Me paso espiando las fotos de todos, a esos gajos de gente con el sol curiosamente de su lado les creo y aun así no tengo a quien dirigirme. No sé ser sincera y me olvido de mis papás de lunes a jueves, los otros días tengo ganas de vomitar en su baño o de arreglar el vidrio que cubre el rompecabezas de botes azules y lámparas rosas de mi sala, ese que rompí y sobre el que puse un espejo para que combine también con las piezas que faltan. Llevo cinco años con la misma cucaracha en la cabeza y a veces me veo tentada a abrirme la frente con la tijera de mi hermana para comprobar si es más grande que la uña amorfa de mi dedo del pie, pero no tengo esa uña, mis pies son bonitos, aunque la cucaracha existe.

Desde que me fui no sé si duermo más o menos, pero me toco el vientre y sigo sintiendo el mismo fruto inflamado desde los ocho años, siento también que tengo una funda en lugar de intestinos.

En el camino que hago en bus de lunes a sábado escribo en el aire mis venganzas, y converso conmigo haciendo el papel de los que amo , como hacemos todos, pero yo soy más patética porque mi voz es amable,  digo cosas amables cuando quiero serlo y cuando no , incluso en mi cabeza; no tengo ni la mitad del estilo al que aspiro en esos dialogos mugrosos y sus repeticiones, cómo seré cursi y cobarde pienso, siempre quedo mal aunque todo sea mentira. Solo dejo de sonar amable cuando regreso a mi antigua casa, donde duermo a veces y recobro la depravación por la que me fui. También escucho a bach, coros de iglesia renacentista o audios de españoles declamando poemas con su acento fibroso. Si he desarrollado el gusto ha sido porque estoy herida pero sobre todo porque me he imaginado ser alguien diferente. A ratos el sonido se me va por pensar que tengo terrible ortografía, que perdí tantas oportunidades con hombres hermosos y sus cuellos, y que nunca llegué a ser la soprano que pude; suelo dormirme, hablar dormida y chocar la luna derecha de mis lentes con el vidrio empolvado. Si no me duermo escucho cosas más decentes o me detengo en la imagen de los niños melosos y tontos que duermen y babean sobre sus padres, entonces me siento alegre como si alguien me pellizcara, un niño, como si ese niño fuera yo subida en un arbol. Al bajarme camino con miedo de que mis piernas se doblen de pronto, a veces ese miedo es también falso pero lo siento, intensamente.

Grabo a escondidas la voz de mis conocidos, escuhar mi voz desde afuera me deprime, estoy solo yo aquí dentro. Pero, debo aceptar que hay un impulso placentero que en el asombro me olvida y me hace hablar más de lo que quisiera. Cuando el impulso retrocede hago sonidos de animal herido.

Casi nunca me corto el pelo, hoy lo hice y mientras esperaba en los sillones me puse a leer, entre mi desatención a Ovidio y el miedo a perder más de mí por unas tijeras menos lindas que las de mi hermana, me vi en la vereda de la peluquería, siendo aplastada por una moto,  por los pies de la gente y por un neumático gigante de una máquina de escombros. En las tres imágenes yuxtapuestas, me vi con el craneo despeinado, abriéndose junto a un alambre tendido, me vi con las mejillas abrazando y con los ojos apuntando el ventanal donde se refleja la comezón de quien está deshidratada y se sienta junto a dos viejas que le ven la ropa y que en otras circunstancias amaría.

Estoy medio ciega y me cuesta respirar como la gente, entrar en las bibliotecas es un suplicio mucho peor que dormir con alguien alado.

Escrito por Salenka Chinchin

(Quito- Ecuador,1998).