Desde hace un tiempo he notado que me he vuelto invisible, ese es mi superpoder. Sola, en mi habitación me miro al espejo, me visto y me miro, me desvisto y me miro. Recorro mi cuerpo que no es el cuerpo ideal, pero es el mío. A mi me gustan mis senos grandes, mi vientre curvo y relleno, mis piernas que nacen gruesas y fuertes. Hay amigas que me insisten para que haga dietas y baje de peso, me dicen que soy linda y que estando flaca voy a poder comprar ropa más femenina y los chicos me van a invitar a salir. Pero a mi no me gusta hacer dieta. A mi me gusta ser invisible a los ojos de las personas que buscan el cuerpo perfecto.

Subí de peso en la pubertad, después de que mi mamá murió y me quedé viviendo sola con mi papá y mi hermana mayor. Ella tiene el cuerpo perfecto, el pelo perfecto, la sonrisa perfecta. Todos sus pretendientes apenas se dan cuenta de que también existo, cuando vienen a casa y les abro la puerta; se portan más o menos así: “Hola, ¿está Karina?” me dicen, y cuando asiento siguen de largo a su habitación sin más. Sin fijarse si me tinturé el cabello de rojo, morado, celeste, si mi nuevo delineador es plateado, negro o azul. Pasan a mi lado y siguen por el pasillo a la habitación de Karina, golpean la puerta con el corazón en el puño y un ramo de rosas, unos chocolates, unas entradas al cine. Entonces regreso a mi habitación y me miro al espejo: ¿Sabrá ese chico qué aros me puse hoy? ¿Habrá visto que tengo las uñas pintadas de rojo y verde? Entonces escucho un jadeo en la habitación de mi hermana y me imagino que él está extasiado lamiendo sus senos breves, viendo sus caderas de niña, besando su boca con diseño de sonrisa.

Cuando íbamos a la playa en vacaciones, Karina usaba todo lo que estaba de moda: minishort, bikini, trikini o pareo. Al principio intenté imitarla, pero podía percibir la burla en la mirada de otras personas preguntándose: ¿Y a esa gorda le da la cara para ponerse un traje de baño de dos piezas? Una vez, mientras iba a meterme al mar con mi hermana, un grupo de adolescentes comenzó a reírse cuando pasé a su lado. Uno me gritó: “¡Gorda, largá los postres!”. Entonces entendí que una chica como yo no podía usar bikini, que estando en el mar lo correcto era que escondiera mis kilos de más con un vestido de baño enterizo, sin poder broncear mi vientre abultado. Con los años, dejamos de salir de vacaciones juntos. Eso me permitió poder vacacionar en las montañas y resguardarme del fresco con abrigos holgados.

Karina y yo nos llevamos bien. A mi no me dan celos que ella sea popular y aspire a la perfección. Cuando mamá murió y yo subí de peso, ella que tenía quince dejó de comer. O más bien de digerir, porque comía y vomitaba. A mi papá la situación se le salió de las manos, no se metió. La escuchaba vomitar después de la cena en el baño y todo lo que hacía era ir a la cocina a lavar los platos, esperando que todo pasara como por arte de magia. En mi inexperiencia traté de entenderla y de explicarle que el cuerpo con el que ella soñaba no lo iba a tener nunca, que eso se ganaba con fuerza quirúrgica, no comiendo menos. Si estaba muy flaca, no tenía tetas y si tenía tetas se sentía gorda y con culo grande. Se lo expliqué un millón de veces y con la ayuda de mi prima de veinte logramos que de nuevo se alimentara. Empezamos un juego, cada una contaba las calorías del plato de la otra. Mientras mis platos no bajaban de las 1000 calorías, ella comía unas 1500 en todo el día. Nunca le contamos nada a mi papá, él ya tenía suficiente con su viudez flamante, intentando dejar atrás dieciocho años de matrimonio.

