Fotografía: Javiera Gaete Fontirroig

Álex Chico (Plasencia, 1980) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y DEA en Literatura Española por la Universidad de Granada. Es autor de La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2008), Dimensión de la frontera (La Isla de Siltolá, 2011), Un lugar para nadie (De la luna libros, 2013), Habitación en W (La Isla de Siltolá, 2014), Un hombre espera (Libros en su tinta, 2015), y Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de postdatas (La Isla de Siltolá, 2016). Sus libros más recientes son Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2018) y Vivir enfrente (Nueve conversaciones) (Editora Regional de Extremadura, 2018).

Vos te licenciaste y doctoraste en dos universidades españolas canónicas como Salamanca y Granada. ¿Cómo percibís el tratamiento de los estudios literarios en España? ¿Se cuenta con suficientes espacios para la literatura dentro de la academia y la enseñanza media?

Mi visión es pesimista. No me gustaría hacer demagogia con esto, ni caer en lugares comunes. No tengo una visión nostálgica de las cosas ni pienso que todo tiempo pasado fue mejor. Pero lo cierto es que debemos encender todas las alarmas. Las materias humanísticas en la enseñanza media están cada vez más arrinconadas en los planes de estudio. Nuestros dirigentes (políticos, empresarios…) ven esas asignaturas como un pasatiempo, cuando no como una amenaza. ¿A quién le interesa que los alumnos piensen, reflexionen, pongan en tela de juicio lo que sucede a su alrededor? A ninguno de ellos les conviene, porque podrían cuestionar sus cargos, sus prebendas. En el instituto en el que trabajo se ha producido un hecho insólito: un alumno puede cursar estudios humanísticos sin matricularse en ninguna literatura o en griego, que ya ni se ofrece. Eso sí, la materia de economía de la empresa es obligatoria. Es decir, preparamos a un alumno para que sea capaz de montar una academia de griego sin saber el idioma. La privatización y la intrusión de las empresas en el aula están causando un verdadero drama.

Sos un extremeño que ha vivido en Castilla y Andalucía y que se ha establecido finalmente en Catalunya, hasta el punto de que en Kopek te presentaban como placentino / barcelonés. ¿Por qué ese recorrido? ¿Y qué tiene Barcelona para estar tan presente en tu literatura y para que te hayas quedado acá?

En realidad, he pasado más tiempo en Barcelona que en ningún otro sitio. Ya van casi veinticinco años que vivo en esta ciudad. Nací en Plasencia pero a los pocos días estaba en Barcelona. Unos quince días más tarde, para ser exactos. Luego volví a Plasencia y después de pasar por varias ciudades regresé de nuevo a Barcelona. Ese es el recorrido. Siempre he pensado que la formación literaria que adquirí en Extremadura ha sido fundamental para mi escritura, pero cada día me doy más cuenta de que los motivos que me empujan a escribir se originaron durante mis primeros diez años en Barcelona. Por eso es un lugar que está tan presente en mi literatura. Todo lo que he hecho después no es más que una prolongación de aquellas preguntas iniciales: ¿cómo me afectaban esos viajes desde la periferia hasta el centro de la ciudad?, ¿por qué no coincidían mi lugar de residencia y mi ciudad de nacimiento?, ¿qué generaba en mí esa deslocalización?, ¿y a las personas que tenía en mi entorno?, ¿cómo permeaba en ellos la emigración? O dicho de otra forma: ¿llegaremos a poseer algún día la ciudad que habitamos? ¿La sentiremos como algo propio? Todo eso es lo que me genera Barcelona. Ahí se encuentran las premisas que explican por qué escribo.

¿Qué cosas extrañás de Plasencia?

Te diré algo muy común, pero que a mí, como a otra mucha gente, le ha sucedido. Uno nunca termina de resolver la relación con la ciudad en la que nace. Sobre todo si has tenido que abandonarla y la observas siempre desde la distancia, aunque mis familiares más directos sigan allí. Viví en Plasencia durante nueve años, desde el 89 hasta el 98. Cuando me fui a estudiar a Salamanca, con 18 años, estaba deseando emprender algo distinto fuera de Extremadura. De hecho, durante los primeros años de carrera apenas volví a Plasencia, aunque estuviera a solo una hora de Salamanca. Con el tiempo, mi relación cambió. Es lógico, ¿no? A veces mantenemos ese tipo de sentimientos encontrados con los lugares que son importantes en nuestras vidas. Plasencia dejó de convertirse en un territorio hostil y se fue trasformando en lo que es hoy: una ciudad muy agradable, con una propuesta cultural bastante interesante, a pesar del tamaño. Tal vez eso es lo que más extraño: el ritmo de vida, la facilidad para acceder a ciertas cosas, la sensación de que allí puede que seas más útil.

