Cuando hace unos días, le pregunté a Sebastián Herrera de qué era necesario escribir hoy para presentar su libro, me respondió «escribe de la amistad». La amistad hacia los libros, el lenguaje, la escritura y el diálogo que nos ha unido como sujetos que sienten en y debido al otro una existencia compartida. Pienso en Agamben leyendo a Aristóteles en su texto La amistad: existir es sentirse existir, sentirse vivir, un sentir, en Aristóteles, que es dulce. Y, dirá Agamben, que «en esta sensación de existir insiste otra sensación, específicamente humana, que tiene la forma de un con-sentir la existencia del amigo. La amistad es la instancia de este con-sentimiento de la existencia del amigo en el sentimiento de la existencia propia (…). La sensación del ser está, de hecho, siempre re-partida y com-partida y la amistad nombra este compartir. El amigo es, por esto, un otro sí» (10). Pienso luego en Blanchot y en su insistencia en la separación entre un amigo y otro, en la preservación de ese lugar que nos permite no hacer de un amigo un tema (ni de artículos ni de conversaciones), sino que hablarle conservando la infinita distancia que conforma una relación. Dirigirse desde la lejanía que hace un vínculo posible. Espero, entonces estar reservando ese espacio, ese entre, al disparar un pensamiento desde la amistad y, por qué no, hacia el amigo, con todo el secreto que eso puede implicar. Acá, entonces, mi porción de amistad.

Leer Mesa familiar de Sebastián Herrera ante otros lectores significa para mí, ahora y al menos en este contexto, una indicación, una sugerencia acaso, hacia ustedes, los otros lectores: que no pasen por alto este libro. La locución ya es extraña. Pasar por alto implica ignorar algo, perder la concentración, obviar. Pero «alto», en modo imperativo, nos remite a lo opuesto: la demanda de detención, que es, de hecho, lo que yo quisiera decir. Pasamos a través de los libros, leemos con los ojos, con el cuerpo, con el juicio, con el pensamiento. En esas escenas de lectura, a veces ocurre sencillamente eso: pasamos (por alto, por el lado, por encima). Es un buen pasar, sin embargo, el de la lectura cuando, mientras pasamos por, la escritura también hace lo suyo, es decir, pasa a través nuestro y nos lastra, como una red de pesca, llevándose con ella algo que nos pertenecía y, en ese despojo, nos huella. Mesa familiar es un libro que demanda interrupción, al que pasamos al tiempo que nos pasa a través. Ahí descansa su altura.

En principio, podríamos pensar que es una escritura articulada mediante interrupciones. Si he leído en Sebastián una obstinación, ha sido aquella por la imagen. Es, sin duda, un inmenso articulador de imágenes, a partir de esa figura su poesía se dispara. Pero, a su vez, se trata de imágenes inquietas, que pareciera que poseen una sola condición de posibilidad: su íntima desaparición (esto es: que en su constitución parezcan interrumpidas, que se desarmen al ser tocadas por el ojo o el pensamiento). Como si el lenguaje se aproximara a los objetos y los reuniera, sobre todo, para hacerlos implosionar. Eso ocurre muchas veces en cada imagen, pero sobre todo sucede entre las imágenes, en cómo se vinculan entre sí. Y acá, como un breve secreto, cuento otra de sus obsesiones: la escritura dispuesta como una sábana, como una página descomunal. Es decir, el poema en tanto cauce ilimitado. No escribir «poemas» sino un poema, que conforme un libro, opaco, fraguado en el desborde, complejo en sus infinitas tramas. Hay muchos lugares de Mesa familiar que me hacen pensar en Benjamin, y este es uno: la escritura como constelación. Las estrellas como las imágenes del poema y cómo se relacionan entre sí como un leve instante de legibilidad, que se experimenta como cuando parpadeamos, echados en el pasto de noche mirando el cielo, y de pronto se nos revela una constelación, una figura, una manera en que las estrellas se vinculan. Volvemos a parpadear y quizá ya no vemos esa constelación, sino un conjunto ilimitado de luces, semejante a un bosque colmado de luciérnagas. Que es lo que, en el fondo, Benjamin llamará la imagen dialéctica.

Hay otro lugar que me hace pensar en Benjamin y acá, más acá o más allá de la estructura –y, en todo caso, adosada a ella–, pensaría en el asunto del libro. Si las imágenes se interrumpen, de algún modo entre sí y además hallan liquidez también en su intimidad, el inicio del poema ya es una interrupción. Y esta concierne a la catástrofe después de la guerra. «Alguien ha vuelto de una guerra para construir este espacio» (11), leemos en la primera página del libro. Qué ocurre cuando alguien vuelve de una guerra. «¿No se advirtió que la gente volvía enmudecida del campo de batalla?», escribe Benjamin en El narrador, «una generación que todavía había ido a la escuela en el carro de sangre, se encontró a la intemperie, en un paisaje en que nada quedó inalterado salvo las nubes, y bajo ellas, en un campo de fuerza de torrentes devastadores y de explosiones, el ínfimo y quebradizo cuerpo humano» (60-61). O Primo Levi en Si esto es un hombre sobre su experiencia en Auschwitz: «Ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no-hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla» (98). En la guerra y luego de la guerra: el silencio de lo humano. El despojo de todo lenguaje, el enmudecimiento del narrador. Esto es: la interrupción de la experiencia y de la lengua. Cómo construir entonces un espacio al volver de una guerra. Cómo hacer de esa escena un horizonte de posibilidad. Desde la literatura, ya sabemos la respuesta: escribiendo. Y eso hace este libro: escribe un relato que no encuentra dónde hacerse cuerpo o habla de la imposibilidad del relato después de la destrucción. Pero escribe, sin embargo, siempre. A pesar de cualquier pronóstico de enmudecimiento, aparece la letra. «Se necesita cualquier excusa para dar sentido al regreso» (44), leemos en la última página, «supongo que nada de lo que he dicho es verdaderamente   lo que debería decir   pero ese es el juego   lo que no he escrito escrito está   aquí su huella   su salvación». En la palabra, entonces, el cuerpo se guarda, se conserva en los cerros de escombros una huella, el vestigio de una vida, de una fragilidad vivida y sentida como fragilidad. Su fortaleza, no obstante, en la mano que espera escribir y ser escrita.

