel ajada.

No tengo más libertad
que la de escuchar
las palabras
que miran mi cuerpo,
como si lo vistieran
de una sombra de trazos.

Y no tengo miedo,
mi carne es mi palabra,
la ceniza que el tiempo
no ha aprendido a devorar.
 

III. SENTIMIENTO

Soy un árbol:
mis manos imitan
una rama, en ella
habitó un pájaro.
Su último vuelo
lo recuerdan mis ojos
de párpados vegetales.

Soy un árbol:
la hierba
crece bajo mis pies,
me acecha, avanza,
busca el fruto de mi boca;
quiere encender un fuego
que borre de mis manos
la lección de un pájaro
que vuela sin decir adiós.


Mariana Ossa, Pereira, Colombia, 1992.

Poesía

Cuando todo se ha ido
apareces
y me arrojas
a la luz del mundo

Sólo tú
sabes
disipar las ausencias.

¿Qué será libre?

La hoja cae y ya no nos sirve
el sol brilla con furia y nos escondemos
la oscuridad tiene un rostro y cerramos los ojos
La vida tiene secretos y preferimos guardarlos
¿Hemos realmente salido del vientre?
¿Cuándo fue la última vez que pudimos ser un árbol?
¿cuándo mar? ¿cuándo viento?

Cuándo fue que nos quedamos dentro de un estómago para no nacer y correr el riesgo de morir en libertad.


Juan Sebastián Sánchez, Medellín, Colombia, 1987.

Tiempo Sur
Qué tiempo es éste
donde la sombra alimenta
las ruinas del cuerpo hambriento.

Donde la silueta corre
en el abrazo que se deshace
como vapor sobre las manos.

Qué espacio es éste
donde los rieles conjuran
la memoria de los cuerpos abatidos.

Donde los trashumantes
cargan en la mirada el verbo equivocado.

En tiempos modernos

quién sea poeta
encienda el aceite de las palabras

apagadas.

 

ORÁCULO

A Deyvi Gutiérrez

La lluvia no tiene
otra razón mas que apagar
los aplausos
la fotografía no tiene
otra función mas que mostrarnos
el vacío donde nadie mudó la piel
será que la palabra
encendió el oráculo que nadie señaló
y la calle habitó el paso que tanto fue esquivo
alguien nos dejó el amuleto equivocado
y partió
mirándome al espejo
mi sombra ha creado otra sombra
toda la soledad de la humanidad
en este último acto.


Marisol Bohórquez Godoy, Colombia, 1982.

L’AURA

¿De dónde vienes?
que tu piel le abre fisuras al viento
para hacernos respirar tu aire

¿De dónde? Te insisto
si eres poesía y en mis dedos te vuelves poema

Yo que soy sobreviviente de todos los vicios humanos
me siento condenada en tus ojos

Fuego que mengua el colorido de cada primavera
para imponer su verdor
en ti

Las cosas que no pueden nombrarse
tienen alma de verso

Quien no se arriesga ante el abismo
jamás sabrá si existe eternidad


EL POEMA QUE NO QUISO SER ESCRITO

Fui testigo de la guerra antes de mi nacimiento
Yo era un trozo de carne que intentaba latir
en un vientre acechado por la angustia
Resistimos el hambre de los violentos
La lluvia borró el silencio que dejaron las balas

Lavamos nuestras pesadillas en los ríos teñidos de sangre
y mordimos la oscuridad hecha ceniza
para enfrentar el miedo a un nuevo amanecer
con la muerte esperando

Vimos madres llorar a sus hijos
y esposas que eclipsaron el día con el luto en sus ropas

Nos aferramos cada noche a la protección de unos dioses
que aún no muestran su rostro
y ocultamos los sueños bajo el dintel de la puerta

Nuestra herradura de la buena suerte
fue la bendecida víctima de una bala perdida
para que yo pudiera creer en los augurios

Yo vi la guerra antes de mi nacimiento
conocí el llanto de mi madre
y el estrépito en el corazón de mi padre
antes que los cantos de cuna

Vi el naranjo agrio llorar sus naranjas podridas
y servir de refugio a quienes bajo sus ramas
intentaron borrar el infierno de la memoria

Y me preguntan a mí ¿por qué no escribo poemas a cerca de la guerra?
A mí, que aún sigo intentando callar el eco de sus voces durante mis sueños.

Escrito por Jennifer García Acevedo

Poeta, Colombia.