Cuando pienso en los latinos con su famosa sentencia ―mens sana in corpore sano― me pregunto si habrán pensado en una pelota. Sin embargo sí pensaban en lo necesario que era cultivar la mente y lo valioso de mantener el cuerpo activo: perseguir un balón quizá no parece atractivo, pero el enfrentamiento que simula la guerra, sí.

Muchos pensadores y literatos han abordado las posibilidades del deporte, sobre todo del fútbol, desde diferentes trincheras. Para algunos, por ejemplo, el fútbol representa la guerra. Mejor dicho: la simulación del combate en el enfrentamiento pacífico. Mil años antes de que los latinos pensaran en el equilibrio mente-cuerpo, los pobladores de Mesoamérica –que también se dedicaban a cultivar tanto el pensamiento como el cuerpo– ya habían decidido que la pelota y la guerra eran una buena combinación.

Para otros escritores, el fútbol sirve para explicar diversas situaciones. La identidad, por ejemplo, con la afición a un determinado equipo o la pasión que generan los combates deportivos de la selección nacional. Las cuestiones éticas y morales las vemos enmarcadas en la cancha. Aunque si bien no todos congeniamos con el árbitro, depositamos en él nuestras esperanzas para mediar las pasiones de los jugadores que, en un arrebato de ira, prefieren escapar de las reglas establecidas y patear al contrincante como si se tratara del balón.

Muchas veces pensamos con desencanto en las posibilidades del fútbol. Sin embargo, con la misma pasión que el deporte genera, el polígrafo mexicano Juan Villoro le respondió magistralmente ―con una excelente jugada― a Nietzsche: «Dios no ha muerto, sí existe y es redondo». Tal vez los viejos sabios que pensaban en el movimiento de la tierra en realidad tenían los ojos fijos en una pelota.

Mientras tanto, en alguna sala de cualquier hogar, los televidentes que sintonizan el fútbol tendrán la misma experiencia que los espectadores de la cancha. Cuando vean a su jugador favorito anotar un gol repararán en la condición estética de la existencia humana diciendo: «ese gol fue un verdadero poema». Los otros, los menos, pensarán en Aristóteles y la catarsis a la par que sueltan el llanto, mientras que los demás pensarán, irremediablemente, en la madre del árbitro.

Escrito por Luis Fernando Rangel Flores

Es egresado de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua y estudiante de Periodismo. Actualmente es miembro del comité organizador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea y editor asistente de la revista Metamorfosis. Es autor de Hotel Sputnik (Tintanueva, 2016), con el que obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Rogelio Treviño 2015 y de Poemas para un Lugar Común (ICM, 2018). Textos suyos aparecen en revistas como Tierra Adentro, Himen, Hybris, Morbífica, entre otras, así como antologías de cuento breve. Recientemente obtuvo el Premio Estatal de Poesía Joven Rogelio Treviño, el segundo lugar en el Premio Nacional Sergio Pitol de Relato y fue becario del Noveno Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la F, L, M. Forma parte del consejo editorial de Sangre ediciones.