Además de ser autor y docente, formás parte del comité editorial de la revista Quimera. ¿Cómo es el trabajo en la decana de las revistas literarias en España? ¿Un lugar como Quimera te permite dar apoyo a las nuevas voces de la literatura hispanohablante?

Lo de Quimera está siendo una experiencia muy interesante. Sobre todo porque me permite estar en contacto con muchas propuestas literarias. Quizás, si no formara parte de la revista, accedería a ese mundo de otra forma, pero lo cierto es que trabajar en ella me permite aproximarme de forma más sencilla. Te obliga a estar al tanto de buena parte de las cosas que suceden en la literatura hispanohablante. Y no solo de ese ámbito, también de otras literaturas europeas. Sé que una de las mejores cosas que me llevaré cuando ya no forme parte de la revista, será el intercambio de impresiones y propuestas que mantenemos las cuatro personas que integramos Quimera. Nuestras reuniones son fructíferas y, sobre todo, muy divertidas. Por eso creo que seguimos funcionando después de varios años. No somos únicamente un grupo de escritores o editores que se reúnen para hablar de literatura. Somos un grupo de amigos que disfrutan cuando están juntos.

Publicaste este año Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2018) y le diste un nuevo giro al ensayo ficción, un género híbrido por el que ya venías rondando desde Un hombre espera (Libros en su tinta, 2015) y Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de postdatas (La Isla de Siltolá, 2016). ¿Qué te atrae de esta combinación de géneros? ¿Sentís que fuiste un paso más allá con esta propuesta respecto a tus libros anteriores?

Me gusta mucho que lo hayas enlazado con esos dos libros, porque parten de una idea semejante. Diría que el estímulo es el mismo. Uno de los estímulos, al menos: practicar una crítica literaria revestida de ficción, en donde seamos capaces de incluir otros géneros y no encorsetemos el discurso literario en un molde fijo, inamovible. Un escritor debe disfrutar escribiendo. Incluso divertirse, mientras se llena de estímulos que le inciten a la escritura. Si tú te aburres, lo normal es que también aburras al lector. Si no encuentras incentivos, el lector tampoco encontrará razones para seguir leyendo. El resultado puede ser más o menos afortunado, pero la predisposición tiene que partir del escritor. Por eso elegí esa forma híbrida, porque me permitía abordar un tema sin renunciar a la imaginación, al puro juego, como me sucedió con el escritor de posdatas. No se trataba de vomitar conceptos, sino de revestirlo de una forma en que me sintiera cómodo al narrarla. Por ese motivo me costaba encorsetar ese discurso en un simple ensayo académico. Al cabo de unas cuantas páginas me hubiera acabado aburriendo. Un final para Benjamin Walter es el resultado de muchas horas de documentación, apuntes, anotaciones, planificación, y es también un proceso con el que disfruté mucho. En él he volcado buena parte de lo que más me ha interesado en la literatura. Y sí, por eso tengo la misma sensación que comentas: que he dado un paso más en lo que venía haciendo.

Un final para Benjamin Walter es uno de los pocos libros contemporáneos que he tenido el impulso de releer al poco de terminarlo. Por una parte presenta una excelente lectura desde la totalidad, pero por otra también es posible leerlo fragmento a fragmento, casi como un poemario, al modo de Rayuela. De ambas formas presenta muchísima riqueza, y es enorme la profundidad reflexiva y el trabajo intertextual, metaliterario e incluso poético de cada una de sus partes. ¿Cómo fue el proceso de construcción de este libro? ¿Lo planificaste de antemano, lo fuiste escribiendo durante tus recorridos por Portbou? ¿Cómo nació esta idea y cómo le diste un acabado final tan bien definido?

Acabas de resumir muy bien el libro. Y me alegra mucho que lo juzgues así. Creo que la novela se puede abordar desde sus fragmentos y desde su totalidad, como una suma de eslabones. Esas piezas, a veces, son casi textos autónomos, cercanos al poema en prosa. Sí que existía una motivación previa en eso, porque siempre he tenido la intención de escribir algo que sea capaz de aunar varios géneros. Y que el lector, como en Rayuela, sea el autor final del libro, porque decide en último término cómo quiere leerlo. Esa intención, ya digo, existía durante la elaboración del libro. Aun así hay cosas que se fueron, digamos, imponiendo a medida que avanzaba. Por ejemplo, me di cuenta de que si estaba hablando de un pueblo de frontera y de un autor también fronterizo, la estructura de mi libro debía ser limítrofe, heterogénea. Es decir, el libro intenta reflejar, desde la disposición de sus capítulos, el paisaje fragmentario que estaba viendo o leyendo. Después se produjo algo curioso: todo iba encajando de una manera increíble, porque una cosa tiraba de otra, hasta tal punto que descubres cómo están conectados un sinfín de sucesos. La clave está en convocarlos, en tener la intuición de reunirlos. Una vez traídos ellos se organizan por sí solos. Tú solo tienes que provocar que salgan. La realidad está llena de cabos sueltos, de historias inconclusas. Si somos capaces de estirarla, de tensionarla, encontraremos una fuente de inspiración inmensa.

