Paramos para comer, nos fumamos un porro y nos quedamos tirados al sol. Ya habíamos arrancado las chapas del techo y sacado todas las maderas del cielorraso a la vereda. También habíamos demolido más de setenta metros cuadrados de casa. Tiramos abajo paredes de ladrillos y de bloque y de ambos. Estábamos derribando unas vigas y tratando de trozarlas cuando nos agarró el mediodía. Atrás, la casa ya casi no estaba. Quedaba la fachada en pie y un poco de la casa que habíamos encontrado esa mañana cuando llegamos. Era como si hubiese explotado una bomba. Pero no, fue solo una humilde expresión de brutalidad mantenida por dos hombres durante algunas horas. Era nuestro trabajo. Todavía nos faltaba bastante por hacer y al otro día nos tocaba acarrear todos los escombros hasta la calle, cuando llegaran las volquetas. Por eso lo mejor era terminar hoy.

Cristian fumaba tabaco y le chistaba a las minas que pasaban. En realidad no les chistaba, sino que hacía un sonido como el que se le hace a los animales. Un ruido agudo hecho con una succión. Si las minas miraban, Cristian les decía algo, si no miraban, también. A mi me dolían un poco los pies. Con mi abrigo hice una bola para usar de almohada, me acosté en el suelo del jardín del frente, miré el cielo que brillaba con una blancura fortísima y cerré los ojos. Hace un rato, rompiendo algunas paredes tuve una sensación muy rara. En el cuarto de los niños me pareció que una de las paredes había sido importante para ellos. No sé por qué, me imaginé, vi, a unos niños que nunca había visto, era de noche y jugaban a las sombras chinas en esa pared. Al rato, vi un rincón de la cocina y me pareció el lugar donde alguien se sentaba siempre a tomar mate y sentir la calma del refugio. No dudé que ese había sido el espacio que alguien usaba para pensar tranquilo. Pero entonces aparecía yo volando todo eso a la mierda a marronazo limpio. Todas las sombras chinas, el mate calmo y todos esos recuerdos ajenos apelmazados contra las paredes de una casa que estuvo sesenta y tres años en pie, volaban en pedazos. Soy hacedor de escombros desde hace tiempo, pero todavía no entiendo por qué sigo sintiendo cosas así al destruir partes de lo que alguna vez fue un hogar. Quería preguntarle al Cristian si alguna vez había sentido algo parecido, si a él no le venía esa sensación rara por algunos rincones de la casa. Era un buen momento porque cuando el Cristian fuma porro se le da por hablar de cualquier cosa que parezca profunda. Pero apareció un tipo en la puerta. Se bajó de un carro, nos dijo buen provecho y nos saludó con la mano. Nos preguntó por el dueño de la casa.

El hombre nos dijo que el dueño le había dado en promesa las chapas que habíamos sacado del techo. Que ya había quedado en pasar esta tarde a buscarlas. Yo tenía los ojos chiquitos por el porro y el resplandor del mediodía. Le pregunté con quién había hablado y como no me supo dar ningún nombre, le dije que iba a tener que esperar a que viniera el dueño del lugar, dentro de una hora, y tratarlo personalmente con él. Yo tampoco sabía el nombre del dueño, pero no podía arriesgarme a regalar unas chapas que no eran mías. Si fuera por mí, se las hubiera regalado al primer hombre que vino de mañana a preguntar por las chapas. Porque de mañana pararon muchos hombres en carros tirados por caballos a preguntar qué iba a ser de las chapas. A todos les dijimos que las chapas no se daban, porque por algo nos habían pedido que las amontonáramos en un rincón del jardín. Si fueran para tirar o regalar nos hubieran dicho que las sacáramos para la vereda con las demás porquerías que encontramos adentro de la casa.

Los tres hicimos silencio viendo al caballo que se comía el pasto de la vereda a la sombra del palo borracho, a lado de donde habíamos dejado amontonadas las maderas medio podridas del cielorraso. Mi cuerpo se enfriaba y empezaba a sentir el peso del cansancio de la hora. El tipo se agachó al lado de nosotros que seguíamos lagarteando al sol entre restos de pan con salame y bolsas de nylon. Se armó un tabaco y volvió a hablar. 

“Yo ya arreglé con el hombre, con un veterano. Y hace como treinta años que conozco al hombre de acá, el del taller.” No cambiaba nada. Todos sabían que había un taller al frente de la casa. No importaba lo que nos dijera, no podíamos darle las chapas. Yo estaba desconcertado porque el tipo tenía la cabeza muy grande, que parecía más grande todavía con ese gorro de lana que tenía una franja roja que le rodeaba la frente y arriba era azul con estrellas blancas de cinco puntas, como emulando una bandera de los Estados Unidos. Tenía unas arrugas muy profundas en la cara curtida de tanta intemperie. Tenía además, a simple vista, una pena fuerte en los ojos. No era un mendigo actor, tratando de conmovernos para conseguir algo, ni tenía la tristeza normal de los hombres de nuestra ciudad. Eso y el tamaño su cabeza me parecían cosas desmedidas.  

