El 19 de junio del 2017 el padre de mis hijos trató de matarme a golpes. Eran apenas las 12:30 de la madrugada cuando la pesadilla comenzó. Horas antes yo había bajado de un vuelo de la CDMX hacia Saltillo, pues había asistido a mi segundo encuentro del FONCA en Taxco, Guerrero.

Desde que me fui, dejé a mis hijos encargados con su papá, quien me aseguraba estar con ellos, haciendo la tarea, recogiéndolos de la escuela o dándoles de comer. Nada de eso era cierto. Desde el primer día en que tomé el avión, los había dejado en casa de mi mamá bajo el pretexto de muchísimo trabajo (daba servicio de Uber), y nunca volvió por ellos, ni a llamar para ver cómo estaban, si necesitaban algo. Solo el día del padre, el domingo 18 de junio, llamó a mi madre para ir por “sus hijos”. Quería ir a ver a su mamá y ver si estaban celebrando el día.

La realidad era que no había comprado comida, no tenía qué darles a los niños de comer, e iba a casa de su mamá por partida doble: que le celebraran el día y, de paso, que le ahorraran otro día sin gastar en comida.

Mi hijo mayor estaba enfermo, desde antes le había dicho que teníamos que llevarlo al doctor por una tos horrible que no se quitaba. Él no quería gastar en el pediatra. “Llévalo a una Simi o a las del Ahorro donde no cobran”, me decía. Ya lo había llevado y no funcionaba el tratamiento.

Volví a presionar. Me reviró que yo tenía el suficiente dinero para llevarlo a un particular, o que mi mamá o mi hermano podrían cubrir esa lana. Después de una discusión y mis llantos, “accedió” a llevarlo el día que me iba de viaje pero sólo para “ayudarme” con el gasto. Nunca llevó al niño al doctor.

Regresé cerca de las 6:30 de la tarde. Llegué a casa con mi hermano. Vi a mis hijos, el mayor tenía fiebre. Había vomitado tres veces. Pregunté a mi madre qué le había dado de comer. Entonces ahí me confesó lo que no me había dicho por teléfono durante mi viaje, según para no preocuparme, el papá los había “abandonado” con ella. Nunca llamó en los 3 días que estuve fuera para saber en qué condición estaba el niño, no dijo que estaba enfermo.

Se los llevó el domingo y, como no encontró a su mamá, se regresó a la casa que compartíamos en el centro de la ciudad. No había nada qué comer, no quiso gastar en comida. Así que le dio tres manzanas al niño. A la niña un plátano y después, volvió a dejarlos con mi mamá con el pretexto de que tenía que irse a trabajar.

Obviamente, me enojé. Durante mi estancia en Taxco él juraba que todo estaba muy bien. Que los niños estaban excelentes pero que no me los podía pasar por teléfono porque estaban dormidos, en el baño o que él estaba trabajando mucho y que iría por ellos en la noche y me llamarían. Nunca lo hacía.

Regresé a la casa y apestaba a mierda de gato. Durante los tres días de mi ausencia no limpió nada. Me dejó la chamba del animalito que él había llevado y que, claro, yo tenía que cuidar. No había comida en el refrigerador, las camas estaban sin tender. Me enojé más, marqué a su celular pero no contestaba. Dejé mensajes de voz por WhatsApp. A las tres horas devolvió la llamada. Peleamos. Dijo que estaba de cantante en un Food Truck, recogería los instrumentos e iría a la casa para aclararme las cosas; mientras, le bajé la fiebre a mi hijo con paños, Ibuprofeno. No bajaba, lo metí a bañar. Así pasaron dos horas y él no llegaba a la casa.

La fiebre bajo un poco, dejé a mi hijo con trapos húmedos en la frente y el vientre. Me puse a tontear en las redes. Mi hijo se paró vomitando, corrí, lo llevé al excusado y lo volví a bañar. Quité las sábanas sucias, cambié el cubrecama y volví a acostar al niño. De 39 y medio, tenía la fiebre en 38. Volví a los paños, al nerviosismo. El enojo se volvió frustración.

Durante los cinco años que conviví casada y divorciada con el padre de mis hijos, siempre era la misma historia. Nada había cambiado. Yo lo sabía y no dejaba el círculo, ¿por qué? ¿Qué era lo que me tenía ahí sufriendo lo mismo una y otra vez? ¿Qué estaba sucediéndome que no reaccionaba?