El caso es que terminé el colegio y entré a la universidad. Ahí ya no tenía compañeros de clase y casi no hablaba con nadie, entonces mi vida sexual cayó a pique. Mi hermana intentó integrarme a su grupo de compañeros, pero eran mayores que yo y estudiaban administración de empresas, mientras que yo estaba empezando ciencias políticas. Cada vez que llegaba a saludarla, los chicos que la rodeaban apenas me miraban y me devolvían un saludo lánguido, luego intentaban retomar la conversación con Karina, mirándola con devoción. Yo me quedaba en silencio a su lado, escuchando los diversos modos de seducción: el cool, el enamorado tierno, el desinteresado, el tierno-violento, el locamente enamorado… Eso no tenía fin. Karina sonreía y se mostraba más o menos interesada según el candidato.

Así fue como poco a poco fui asumiéndome como invisible. Los chicos por la calle le chiflaban a alguna con minifalda y la devoraban con la mirada. Si yo me cruzaba a propósito en frente suyo simplemente no me veían, más bien volteaban la cabeza siguiendo al culito deseado. Fui entendiendo que no importaba lo que le hiciera a mi cuerpo, ningún hombre iba a prestarle atención. Así que me teñí de rosado y celeste, de verde, de violeta, blanco, negro, rubio, azul; me hice un piercing en la nariz y me tatué varias veces, en la espalda me hice un sol azteca, en la pierna una luna y en el brazo un mini Choco Cat. El único momento del día en el que no era invisible era por la noche, cuando finalmente me sacaba la ropa y recorría con mi dedo índice el contorno de mi brassiere, los pliegues que se formaban en mi espalda al encontrarse con mi cintura, los pozos de celulitis en mis piernas. Me sentía magnífica.

Yo no era invisible solo para el sexo opuesto, también era invisible para muchas mujeres. En especial para aquellas que hacían de su peso y apariencia física un modo de vida. Como si por el hecho de tener sobrepeso no pudiera pensar o tener los mismos derechos que una persona delgada. Algunas amigas de Karina, cuando venían a casa a tomar mate, se ponían locas cuando (a propósito) le ponía azúcar. Algunas hasta me pedían de tomar en mates separados, porque “el mate se toma amargo”. Karina, diligente, se levantaba y preparaba otro mate para las dos y yo tomaba mate dulce sola, mirando como la amiguita de Karina de soslayo miraba cada cucharada de azúcar que echaba en el mío. Cuando se iba, Karina me preguntaba: “¿Para qué le ponés azúcar al mate cuando vienen mis amigas si vos también lo tomás amargo?”. “Es una cuestión de principios” le decía por toda explicación. Y las dos largábamos la carcajada.

Una noche en una disco a la que había ido con Karina y sus amigas, tomé de más. Mi hermana estaba conociendo a profundidad (más bien las profundidades) de uno de sus candidatos. Ebria y bastante rota me senté sola en el piso y me puse a escuchar la música con la que el DJ nos entretenía. Estaba preguntándome si Mar Chiquita cambiaría de nombre de convertirse en una ciudad con cinco millones de habitantes, cuando alguien me pisó la mano con toda. “¡LA PUTA MADRE!”, grité y traté de levantarme, pero el pelotudo del pibe seguía pisándome los dedos. Entonces empecé a tirarle de los pantalones y él se dio cuenta de lo que pasaba y me ayudó a levantarme. “¡Soy invisible pero no soy de goma!”, le dije enfurecida. Él me miró y me besó la mano: “Si vos sos invisible yo tengo un superpoder, porque puedo verte y me parecés hermosa”. Furiosa y desconcertada por lo que acababa de escuchar, estaba entre pegarle una cachetada y besarlo, pero él me leyó el pensamiento y me besó antes de que pudiera pegarle.

Así conocí a Martín, que tiene el superpoder de leerme la mente desde hace siete años. Aunque a veces me pone furiosa cuando adelanta la respuesta que voy a dar, me da un beso en la mano y se me pasa. No solo sabe cómo pienso, además no aparta la vista cuando me desnudo. Él ve y disfruta de cada uno de mis pliegues y hendiduras. Si se preguntan si es flaco o es gordo, los dejo con la intriga.

Escrito por María Laura Ruiz

Buenos Aires, 1981. Comunicadora con orientación a la literatura. Ávida lectora de obras contemporáneas, en especial argentinas y colombianas. Escritora diletante hasta el día de hoy.