“Me hacían falta esas chapas. Son para hacerle un galpón al caballo. Así no lo tengo atado afuera de noche. El fin de semana me robaron un caballo. Pero lo voy a encontrar, yo ando por todos lados. Corto pasto acá, en el Cerro, en Piedras Blancas, en todos lados. Ando por todos lados. Si lo llego a ver, la que se arma… Y ahora le voy a hacer un galpón a éste, pobre… Con esas chapas me tiene que alcanzar. Al otro lo voy a encontrar, lo tienen en algún lado…. En algún lado tiene que estar. Catorce mil pesos lo pagué. Lo voy a encontrar, porque si está tirando de un carro lo voy a encontrar en la calle, me lo voy a cruzar, yo sé. Porque no sirve para andar, es de carro él, si te le subís te baja del lomo a los mordiscones. No puede estar muy lejos además. Si no se lo comieron lo voy a encontrar.”

Pah, te queres matar, le dijo el Cristian. Convidé al hombre del carro con un poco de agua Matutina y las burbujas le rasguñaron el tabaco de la garganta, igual que a mi y al Cristian. “Bueno, gracias. Voy a tener que esperar al dueño entonces.” Y salió a la vereda a preparar unas cuerdas que traía en el carro para atar las chapas. Así quedó resuelto el misterio de la pena en sus ojos, pero no el del tamaño anormal de su cabeza.

Volvimos a demoler. Más que para regenerar energías, la hora de descanso nos había servido para sentirnos más cansados. Ahora el marrón parecía mucho más pesado y había que economizar la fuerza. Seguimos demoliendo pero no con tanta brutalidad, sino pensándola bien. Un buen golpe dado en el lugar adecuado valía más que varios golpes dados en otros lados. Ahora el trabajo requería una planificación, aunque sea mínima. Y se parecía más a talar unos árboles muertos que al derrumbarse se deshacían contra el suelo. Nos quedaban más paredes de las que pensábamos, recovecos, tabiques, tarimas, mesadas, marcos. En la mañana habíamos gastado toda una especie de reserva de odio que nos animaba a la destrucción y por eso la mañana había rendido tanto. Aunque la mañana siempre rinde más, no sé de dónde aparecía ese odio que las paredes sufrían mal. No sé tampoco para qué prendimos de vuelta la radio que teníamos colgada de un clavito en la pared medianera del fondo, si no podíamos escuchar casi nada. Las cumbias y las propagandas sonaban para nadie una atrás de la otra y ahí quedaban aplastadas por los cimbronazos y los escombros. Cada tanto el Cristian se acercaba para pedirme que saque con cuidado las aberturas porque se las quería llevar para la casa para hacerle una pieza al hijo. Ya sabía eso, pero igual venía y me lo recordaba cada tanto, cosa que me irritaba un poco. Aunque ese cuidado especial atrasara un poco el trabajo, saqué todo sin romperlo. Solo rompí un vidrio chico de una ventana de fierro cuando un cascote salió volando hacia un lugar que parecía imposible. Había que tener cuidado. Cuanto más horas estuviéramos trabajando, más probable era tener un descuido, un error, un accidente. De a ratos trabajábamos juntos y dábamos un golpe cada uno a la vez, haciendo un ritmo, como los esclavos. 

Una hora después le pedí un tabaco al Cristian, para tomar un respiro. Creo que no tenía ganas de fumar, solo quería estar unos segundos quieto enrolando un cigarrillo y no me importaba demorar un poco más por tener las manos tan embrutecidas. “El viernes cuando cobremos te voy a regalar un paquete de tabaco, Cristian. Gracias.” Mentalmente, reafirmé mi promesa. Otra vez se nos había pegado al cuerpo una capa de polvo fino y blanco en el sudor, pero ahora el lugar estaba cada vez más abierto y corría por todos lados el aire de un invierno soleado. Ya no veíamos el piso. Caminábamos tropezando sobre medio metro de escombros que cubrían todo el suelo de la casa formando valles, montañas y ríos secos. El tipo del carro seguía esperando en la vereda a que llegara el dueño de la casa. 

– Bo, Cristian… ¿Vos creés la historia esa del caballo que nos contó el cabezón éste?

– Sí.. puede ser… Se roban los caballos, como todo. Yo no sé nada de caballos, pero fijáte que el que le robaron vale lo mismo que una moto. Te querés matar. Además al loco le sirve para laburar.

– A mi no sé por qué me da la impresión de que el caballo que le robaron era muchísimo mejor que el que tiene ahora tirando del carro.

Los dos nos acercamos a una de las ventanas de la fachada y miramos el caballo que seguía comiéndose el pasto crecido de la vereda. Sin decir nada confirmamos que sí, que el otro caballo era mucho mejor que ese.

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Hay algunos de sus relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.