Tenía miedo.

Una de las cosas por las que pasamos las mujeres víctimas de violencia es el miedo y el llamado “síndrome de la mujer maltratada”. Durante años él me amenazaba con grabaciones en video, o de voz, para chantajearme. Volteaba las situaciones, manipulaba los hechos para hacerme ver como una “loca”. Me decía “todos se van a dar cuenta de que no eres lo que aparentas porque eres una mierda, una puta, una loca”.

No grababa los insultos, los gritos, los aventones, o las burlas que me hacía. Sólo grababa cuando yo explotaba y entonces me decía: “lo voy a poner en Facebook y mira que eso de que vas a ser escritora se va a acabar”. Entonces yo cedía a la situación: no darme dinero para llevar al niño al doctor, no comprar la leche o los pañales que necesitaba, aguantar sus vistas con su ex novia, que me prohibiera salir con mis amigas porque andaría de zorra.

Tenía miedo

Durante años me relacioné con personas violentas física o psicológicamente. Aprendí el ejercicio de la violencia sistematizada en casa. Mi padre era un tipo violento, alcohólico, mujeriego y, por ende, aprendí a amar a personas que cumplieran determinado perfil.

Mi primera relación seria la tuve a los 17 años. Todo era una maravilla hasta que un día en la escuela vi a mi novio muy acaramelado con una de mis amigas. Me puse cínica y sarcástica, ese es mi mecanismo de defensa, e hice un comentario burlón a mi novio y él me la devolvió con un manazo en el muslo izquierdo que me hizo doblarme del dolor.

Lloré y en medio de mi llanto él me abrazó y me pidió disculpas. Después lo volteó todo: “tú te burlaste de mí, yo no busqué a tu amiga, ella me buscó. Tú tienes la culpa por no estar aquí, conmigo”. Entonces, él se puso a llorar. Me sentí culpable. Siempre me había dicho que no terminaría con alguien violento, con nadie que se pareciera una pizca a mi papá y ahí estaba al lado de un doble, sólo que rubio y más alto.

Terminé la relación y me fui cojeando hasta la parada de autobús. Él no me dejaba. Le decía que se fuera y no lo hacía, me jaloneaba para que regresara con él para “hablar”, yo no quería. Se fue en el camión conmigo, hasta la casa. Le dije: “mira, no dejo ni que mi papá me ande pegando y menos lo vas a estar haciendo tú”. Lloró más fuerte. Me metí a mi casa y él lloraba pegando alaridos. Mis vecinos salieron a ver el espectáculo. Tuvo que hablar mi mamá a su casa para que lo recogiera su mamá.

A los tres días volvió con una rosa. Tenía llamadas y mensajes de él. En mi pierna tenía un enorme moretón con la forma de su mano. No podía tocarme y al bañarme, me pasaba levemente la esponja. No me puse shorts y no me cambiaba frente a nadie para que no me vieran el golpe. No por miedo a la reprimenda, sino por el orgullo deshecho: una niña problema que venía de una familia desintegrada, sólo podía obtener eso: golpes, humillación.

Mi mamá me decía que él era lo mejor que me había pasado (somos clasistas y racistas en casa y un güero, ojo verde y de buena familia no se deja así como así), que yo era muy severa con él. Que me lo merecía por andarme burlando. Que él podía coquetear con quien quisiera, y hacer lo que quisiera, mientras a la que tuviera de la mano fuera a mí (ese era el mecanismo de evasión que ejerció mi mamá ante las infidelidades de mi padre), así que sentí miedo de perderlo (¿de perder qué?, me pregunto ahora), y volví con él.

Algo se rompió en mí o, mejor dicho, algo se consolidaba: la idea de que podía ser maltratada y denigrada por quien fuera. Lo importante no era yo, sino él, el tipo a mi lado.

A él le sucedieron tres novios con los que viví violencia a diferentes grados desde el terror psicológico, hasta lo físico: aventones, jaloneos, amenazas con objetos, burlas, humillaciones. Yo venía preparando un camino. Aprendí a aceptarlo en cierto grado pero, a la vez, no quería dejarme.

Había dos pulsaciones diciéndome qué debía hacer: si dejarme o defenderme. Si ser sumisa o alzar la voz. Nunca fui de las que se quedan calladas y eso, según mi madre, es mi peor defecto.

