La lectura de La Llaga (1913) de Federico Gamboa es fascinante, pero quizá su autor sea uno de los más olvidados dentro del marco general de la literatura representativa de finales del siglo XIX. La justificación, evidentemente, radica en la dificultad para conseguir sus libros, además de Santa (1903), su celebre novela, esa que José Emilio Pacheco llamó el primer best seller mexicano.

La historia de aquel bandido cuyo nombre Jesús Arriaga, o mejor dicho “Chucho el roto”, es todavía recordada por ciertos interesados en crónicas y leyendas de la historia, sabrá de las deplorables condiciones que se vivían en el veracruzano fuerte de Ulúa, cárcel temible y protagónica en la mayor parte de los momentos decisivos de la historia de México: el encarcelamiento de Juárez, las últimas huellas de la monarquía española, por dar un par de emotivos ejemplos. En aquel purgatorio transcurre buena parte de La Llaga.

El héroe de esta, a diferencia de los concurrentes participantes de la literatura del otro siglo, resulta un mexicano común y corriente, adoración de su madre, enamoradizo y soñador, proveniente de la clase media de la capital. Tres escenarios abarcan las trecientas veinte páginas de la novela: el antes de prisión; es decir, la tierna libertad juvenil, los deberes de una sociedad enteramente católica; luego el crimen, la pesadilla y la intensa reflexión del silencio y las crueldades del encierro; por último, la salida, la libertad, la levitación hacia nuevas promesas, o la segunda vuelta de Eulalio, quien cargar riendas rejuvenecidas, una versión más noble del Vautrin en Papa Goriot (1835). Pero lo irrenunciable es el sazón de la historia con acierto, es el pecado del protagonista, la carga solitaria del secreto de un crimen.

Gamboa no solo es uno de los escritores más auténticos del México porfiriano -por su notable maestría en abordar a las clases populares, por sus maquillados señalamientos al desequilibrio social; en medio de un país que continua servido de la moral católica-, sino sobretodo, quizás, por ser el portador más destacado, entre sus contemporáneo mexicanos, del realismo-naturalismo francés. Supuesto confirmado en la lectura de sus Diarios, donde abundan las referencias de Zola y Flaubert. Me atrevo a señalar las altas probabilidad de que la Santa de Gamboa es consecuencia de Emma Bovary.

Las frentes que se inclinen en las páginas de La Llaga de Gamboa, serán testigos, por supuesto, de las viejas costumbres del siglo XIX. Narraciones que quizás, a la manera de los paisajes de José María Velasco, nos transporta a un país mayormente rural, con una metrópoli centralista en pleno desarrollo. No cansan los paseos de Eulalio a caballo por los entonces pueblos foráneos, sitios sin ser todavía integrados al posterior aumento migratorio de la región más transparente. En sus travesía, Eulalio y su compañero Librado, encontramos la antigua Tacubaya, San Pedro de los Pinos, los alrededores de San Ángel y Chimalistac: “En acercándose el sol a la cordillera, de picachos y cumbres descendía la tarde; y en las sementeras, en los bajos de las bardas, de los árboles y de las casas, posábase una penumbra acariciadora, que suavizaba las crudezas de la mucha claridad vibrante todavía en la altura, en copas y techos, en las cúpulas y torres de las parroquias rurales, en los campanarios de los añosos monasterios violados. Acamábanse las espigas, siguiendo el viento; en los surcos, boyeros y yuntas”. “De vez en cuando, allá, lejos, los tranvías eléctricos, derramando chispas de las ruedas, aparecían en los claros y volvían a perderse por los caseríos”.

No cabe duda de que La Llaga es un testimonio imperdible del México porfiriano, dispuesta de una reflexión fabulada. En el marco de este contexto, la novela fue configurando sus perfiles. La empresa de Gamboa, junto con la destacada obra de Manuel Payno, probablemente tendrá una verdadera renovación posterior en Martin Luis Guzmán, quien figuró entre los paradigmáticos ateneístas, llevando a la literatura sobre caminos que alcanzaran a brillantes narradores como es el caso de Jorge Ibargüengoitia.

Incomodo, debo admitir que buena parte de la obra de Federico Gamboa se encuentra empolvada y humedecida, en el interior de las librerías de viejo –junto a los de Roa Bárcena, los de Riva Palacios-. Seremos las nuevas generaciones quienes releamos el siglo XIX, le demos una segunda vuelta, lograr tal vez que el esplendido paisaje del imaginario decimonónico trascienda hacia nuevas posibilidades.

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Coyoacán, marzo del 2018

Escrito por Alejandro Arras

Alejandro Arras (México, D.F. 1992) Egresado de la carrera de Ciencias Políticas por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha sido publicado por las revistas Punto en linea UNAM, Amberes, Opción ITAM, Circulo de Poesía, La Rabia del Axoltl, entre otras.