Realmente me pareció extraordinario el tratamiento que hiciste de los espacios en esta obra donde el protagonista, más que Walter Benjamin o la figura narradora, casi pasa a ser un Portbou semidesolado que sirve de nexo entre dos épocas, por una parte, y entre el narrador y Walter Benjamin, por otra. Pienso que los espacios estructuran el libro en gran medida y condicionan incluso la elección del discurso híbrido entre ensayo, ficción y diario de viajes. Cuando vos recorrías Portbou, ¿fuiste percibiendo en sus rincones los rasgos de lo que sería después tu obra? ¿Qué tienen los espacios para ser tan buen punto de articulación entre la literatura y la memoria?

Efectivamente, el espacio se convierte en el verdadero protagonista. Más que el espacio, lo que nos provoca, lo que nos genera observarlo. Ahí está la verdadera trama del libro, en cómo afrontamos un espacio así, semidesolado, decadente en muchos sentidos. Portbou me obligó a cuestionar muchas cosas: el pasado, el presente, los límites de la escritura, la memoria y el olvido, las dimensiones del paseo, la proyección de la mirada, la insuficiencia del lenguaje. Como no encontré un único camino, sino rutas que se iban ramificando, el discurso que provocó también fue híbrido. No podía ser de otro modo. Eso es lo que provocan los lugares, los espacios, los territorios. Las ciudades nos influyen sobremanera, nos afectan nuestro modo de ver y afrontar el mundo. Hasta son capaces de modificar nuestro carácter. Esa relación entre el ser humano y su entorno me interesa muchísimo. El diálogo que establecen me obsesiona, incluso. En un lugar puedes convocar lo que has sido o lo que han sido otros, y lo que esperas que suceda en un futuro. Está tu pasado, tu presente y la manera en que quieres abordar lo que aún está por venir. Además, como diría Raúl Zurita, los paisajes están sucios de miradas previas. Creo que es un ejercicio muy interesante tratar de descifrar esas voces que vienen de lejos.

¿Qué te llamó la atención en primera instancia de Walter Benjamin como para seguir sus pasos hasta el punto de casi mezclarte con su vida y su obra, de entrelazarte con su figura en términos que van más allá de lo intertextual y que pasan incluso por lo biográfico, lo personal?

Un final para Benjamin Walter tenía otro punto de partida. Algo muy básico: investigar las últimas horas con vida de un filósofo que había muerto en extrañas circunstancias, o en circunstancias aún no resueltas del todo. Ese fue el motor de arranque. El resultado, sin embargo, fue otro muy distinto. En el fondo, es lo que te comentaba antes. Si hace unos años no me veía llevando a cabo un ensayo, digamos, académico, tampoco me sentí con la capacidad para escribir algo que estuviera cerca de la novela negra. No domino esa estructura, es más, no sabría ni por dónde empezar. Eso se lo dejo a mi amigo Toni Hill, que conoce muy bien el género. Uno tiene que aprender de sus limitaciones. También literarias. Por eso la forma en que iba narrando buscó otros puntos de apoyo. Por ejemplo, me di cuenta de que Benjamin había anticipado en sus textos la manera en que desaparecería del mundo. El exilio, el suicidio, la llegada al pueblo, el reconocimiento previo de las afueras… Ahí se produjo una simbiosis muy interesante, porque desde Portbou fui un espectador privilegiado de todo eso. La conjunción Benjamin-Portbou provoca ese tipo de encuentros. Te interpela, te llama, tira de ti. Lo único que debes hacer es dejarte arrastrar para ver dónde te lleva.

Poco después de publicar Un final para Walter Benjamin recibiste la beca Montserrat Roig, que te permitió instalarte para escribir en la Fundació Joan Miró. ¿Cómo te resultó la experiencia de trabajar en un entorno tan creativo? ¿Pusiste el foco en el arte y la paz de un lugar así, en la perspectiva de Barcelona contemplada desde un lugar único…?