Pero tenía miedo

Miedo de estar sola, de no cumplir con el rol que me habían enseñado y al cual me rebelaba pero (siempre está el PERO como una enorme pared roja que no te permite avanzar), quería encajar. Quería ser aceptada, tener una familia que nunca tuve y pensaba que casándome y teniendo hijos llegaría eso: yo tendría la oportunidad de resanar todo, qué ilusa. Que ideas estúpidas nos venden a bajísimo precio por miedo a la soledad.

La verdad es que como mujer nunca me enseñaron a pensar qué quería de mí, de la vida, de mi futuro. Te dicen por todos lados (familia, revistas, libros, televisión): ¿qué quieres de un hombre?

¿Que sea guapo?

¿Que sea rico?

¿Que se vea, y sea, muy viril?

Nunca, pero nunca, nos preguntamos ¿Qué tan violento es? ¿Cómo reacciona y porqué reacciona así? ¿Cómo me trata?

Y al ¿cómo me trata? lo basamos en cosas como: ¿me regala rosas, peluches, me dice poemas o me dedica canciones cursis o me trae mariachi, fara fara, a la casa?

Nos basamos en cuestionamientos que no tienen nada que ver con la realidad, con el hecho de que, si te casas o te juntas, vivirás durante años al lado de una persona y con lo principal que vas a lidiar es con el comportamiento y el carácter.

Pero eres mujer y te debes de aguantar. Eres mujer y te chingas. Eres mujer y tienes que joderte y si dices que no, te señalan la biblia: todas las mujeres se jodieron. Y si eres Atea, te ponen la Ilíada, o la Odisea: todas las mujeres se joden, se mueren, o se quedan esperando. Durante milenios eso nos han enseñado: aguantar, resistir como animales de circo, o domesticados por el miedo.

Fue el miedo lo que me tuvo cinco años enredada y asfixiada. Pudriéndome. No me sentía feliz, nunca. Desde antes de casarme, ya me violentaba: “Si sigues así no me voy a casar contigo y que tu mamá te ayude con el bebé”. “Si sigues así cuando nazca el niño te lo voy a quitar y a ver si vuelves a verlo”, “paga tú el gine, o que te lo pague tu mamá, ¿yo por qué tengo que darte para eso?” “Ni siquiera sé si es mío. Cuando nazca le voy a hacer una prueba”. “Si sale moreno, no es mío”.

Nunca tuve apoyo de mi familia. En casa, si te casas, te chingas. Si te casas, solita sales del apuro como lo hizo tu mamá, o tu abuela, o tu tía. “Hay que chingarse”, decía mi mamá. Entonces, me ponía a llorar. No tenía a dónde irme, ni con quien hablar.

Mis amigas, o lo que creía eran amigas, siempre aparentaban estar bien pero de repente querían suicidarse por que el fulano les hizo tal, andaba con tal, o ya no tenían relaciones. Se llenaron de niños y ellas apenas podían respirar pero qué hermoso es tener hijos y no dormir, y vivir guacareada por un bebé, limpiar popó de bebé, amamantar y tener infecciones en el seno o el pezón por los mordiscos. No dormir tres días. Lavar, trapear, hacer de comer, tender la ropa, las camas, bañar al bebé, dar de comer al bebe, limpiarlo, cargarlo y mientras, el esposo en la oficina y al volver si la casa no está limpia, no tienes un esposo sino un alacrán.

O la familia de ellos no las querían. Mis amigas eran poco para esos hombres. Las mujeres siempre somos poco para los hombres y por eso el golpe, el grito, el intento de ahorcarte, un aventón hacia la pared. Todo eso está bien si alguien no te acepta, no te quiere. Te vuelves una muñeca con la que pueden hacer y deshacer, burlarse y tú debes callarte, obedecer.

Si quieres cumplir con tu rol de buena esposa, madre, debes aprender cuando callarte. Ahí está el cómo sobrevivir: aprender el momento oportuno de callar, de esconder con maquillaje los moretones, el rasguño, la mordida.

Todas mencionábamos algo pero no a profundidad. El ego ante todo, la perfección con la que nos enseñaron a desenvolvernos en el mundo, tenía que estar intacta. Pero, ¿cómo que te golpea? ¿La familia no te quiere? y eso es una ofensa.

Eso te rebaja ante las demás y entonces, como mujer, piensas: ¿Me convertí en la esposa golpeada, la dejada, la mujer de la que me burlaba por ser débil cuando estaba en prepa o secundaria? ¿En qué me convertí? ¿Qué soy? ¿Por qué me sucede a mí esto?

