Aprieta bien los dedos hasta que las uñas empiecen a gemir.
Coge su nombre
-cuidado, quema,
pinzas de cristal-
y esparce bicarbonato sódico. Una dos tres cucharadas.

Remueve. Agita bien.
Sobre la cama,
el grito. Ese grito de raíces que se agarran a la tripa
en un torbellino de pájaros reventando la ira en sus alas.
Rodea el vientre para mantener la rosa
y extirpar únicamente el nombre,
prendido en una espina.

Escupe el nombre.

Saliva.
Bicarbonato y saliva. No olvides que los ojos
deben empezar a caer,
arrastra las pestañas con el puño y borra los párpados a golpes.
Golpes.
Siente las sienes pulverizadas entre todas las arrugas del grito,
plegadas.

Grito.

Que las pupilas se olviden el color de tus pies.
Mira. Ha quedado un pelo.
Abre la boca. AAAAH. Cuchara y aguja de coser
con todas las sílabas
-se reconocen con facilidad:
son como queso en polvo-
y ponte la mano en el pecho. Así. Los dedos abiertos,
el mar en la bañera
y esos huesos, flotando…en una burbuja.

Escucha.

El nombre se va borrando. Su nombre.
Bicarbonato y nitroglicerina líquida.
El grito saca el dolor y resbala por la garganta,
negro, con plumas de golondrina, recorre la cama vacía,
tinta en el cabello. Sílabas. Ya se va borrando…
con un gesto de atleta o de pez empuja la ventana.
Que se caiga. Que se muera. Que se estampe contra el suelo.
El grito.

Y su nombre,

allí abajo.
sin ojos,
devorado por hormigas.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Drugstore, Le miau noir, Culturamas y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"