Estoy muy contento con esa experiencia. En primer lugar, por el estímulo que supone para la escritura del libro en el que estoy trabajando. En segundo lugar, porque he incorporado ese espacio a mi universo narrativo. A Montjuïc le dedico varios capítulos, que han surgido después de ir a la Fundació Miró casi cada tarde, desde abril hasta junio. Cuando escribo un libro, me gusta mucho mostrar el laboratorio, la habitación de la escritura, por llamarlo de algún modo. Me interesa que no se oculte lo que está detrás. Intento explicar cómo he llegado a una historia, qué me sucede mientras la narro o qué dudas han surgido durante ese proceso. Así he funcionado en mis últimos libros. Al final, lo que me interesa no es tanto contar una historia, sino el camino que me ha conducido hasta ella, o las posibilidades que han ido apareciendo a medida que escribo. Por eso era inevitable que ese espacio apareciera. Como el siguiente libro se ocupa, principalmente, del tema de la emigración, Montjuïc era un espacio idóneo para imaginar las barracas que había en Barcelona, hace unas décadas. Y para analizar lo que sucede hoy en día con esa montaña, un espacio que está dentro de la ciudad pero muy alejado emocionalmente para muchos barceloneses. Es un espacio muy interesante, porque te permite observar la ciudad desde fuera, aunque te encuentres en su interior. Gracias a la beca Montserrat Roig he ganado un nuevo espacio.  Y me ha permitido constatar algo: la literatura siempre genera más literatura.

Hay un componente grande de flâneurisme tanto en tu literatura como en tu propia manera de vivir. Creo que hay una correlación muy sólida entre ambas cosas, una autenticidad muy perceptible en tu forma de escribir, y pienso que eso te está situando ya como uno de los autores de referencia en España. Incorporar tanto la literatura a la propia forma de ser ¿produce luego mejores obras? ¿Es más ‘cierta’ una ficción escrita desde ese compromiso, se vive más, se disfruta más, es más intensa?

Para mí, sin ninguna duda. Cuando descubres que todo lo que nos rodea es susceptible de convertirse en literatura, la vida se convierte en un territorio inagotable. La representación de la realidad es una fuente de inspiración constante. Todo está lleno de caminos intermedios, de rutas que se bifurcan, de posibilidades y conjeturas. Como casi todo lo que tiene importancia no posee una respuesta única, inapelable, podemos lanzar un sinfín de hipótesis, de probabilidades. Y el flâneur es una figura que se basa precisamente en eso, porque el paseo le permite convocar toda la dimensión del territorio por el que transita. Antes citaba a Raúl Zurita. Él tiene muy claro que quiere hacer de su vida su propia obra. Por eso interactúa con su cuerpo o realiza una serie de intervenciones en el paisaje. Yo no llego a tanto, pero sí tengo claro que la literaturización de la realidad nos permite vivirla mucho más intensamente. Nos permite ser otros sin dejar de ser nosotros mismos. Nos ayuda a añadir más vida a la vida. Sí, sin ninguna duda. Caminar por la delgada línea que separa la ficción de la realidad es una de las experiencias más interesantes que he vivido nunca.

Justamente por tu forma de entender la literatura tengo la sensación de que sos un autor muy, muy prolífico, y no te veo dejando a un lado la escritura por mucho tiempo. ¿Por dónde pasan tus próximos proyectos? ¿Tenés previsto volver a trabajar un poemario en algún punto?

Tienes razón. Precisamente por lo que te comentaba antes. Me es muy difícil separarme de la escritura. Lo que no quiere decir es que todo el rato esté escribiendo, sino planificando, cogiendo ideas de aquí y de allá. Es un trabajo (un trabajo gustoso, matizo) a tiempo completo. Lo he dicho varias veces: para mí, la escritura es una consecuencia radical de la lectura. La escritura es el último peldaño en ese proceso lector. Si te pasas la vida leyendo lo que te rodea (libros, paisajes, comportamientos…), es inevitable que la escritura surja en algún momento. Y de la lectura, a estas alturas de la película, uno ya no puede prescindir. Siendo un poco más concreto y sin irme por las ramas, para variar, te diré que estoy terminando una nueva novela de ensayo ficción. Un libro, como te comentaba antes, que pretende abordar el tema de la emigración a partir de una persona a la que no conocí y sin embargo ha estado presente a lo largo de mi vida. Hablo de mi abuelo, y de su camino a un pueblo de la frontera entre Francia y Bélgica. Y a partir de él reflexiono sobre el tránsito, sobre  lo que implica el desplazamiento. Por supuesto, también del pasado y de cómo su memoria interviene en el presente. Estará listo en unos pocos días (ahora ando con las correcciones). En agosto intentaré avanzar en un nuevo libro de poemas. Está también en la recta final, aunque quiero tomarme todo el tiempo del mundo. Son todos poemas en prosa. Como ves, lo quiera o no, siempre acabo moviéndome en terrenos fronterizos.

Escrito por Darío V. Zalgade

Darío V. Zalgade (Islas Canarias, 1983) es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma Liberoamérica.