Nos enseñaron a no pensar, ni cuestionarnos, más allá de lo servil. A gustar a fuerzas. a menospreciarnos entre nosotras. Nos llamamos débiles por no aguantar lo suficiente la violencia que ejercen sobre nosotros pero, ¿por qué?

Para no estar solas, por el miedo a estar solas. Porque en realidad, estamos solas. Y eso no es malo. Un hombre puede estar solo pero no una mujer, ¿por qué?

Te enseñan que el amor sólo existe entre dos, no es válido el amor que te puedas tener a ti, el amor sólo debe entregarse, hacia afuera, vaciarte, quedarte vacía para ser dependiente.

Yo me volví dependiente

y vivía con miedo

Ya no esperaba a que mi ex esposo volviera del trabajo porque empezaba el pleito. La última vez, en enero del 2017, me había lanzado dos puñetazos que alcancé a esquivar. Me abrió levemente el pómulo derecho. Dos meses antes me correteó por la casa y arrancó el teléfono cuando intenté pedir ayuda. Me aventó la mesa del comedor. Me sacó el aire del estómago y como pude abrí la puerta y grité.

Alguien me grabó. Otra persona llamó a la policía. Nadie intervino. Sólo se paraban afuera de la casa para ver y escuchar los gritos. Él huyó al baño y se encerró con los niños. Cuando llegó la policía y la hice entrar, pretendió estarlos bañando. Dijo que yo era una loca, que estaba mal. La policía se fue y él me amenazó: “Si vuelves a llamarlos y a hacer tu espectáculo, me largo a la chingada y a ver quién te ayuda con los niños”.

Estaba con él por mis hijos. Porque en una fiesta, un familiar del esposo de mi hermana le dijo a mi hijo que él no tenía padre, que su padre no lo quería, que nadie en la fiesta tenía que hacerse cargo, ni abrazar ni jugar, con niños que no eran suyos, mucho menos con los que había abandonado el papá.

Porque íbamos al parque y todos los niños jugaban a la pelota con su papá y, entonces, mi hijo me decía, ¿dónde está el mío?

Porque a las demás niñas las cargaba o llevaba de la mano su papá y mi hija lloraba, ¿dónde está mi papi?

Y yo, a pesar de los esfuerzos que haga, no soy un padre. No soy hombre. Soy mujer. Soy su mamá. Y eso es lo que tienen, lo único. Lo que siempre ha estado y viva, o muerta, va a estar.

Tenía miedo, vivía con miedo a cada instante

Son las doce y media de la noche. No lo escuché entrar a la casa. Me quedé dormida en la cama con los trapos húmedos en la mano. Me jala del brazo para despertarme. “¿Qué me estabas gritando por el WhatsApp?, me dice y yo estoy más dormida que despierta.

Empezamos hablando para terminar en gritos. Empezamos a gritarnos: yo de un lado y él de otro en el estrecho espacio entre la cama y el clóset: lo que hizo o no hizo cada uno; mis puterías como estrellita literaria que no vale madre y que abandona a sus hijos por una ambición; el güevón y fracasado que es y que sólo maneja un taxi o un Uber. Puta, pendejo, idiota, imbécil, bájale a tu tono, a tu pinche tono pendeja o vas a ver cómo te pongo,  y yo gritando ¿y qué me vas a hacer? Vuelve a intentar golpearme y le llamo a la policía.

“Bájale a tu pinche tono o te voy a madrear, pendeja”

Y empiezo a llorar. Recuento mentalmente los cinco años terribles que hemos pasado, las idas y venidas de juzgados, la policía que constantemente visita nuestros domicilios. Estemos dónde estemos, con quien estemos, siempre él intenta golpearme, yo me defiendo y por defenderme soy una pendeja, acabo mereciéndome lo que él quiere hacer.

Lloro y él me dice que le baje a mi pedo. Sigo llorando. “¿Por qué nunca me quisiste? ¿Por qué siempre me mientes? ¿Por qué…

Y lo que viene hacia mí es su puño cerrado. No lo esperaba pero siento la pesadez del golpe en la nariz, luego en la boca, la frente, las mejillas, la boca, la boca, la boca, la nariz, la cabeza, los ojos, el pecho.

