La verdad es que yo nunca me acerqué lo suficiente a alguien para llegar a quererlo.

Duck Butter (2018), es un film del director puertorriqueño Miquel Arteta, protagonizado por la estadounidense Alia Shawkat y la española Laia Costa, estrenado en el Festival de Cine de Tribeca en Nueva York. Fue rodado a modo de la trama, en 24 horas, y ya está en Netflix.

Esta película me resulta fascinante por extraña e incómoda, pero sobre todo porque explora como ninguna otra, la experiencia de intimar con otrxs. Sin ser una historia de amor, habla sobre el amor, con un tono que raya más en la comedia que en el romanticismo, lo cual no es extraño de un director como Arteta y una actriz como Shawkat que vienen realizando este tipo de trabajos desde hace tiempo.

Como hacen las buenas producciones cinematográficas, Duck butter genera ese doble juego para lxs espectadorxs: la identificación y la confrontación. La historia de dos mujeres que deciden, casi como un reto de resistencia, implicarse en un experimento de convivencia erótica y afectiva por 24 horas continuas (que fácilmente pudieran representar meses o años) nos puede recordar nuestras propias relaciones, la manera en que se tejieron hasta su inevitable declive y  los roles que personificamos en ellas.

En Duck butter la intimidad está dejada de sublimidad o sentimentalismo; así como puede caber la ternura, también la aversión, la excitación o el aburrimiento.  El  realismo de esta película se construye gracias a su alusión a lo cotidiano, pero una cotidianeidad desnuda plagada de lugares comunes.

A lo largo de esta propuesta cinematográfica, podemos dar cuenta de cómo la intimidad exige precisamente sobrellevar el desgaste o el esfuerzo de (con un poco de improvisación) adaptarse a personalidades muy distintas y hasta opuestas. Aunque Nima y Sergio, se ven atraídas precisamente por ese mecanismo de espejo, en la convivencia termina resultando insostenible.

Duck butter nos advierte que quizás eso que permite que una relación funcione sea justo el ejercicio de aprender a superar y trascender esas diferencias mutuas; estar dispuesta a conocer la manteca de pato de la otra, “quiero conocerte de verdad (…) quiero verte cagar, quiero verte enojada”. Con todas sus resistencias, reservas y aprensiones Nima se aventura a intentarlo, y si al principio no parece ser con la persona más apropiada, al final el encuentro con Sergio resulta una experiencia necesaria para su autoconocimiento. Es decir, el triunfo de esa intimidad radica en el reconocimiento mutuo. La cercanía abre para los personajes la posibilidad de cuestionarse valores e ideas muy arraigadas, les permite vulnerarse, abandonar máscaras y conocer los límites propios.

Así es como, irónicamente, todas las relaciones, por más desastrosas que sean, nos dejan algo bueno. Yo pienso en mis propias relaciones, las personas que conocí; aquella que me mostró sus obsesiones, sus historias de infancia, sus trastes sucios. La que me enseñó a ser más libre, más creativa, más valiente. A la que no podía ver, a la que vi todos los días, la que me aceptó con mis complejos, la que no. Con la que aprendí los lugares a los que nunca volveré y los que quiero repetir, la que me mostró mis carencias y mis virtudes. Todas esas relaciones íntimas que fueron cómplices de mi crecimiento, y que al final del día me permitieron ser yo misma.

Escrito por Teresa Valdés (México, 1991)

Tiene una licenciatura en Literatura Comparada y una especialidad en Familias y Prevención de la Violencia. Ha realizado investigaciones sobre economía y arte feminista. Ha sido promotora de los derechos sexuales y reproductivos de las jóvenes. En 2012 fue becaria de la flm. También ha publicado en diversos medios como Oculta Lit y Debate Feminista. Actualmente estudia una maestría en Ciencias Sociales.