«La poesía se convierte en un acto heroico», escribiría alguna vez Anaïs Nin en su diario. Entonces, explorar la antología Liberoamericanas, 80 poetas contemporáneas se colma de sentido.

«No mujer, sino mujeres que salen de ese singular que niega, que entonan juntas singularidades múltiples; con la capacidad de ser en su interdependencia, entre sí, con les otres, con el mundo» anuncia el prólogo del primer proyecto editorial de Liberoamérica. Conformado por autoras jóvenes de más de 15 países, este primer trabajo abre la apuesta: escribir desde y sobre las experiencias de las mujeres; lograr un intercambio autoral que alcanza un diálogo total en el que la poesía teje aquella red que nos conecta y nos sostiene.

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La preselección de los textos poéticos que integran la antología fue realizada de forma conjunta a partir de representantes de cada punto liberoamericano, reforzando también un esquema horizontal de trabajo colectivo que enlaza países y palabras, identidades y cuerpos. Así, como bien indica el inicio de la antología, «nombrar experiencias es ser cuerpos (…) es hacer, decir desde lo presente y lo vital».

A lo largo de la antología aparecen países que quiebran la frontera del nombre gracias a la intención que aportan sus autoras.

El viaje autoral inicia en Argentina, con la bocanada, la intimidad, la caverna, la cámara oscura, la furia y el invierno. Se entreveran términos cercanos como las esquinas, el cántaro, la casa, el patio y la maleza. Emergen el nacimiento y el brote como contraposición al silencio y la desaparición.

Luego, desde Bolivia, Jess Velarde se pregunta «¿Qué me hace ser mujer?» y luego arroja la respuesta desde la página 56 de la antología:

«Quisiera saberlo
Porque yo no sé
no puedo encontrar
el semema
que defina lo que es ser mujer»
–y afirma–
«Pero de todos modos
Yo soy mujer.»

Al llegar a Brasil el lenguaje crece como el Amazonas. Aparecen entonces, las palabras “pulsante”, “obsceno”, “secreciones”. Palabras blandas como “sexos”, “bocas” y “dedos” se ensamblan con una cadencia rabiosa.

En la página 77 despunta el Caribe. Cuerpo, Herencia, Hermana, Madre y Abuela danzan literariamente con las diosas, como un reconocimiento de la raíz y la sangre. El agua, el océano y las olas acercan la poesía a la orilla de la otredad, eso que somos: el reconocimiento en la otra.

Luego, desde Centroamérica: el hambre, la herida permanente, la garganta, la lluvia. Y atravesando la Cordillera, desde Santiago de Chile, Daniela Catrileo enciende la frase «quiero imprimir mi subjetividad antes de freír los huevos al desayuno.»

Colombia y Ecuador convergen al enunciar la oscuridad, la sombra y el olvido. Mientras Sara Montaño Escobar entona desde la página 115:

«las ganas que tengo de bailar desnuda /
frente a la boca del deseo / en ese instante premonitorio / en el que sé que voy a perderte /
para encontrarme a mí misma.»

Como decíamos: un viaje. Uno que reverbera a lo largo de América Latina. La palabra se convierte, entonces, en aquella piedra que luego de ser arrojada al agua genera una ondulación expansiva y estalla en poema. Río que se convierte en mar, y mar en océano, hasta llegar a España. En Tenerife, Andrea Abreu nombra a la menstruación como un milagro muerto que yace en las bragas. Los vértices, la infamia, la madeja y las entrañas enhebran su intento de liberación desde Ferrol, Madrid, Valencia y Córdoba. Las voces confluyen “para que la piel despierte del letargo”.

Lo que libera alza vuelo y vuelve a cruzar el Atlántico, hacia México, Paraguay y Perú, donde se reconocen las pieles y se abandona la huida; donde todo despierta.

El diálogo emulsiona y solo entonces emprende camino a Portugal, a los rincones de Oporto, desde donde Mafalda Sofía Gomes escribe:

«hablo sobre / la nueva / historia del mundo / que comienza / en las piernas que lavas / frescas fundidas / en las aguas / del mundo / que comenzamos / ahora»

El trayecto literario nos lleva de nuevo a Latinoamérica. En Uruguay aparecen las libélulas muertas, la negra tierra, la mujer bicho, pero también el valor, la Olimpia desnuda, la vida. Llegando al destino final de la antología, ya en Venezuela, a través del desconcierto y de las trampas, de la memoria y el silencio, allí —como bien traduce Andrea García— “el polvo elemental al que volvemos”: ser de fuego; nadie nos vio antes, todos nos ven ahora.

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Escribir para disolver el olvido.

Escribir para bailar desnudas sobre el borde de la herida y hacer del hambre, del aguacero, de la agonía, del nudo, del miedo… un puente.

Escribir para embestir el desarraigo.

Escribir para dejar registro, para transgredir la desaparición, para romper con el silencio blanco.

Escribir para nombrar, para ser, para decir: “estuve, estoy aquí; estoy, estamos vivas.

Que la antología sea, entonces, ese fuego sagrado, ese hogar, ese cuarto propio que nos une.

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[ Texto leído en la presentación de la antología Liberoamericanas, 80 poetas contemporáneas, realizada en Buenos Aires, el 29 de junio de 2018]

Escrito por Sol Iametti

Sol Iametti. Buenos Aires (1986) ​ A los 10 años, Sol encuentra su refugio de la ciudad de la furia bajo el sonido de las teclas de una máquina de escribir. Ya en su juventud, conecta con la escritura de viajes en un intento de documentar el momento presente y traducir la mirada poética sobre el mundo que la rodea. Desde entonces se ha alejado y ha vuelto a la poesía como quien vuelve a los brazos del amante: buscando calor. Autora de "La Hija del Cambio" (2015) y "Aledaña" (2016), editados por Autores de Argentina.​