Intento reincorporarme, VA A MATARME, LO HARÁ. SI LO HARÁ, pienso y trato de pararme. La cabeza me da vueltas y me suelta dos puñetazos en el pecho. Caigo en la cama, se sube arriba de mí y otra vez intenta golpearme. Me grita: “te dije que le bajaras a tu pinche tono, pendeja, ahora si te va a cargar la chingada pinche puta” y me suelta otro puñetazo… ¿qué me salva?

Mi hija

Mi hija de cuatro años nos está viendo y yo la veo de reojo y le grito a él: “Ya. Ya déjame. Ya entendí. Ya no te diré nada. Te puedes ir. No le voy a hablar a la policía” y ella hace un ruido y él voltea. Se baja de encima de mí ante el miedo de que lo estén viendo. Yo intento reincorporarme y él me dice “Tú ya no vas a salir viva de aquí”

Le ruego que me deje. Que no diré nada. Que no llamaré a la policía e intento coger el teléfono pero estoy desguanzada y él me lo arrebata. Lo estrella en la pared y pienso que hasta ahí llegó todo. Lo que defendía públicamente, tanto en redes como en mis escritos, lo estaba viviendo. Yo iba a ser una más entre las cifras de los feminicidios, llevaba tanto el estandarte contra la violencia de género que me volví ciega ante lo que estaba viviendo.

Los niños comienzan a llorar. Sigo rogando por mi vida, porque me deje salir de ahí, hablarle a mi mamá para que me lleve al hospital y él me dice que no, “tú ya no sales de aquí”

La sangre se me escurre de la boca y siento que la cabeza se me va a deshacer. No puedo mantenerla derecha, se me ladea a los lados. No siento los dientes, ni los labios. Pienso: “Me dejó sin dientes; bueno, al menos estoy viva, si salgo de esta, me pongo unos nuevos. Si salgo de esta me pongo una dentadura nueva”

Él va hacia el cuarto de los niños y tomo mi celular y trato de correr pero todo va en cámara lenta. Escucho que me grita cosas y pienso en mis hijos y tengo miedo. Miedo de que les haga algo en venganza, miedo de que no pueda con él y me mate y se los lleve y mi familia no pueda reclamarlos

Tengo miedo pero no dejo de moverme

Voy hacia la cocina y tomo las llaves de la casa, abro la puerta. Uso mi celular. Llamo a la policía, nunca contestan. Llamo a casa de mi madre pero no contestan, le mando un audio de voz a mi hermano. Aparece en línea. Le marco: “Me golpeó, me golpeó y va a matarme. Tiene a los niños, ven por mí” La voz se le corta y no escucho qué dice. Voy a casa del vecino y golpeo la puerta, nadie abre. Espero por si pasa la policía y me preparo mentalmente para los quitarle a mis hijos y soportar los golpes que me va a dar.

Sale con ellos y me ve con el celular en la mano. “Maldita puta culera, ¿ya le hablaste a la policía, verdad perra?” Me abalanzo y tomo a los niños por la ropa de dormir, él se resiste y le digo que los suelte, la sangre se me escurre de la nariz y la boca y él me mira asqueado y los suelta. Corro con mis hijos hacia la plaza, nos escondemos entre los arbustos. Desde ahí, observo como él llena de cosas su carro y luego huye de la casa

Todo esto suena a una ficción pero no lo es

Me parece una película de bajo presupuesto cuando veo el video que sirvió como evidencia para el juicio, pero no lo es

Estuve a punto de perder la vida por tener miedo

Tenía más miedo a estar sola que a vivir con un potencial feminicida

Tenía más miedo de quererme a mí, de protegerme, que ponerme en charola de plata para que él abusara, de distintas formas, de mí

Tenía mucho miedo del qué dirán, que de lo que estaba enseñándole a mi hija y a mi hijo. Básicamente, les estaba enseñando a aguantar el abuso: un intento de feminicidio era decirle a ella lo poco que valía su vida por ser mujer.

A mi hijo le estaba enseñando que las mujeres son objetos que se pueden destruir y que nadie hará, ni dirá nada.

Sobreviví para poder contarlo, para compartir la experiencia y decirle a otras mujeres que viven con miedo que no están solas

No estamos solas

Siempre pensé que no tenía nada ni a nadie pero este momento me demostró cuánta gente podía sostener mi mano. Y estoy agradecida de que aún ahora, a un año de lo ocurrido, no me han soltado.

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Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del V Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.