Así, Mesa familiar podría desplegarse desde el revés de la imagen clásica de una mesa familiar en tanto lugar común del encuentro. Y aparecer, en realidad, como un escenario vacío, devastado, donde los objetos indican que alguien estuvo allí y que, sin embargo, ahora se ausenta –los objetos como testimonio de lo humano que la escritura merodea–. Y que regresa desde el tiempo pasado a recuperar un origen que se le escapa. Y que nos dice: no hay origen, en la medida en que capturarlo signa una imposibilidad. Aunque sabemos que, si de algo se hace la poesía, es justamente de aquello: no ignora lo incapturable, a lo cual se aproxima todo deseo de la lengua que escribe incluso cuando sabe de su límite. «Alguien dice familia   palabras» (12), «alguien dice casa   palabras» (22), «a pesar del estricto silencio    nunca se abandonaron las palabras» (35), escribe Sebastián Herrera. A pesar de la destrucción, a pesar de la guerra, a pesar del recuerdo de una familia y de una mesa familiar que ahora solo es posible convocar como ruina, a pesar del silencio que involucra toda interrupción: palabras. Y, aunque sin duda es posible leer este libro como el relato de una familia y su precipitación al abismo –que se trata, probablemente, de la lectura apegada a las estrellas que destellan más próximas a la Tierra– también, conjeturaría yo, es acerca de la relación con el lenguaje y con el poema en el momento en que las palabras nos salvan del rotundo silencio. Del que emerge después de la destrucción, aunque también del silencio vano y cotidiano: el de los domingos, el de la costumbre, el de los humanos que, aunque estén presentes, no se afectan entre sí, el del letargo, el del la parálisis del pensamiento. Y, entonces, «atrás las palabras    al frente el pensamiento    aquí todas las imágenes» (38), nos dice el poema, que se forja desde las palabras que dispone, que arma figuras con ellas y que piensa en el momento que escribe: palabras, pensamiento, imágenes son tres estrellas que se constelan de infinitas maneras en este libro. Cada vez se constelan, toda vez que «palabras     la mano se agita entre las ramas» (40). La mano se agita inquieta, entre las ramas que componen un bosque henchido de luciérnagas. Entre el lenguaje y sus trazos. Entre los intervalos de silencio que separan –y vinculan– una letra con otra, que le es extraña y familiar a la vez.

«¿Qué es un territorio sino la suma de todas nuestras vestimentas?» (44), escribe Sebastián. Qué nos viste sino la experiencia, la memoria de esa experiencia, el lenguaje que usamos para nominarla. Pero, además y sobre todo, qué nos viste sino los afectos. Qué tela cubre los cuerpos desnudos después de la destrucción sino otro cuerpo que nos habla y nos consuela y que, de alguna manera, nos presta ropa y, con ello, zurce allí donde había una herida, una grieta. Aquel que se presenta cuando el silencio ha barrido todo territorio es el amigo. Vuelvo así a Agamben: «Ninguna relación entre sujetos: antes bien, el ser mismo está re-partido, es no-idéntico a sí mismo, y el yo y el amigo son las dos caras –los dos polos– de este com-partir» (10). Ese estar re-partido en la existencia con el otro es, para Aristóteles, una relación política, en tanto implica la convivencia y, con ello, el sentido de toda comunidad. Ante una mesa entonces, fuera del lazo familiar en términos sanguíneos –y que a veces es extraño incluso en su familiaridad–, nos reunimos los amigos, esos a quienes elegimos para formar una comunidad, y nos leemos, nos consolamos a veces al oído, otras entre risas, nos repartimos en nuestras insignificancias e inquietudes, y volvemos a poblar la mesa, hacemos de los objetos cosas vivas y elevamos el cuerpo del otro, soportamos con amor su peso.

Julieta Marchant

 

Bibliografía

  • Agamben, Giorgio. La amistad. Trad. Flavia Acosta. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2005.
  • Benjamin, Walter. El narrador. Trad. Pablo Oyarzún. Santiago: Metales Pesados, 2010.
  • Herrera Gajardo, Sebastián. Mesa familiar. Santiago: Libros La Calabaza del Diablo, 2018.
  • Levi, Primo. Si esto es un hombre. Trad. Pilar Gómez Bedate. Barcelona: El Aleph, 2006.

 

Escrito por Julieta Marchant

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía, con mención en Estética y Teoría del Arte. Es codirectora del sello Cuadro de Tiza Ediciones (www.cuadrodetiza.cl) y codirige J&P Editoras, que ofrece servicios editoriales (www.jypeditoras.com). Ha publicado los libros de poesía «Urdimbre» (Ediciones Inubicalistas, 2009), «El nacimiento de la hebra» (Edicola Ediciones, 2015) y «Reclamar el derecho a decirlo todo» (Libros del Pez Espiral, 2017). Y las plaquettes «Té de jazmín» (Marea Baja Ediciones, 2010) y «Habla el oído» (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017).