Llorar   

Me gusta llorar y no estar triste. Te reirías si me vieras, mis lágrimas enormes salpicando a todos lados y yo llorando como desquiciada, deshaciéndome en llanto, agarrándome el pecho, el estómago, llorando, sollozando, ahogándome en largos suspiros que se atragantan mientras escucho a Julio Cortázar leer el capítulo 32 de Rayuela, la carta que la Maga le escribe a Rocamadour. Y cuando dice que el mundo no vale nada si uno no tiene el valor de elegir algo verdadero, y cuando dice que es capaz de caminar una hora bajo el agua por un barrio desconocido para ver El Acorazado Potempkin, y cuando empieza a hablar con urgencia del tiempo y lo describe como un bicho que se arrastra y le dice a su hijo dientecito de ajo yo me doblo y me ahogo en llanto y me deshago y regreso a mí.

Ayer hice lo mismo, solo que sin querer, mientras que hoy lo hice adrede. Hoy escuché de nuevo a Darío Grandinetti decir el poema Llorar a lágrima viva… de Oliverio Girondo, una escena de El Lado Oscuro del Corazón.  Escucharlo en esa voz, con esa música de saxo lenta y profunda como si viniera de la muerte, con esas imágenes desoladas y grises de los seres solos… empecé a llorar como por dictado, y cuando acababa lo ponía otra vez y otra para seguir llorando, porque no se puede ir por este mundo llorando a medias, o sin dejarse herir, sin dejarse crear por el dolor.

(De Soundtrack, Editorial 3600, 2017)

 

Desayuno

Los niños tienen que comer. Aunque la lluvia caiga así. Aunque las gotas florezcan en el vidrio, sedientas de su propio nacimiento. Aunque se dejen morir luego como lágrimas. Hay que poner la mesa, aunque sea llorando, calentar la leche, disponer las servilletas aunque el aire suene así y los techos se entreguen tristes a la percusión del agua. Hay que preparar el desayuno. Aunque los ojos se abran en tu rostro como heridas y quieras sentarte a sentir nada, abandonarte y rendirte al no dolor. Los niños tienen hambre. Tienen que comer.

(De Soundtrack, Editorial 3600, 2017)

 

Tres minutos

La noche se disuelve, digo a los espejos. El pulso del silencio pesa, aplasta el cuerpo, el temblor de la lengua al borde del lenguaje. Hay un insecto. Hay siempre algún insecto. Este vuela justo… y hace algo con las alas, algo siniestro, como un cantar que muerde.

Hay siempre alguna muerte, un animal maligno que res­pira y espera, un lento amarillarse de la sombra en los bosques violentos de miembros abrazados. Me digo que no soy para la muerte. Me digo por decir, por decir algo, por hacer retroceder el linde del silencio. Me digo: no confundir los motivos marinos con los motivos del mar; no conmoverse ante la densidad del mango; no respirar por la herida. No estrangular al prójimo. No sollozar en el columpio frente al sol.

Ya no me voy, le digo al rayo petrificado entre mis manos de arena, a mi cuerpo erizado en el lugar en que la espuma se apresura. Aunque el mar no sea más la inmensidad, aunque de pronto sea la montaña detrás de la montaña detrás de la mon­taña, aunque la lluvia sea un desfallecer… no voy a irme, no de la percusión del mar ni de la rabia, del brío de la rabiosa rabia.

Ella era hermosa, como la rabia. Yo me arrimaba, yo quería también reventar sapos y enterrarlos luego en mi cabello, que la voz se me tornara oscura hablando del infierno y que mis dedos hurgaran en la tierra debajo de las hojas, yo también quería incendiar lilas y odiar a las muñecas, odiar a los pianos y ser bella y que los ojos se me fueran pensando en hombres de almas como espejos y en mujeres que saben el secreto del galope, que palpan, se apaciguan en un languidecer de gatos, yo también quería ser un animal de fuego, un gemido, un deseo, un enamoramiento.

El deseo es el alma de lo que queda sin decir. En la locura hay una calma que no acepta palabras, corpórea voz que me acuna en su volumen ciego, su densidad inaudible. Es eso la locura; estar apenas muda, a punto de gritar. O es este abrirse heridas para que hablen por mí, este desfallecer y siempre siempre resucitar, este lamer, abrir, cerrar, abrirse las heridas.

