El término centralización, con el paso del tiempo, dio cabida al de norteñización del arte y la cultura en México, es decir, que los discursos y las creaciones venidas de las regiones centro y norte del país son válidas de origen, son hegemonía en materia creativa. Independientemente de qué tan vigente sea lo anterior, es una realidad que la región sureste ha sido, de una forma u otra, ignorada o desplazada. Se ha normalizado también este aparente silencio del sur. De la boca de muchos viene la frase: no conocía a ningún escritor de allí, siempre se han repartido los premios entre sus propios, ¿no?, entre otras sentencias que no delatan desprecio sino desconocimiento por decreto oficial.

Cajas propone no un rescate sino un deber generacional y regional: la exposición de autores jóvenes que, en el contexto actual del país, viven una oportunidad importante. Una serie de autores con diferentes propuestas y vistas a la madurez expresiva.


Andrés Segovia (Mérida, Yucatán, México; 1999) finaliza estudios en el Centro de Educación Artística “Ermilo Abreu Gómez” con especialidad en Música. Becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas (Xalapa, 2018). Ha publicado reseña, poesía y ensayo literario en las revistas Islario, Palabrerías, Monolito, Bistró, La Rabia de Axolotl, El ojo de Uk, Lumerpa y Citric Magazine.

1- Mucho se discute en torno a la posición del poeta en la sociedad, a su valor en el mundo. Para ti, ¿qué es ser poeta, cuál es la importancia del oficio?
Ser poeta es escribir en presente, en estado sólido. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Ser poeta es tomar un oficio que, quizá, nunca debiste haber tomado. Marco Antonio Campos dice: La poesía no hace nada. / Y yo escribo estas páginas sabiéndolo. Aunque nadie nos lo diga, los poetas escriben sin saber el desenlace de lo que escriben. Todo escritor es un solitario que se dirige a otro solitario.

2- Tu formación académica se inclina, a la fecha, hacia la música. ¿Cómo te aporta esta disciplina a la hora de hacer literatura?
Yo siempre he creído que la poesía y la música son como un dosel de árboles. Cada disciplina tiene sus ramas, su cuerpo y sus raíces, sin embargo, cuando las juntas, se vuelven una sola pieza. Un árbol hecho de otros árboles. Y que al respirar él, respiramos nosotros.

3- La poesía yucateca se caracteriza por una serie de altibajos generacionales y temporales. Para muchos, el gran boom de una generación sólida en los últimos cuarenta o cincuenta años se dio en la de los nacidos a partir de 1980. ¿Cuál es la importancia de la poesía yucateca en tu creación, tiene o no una importancia para tus procesos?
Siempre es importante conocer el ambiente literario que se desarrolla en tu ciudad. Por ejemplo, de los 80’ he leído a poetas como Manuel Iris, Wildernaín Villegas, Jorge Manzanilla, entre otros. Cada uno tiene un estilo diferente como casi toda la poesía mexicana de mitad del siglo XX en adelante. Tomo lo que me sirve de cada uno. Sin embargo, no siento que tenga tanto impacto en mi escritura como sí la tienen otros poetas no nacidos en Yucatán.

4- Por último dinos, con una sola palabra, lo que piensas de los siguientes términos :

Poema: Diamante
Yucatán: Apacible
Sur: Hermandad
México: Desorden
Crítica: Necesaria

Poética
(un hombre sale del manicomio con un antifaz y una semblanza en la frente: la poesía es el único recuerdo del mundo).

 

Chillingstone, the new Baker Street

      Para mis amigos de Xalapa

Hay una canción de fondo para cada despedida. No importa quién ni dónde, pero alguien las escribe con nuestra voz tatuada en su mano. La música es un estallido, un derrumbe entre las olas que alguien dirige con su mano izquierda. Yo fumo con la mano izquierda. Desde pequeño siempre quise dirigir la banda sonora de alguna película. Siempre quise robar un auto, escaparme y tocar para alguna de esas big band jazz que viajan por los Estados Unidos, llenando de contratiempos las calles, acompañadas de mujeres con un swing demoledor en los tobillos y un walking bass sobre las piernas antes de hacer el amor.
Yo he cambiado la música cuatro o cinco veces. Si tan sólo pudiera entrar en el compás, me sentaría junto a Charlie Parker, y le invitaría un whisky blanco, un vodka negro o algunas de esas bebidas que trasnochan a los músicos.
Yo trasnocho escuchando a Miles Davis, escribiendo estas palabras que nadie dice, pero tú escuchas.
Trabajo en silencio, a cuentagotas, arrastrándome por mi habitación. Trabajo así porque el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos. Trabajo porque cambio de oficio constantemente: dos, tres, cuatro, quizás cinco veces al año. Trabajo porque de alguna u otra forma siempre regreso para despedirme. Y te lo digo, decir que hay una canción de fondo para cada despedida es una constante en mí, una constante que no encuentra nunca la cadencia perfecta.
Hoy la música vuelve a visitarnos. Subo al techo de mi casa para recordar el jam de aquellos días: regresa a mi boca la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse. Y con una lluvia ligera sobre los caminos de Xalapa, con un marimbar de rosas cayendo sobre el teclado, es hora de cerrar los ojos, de cerrar las ventanas, y de apagar la música. Desde ahora sabes que decir adiós, decir adiós es crecer.

 

Xalapa, Veracruz, 29 de junio del 2018

Para Sor Juana

Tú eras los buenos días. Y el adiós. El día.
Siempre el día. Es decir, siempre tú.
Efraín Huerta

Amar es combatir, amar es desnudarse de los nombres. Hace unas cuantas horas me encontraba en mi habitación escuchando jazz. Soy de esos tipos que pierde su tiempo pensando qué pasará mañana. Soy de esos tipos que llevan dieciocho años con las mismas señas, el mismo cuerpo, el mismo nombre. No tengo otro nombre. No tengo otra forma de mostrar quién soy. Hace seis meses que no escribo. Hace seis meses que todo es lluvia sobre mis zapatos.
Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída. Tengo en mis manos uno de tus poemas. Quiero decir que tengo en mis manos lo único que conozco de ti. Quiero decir que soy un bolero traga fuegos que espera con ansias un jueves o viernes santo para volver a verte.
Confieso que no he leído mucho sobre el Siglo de Oro. Confieso que llevo tres horas intentando escribir endecasílabos, intentando ajustarme a tu métrica: lenguaje de mil pájaros en vuelo. Confieso que de este lado del mundo, las calles son más angostas y tienen menos oxígeno. Confieso que me duelen los pulmones, que me duele respirar mientras camino, y que tengo la mala costumbre de llegar tarde, de dormirme tarde y de sentirme a tiempo, que siempre es tiempo, aunque todo suceda siempre de la misma forma.
Ahora comprendo que el día que habrá de llegar no llegará, es éste. Ahora comprendo que no hay nada al fondo de la palabra llanto, que desde este remoto lugar, tu nombre y el mío no son más que dos sílabas enamoradas, dos sílabas en la libreta de cosas que hacen falta para seguir viviendo.

lema

Fotografía original: Arimatea Padilla

Escrito por Daniel Medina

(Mérida, Yucatán, México; 1996) es autor de los libros de poemas Una extraña música [Sombrario Ediciones, 2018] y Médium [de próxima edición]. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014 y el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017. Becario del PECDA Jóvenes Creadores (2017-2018) y de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018). Dirige Ediciones O.