Yo quise con locura no ser un desierto dormido sobre el cadáver del agua, no acabar siendo Narcisa sin agua en qué mirarme, vacía de grandeza, incapaz de un gesto quijotesco y con antojo voraz de asesinato. La culpa es mía; soy una autodi­dacta del desprendimiento, dictadora del adiós, practicante de la poesía de facto. Soy la teórica de la estética del hasta nunca, la empírica de la despedida literaria, virtuosa del arte de perder.

Es tarde. Voy a volverte loco, le dije alguna vez, hablándote del tiempo. Una línea es una sucesión de puntos y el tiempo es una sucesión de instantes, solo que no existen los puntos porque no hay un punto indivisible, un punto no puede ser jamás delimitado; entonces no existe el instante porque no se lo puede capturar, no se lo puede medir y cuando quieres fijarlo ya es pasado.

Me quedan dos minutos.

Escena uno: Nuestros cuerpos se encuentran, confluyen por un lapso, se asemejan, se tragan uno al otro, se iluminan, se recorren nuestros cuerpos, humedecen, por un tiempo nuestro cuerpo es uno solo y eso es por instantes el amor. Escena dos: Mi cuerpo se encabrita, le urge, se apresura con ritmo de compás desenfrenado, volumen de muslos y de labios que galopa, se empecina, se alza en una ola. En tanto su cuerpo se aposenta, se entristece, se apacigua, es un reloj de trapo. Escena tres: El cuerpo, nuestro cuerpo, se desgarra. Se lamenta nuestro cuerpo. Gotea. Se agota. Fin

Respiración del bosque. Sordera del aire, acariciante. So­lución pura de la muerte.

Sólo los muertos pueden hablar de la muerte. Los muertos y esos seres que nacen con su muerte entre las manos. Esos que un día se van con todos los misterios. Esto se acaba aquí. Se van y nos dejan la rabia, una pregunta informulable, un dolor en el cerebro y para consolarnos nada más que decirnos: este mundo lo hería, lo hería sin remedio. Hay hombres así. Nos dejan diciendo por decir, para espantar el infierno mientras tratamos de llenar ese vacío y ser alegres y besar a nuestros niños mientras tragamos llanto, pena, horror en la garganta.

Hablo de lo que queda. De los que quedamos. Los que miramos los balcones carcomidos y nos huele todo a musgo cuando llueve, nosotros que gemimos mudos y gritamos ter­samente con la piel y con las manos, que tenemos animales en el pecho y soñamos peces enjaulados, nosotros que andamos entre la multitud con el adiós a cuestas en las noches musicales y recorremos las calles amputadas respirando sus ásperos, sus lentos maleficios.

Este silencio. Esta noche que acaba. Una especie de pau­sa. Niña voraz, desdibujada. Duración abrazada de la muerte, contenida hasta que aire o luz o llanto estalla, agradecido.

Un siglo.

Para salvar la tristeza, para ser fiera furiosa fingiéndose dormida y caer en una misma, agua en el agua, para evocar a las niñas lobas y a las niñas palomas que habitan las infancias, para andar ese camino de la sangre, abierto entre los huesos y recorrer el parque de la mano de un niño de ojos imposibles, explicarle el misterio del ombligo, hablarle de la lengua y de los dromedarios a ese niño que ahora duerme suspendido en un silencio de cuna y que de pronto bosteza, murmura, abre los ojos, me mira.

Buenos días.

(De Caracol, Plural Editores 2014)

Escrito por Camila Urioste

Camila Urioste nació en 1980 en La Paz, pero pudo haber nacido en el Congo si el Che hubiera muerto en África. Es Boliviana-Uruguaya, por lo que el mar... el mar. Empezó a escribir a los 7 años (su profe de primaria estaba orgullosa). En el año 2002 empezó a escribir una columna de opinión en el periódico La Prensa, y el 2005 ganó el Premio Nacional de Poesía con el libro "Diario de Alicia" (Plural 2006). Entre 2009 y 2017 ha escrito y llevado a escena 9 obras de teatro (re teatrera) que han estado en festivales nacionales e internacionales. El 2014 ganó el Premio Nacional Peter Travesí al mejor texto teatral por la obra "El Pacto". El 2015, la misma obra ganó el Eduardo Abaroa a la mejor dramaturgia. El 2017, ganó el Premio Nacional de Novela con el libro "Soundtrack; glosario de términos relacionados". Promete no participar de más concursos. Es parte del colectivo de artes escénicas Escénico Giroscopio desde donde explora la relación entre la escena y la escritura.