En otra de mis desaventuras por la supuesta escena cultural de Guatemala terminé viendo un documental de José Ovejero en un sofisticado café-librería. Seré franca: como lo sugiere el título tan original de Vida y ficción, la película es abrumadora, presuntuosa y consistentemente aburrida. En sus entrevistas sosas y montajes predecibles, cada escritor responde por qué escribe y por qué es tan difícil lidiar con la creatividad y su galería de traumas personales. En fin, absolutamente nada nuevo.

Sin embargo, en el conversatorio posterior surgió una conversación mucho más profunda y necesaria que diez minutos de Rosa Montero vacilando en el parque con sus mascotas. José Ovejero y Edurne Portela desarrollaron esta película con una serie de autores claramente exitosos y acomodados. En contraste, los escritores en Guatemala no salen de gira, no tienen mansiones llenas de pinturas y libreras personalizadas y necesariamente obtienen sus ingresos con otro trabajo, uno de verdad.

Probablemente en este punto piensen que soy una tercermundista resentida y que ahora soltaré mi perorata sobre las verdaderas carencias y las venas abiertas de los pueblos colonizados y la tensión que alimenta la verdadera literatura y eso. Pero lo cierto es que esa charla con los creadores y amantes de la literatura en este lado del Atlántico respondió más honestamente la interrogante de Vida y ficción. No escribimos porque estemos lidiando con un trauma o con una necesidad de reflexión sobre la miseria en el mundo. Simplemente ansiamos ver algo que nadie más puede producir y en cierta forma conservará nuestro curso sobre la historia. Con o sin traumas, con o sin cheques de regalías, con o sin fama, solo escribimos para celebrar la capacidad de nuestra mente.

La creatividad es una preocupación profundamente humana, y quizá es esa simpleza lo que la convierte en un tema tan complicado para enseñar, difundir y valorizar. Crecí en un país donde las personas no comprenden el gusto por las letras. Nos enseñan a verlo como un castigo escolar. Nos repiten que es aburrido pero importante. Nos garantizan que un escritor jamás ganará el mismo dinero que un ingeniero. O bien, nos orientan a metas que contradicen ese deseo inicial: Mirá cuánto dinero ganó la tipa que escribió 50 Sombras de Grey. Vos podrías escribir uno con mejor estilo y te harías millonaria.

Crecí en un país cuyos escritores tienen marcados prejuicios y valorizan específicamente las obras que reflejan la miseria periférica posguerra. En Guatemala, publicar como escritor de ficción implica una inversión personal y una cadena de favores y zalamerías con la casa editorial y un selecto grupito de escritores que bendice y proclama la validez de cada producción. Pero este país tiene un retraso permanente en materia creativa y artística. Nos glorificamos de publicar con los mismos tropos, estilos y temas que hace 30 años, porque dicen que esa es la verdadera forma del arte literario, que esa Guatemala con conflicto armado y pobreza es la única y legítima para relatar. Y no es por nada, pero ya ni siquiera los mendigos están usando el conflicto armado para justificar sus limosnas.

Este es el país que no sabe reír ni aprender, pero por algún accidente del destino produce personas que aman la literatura, y algunas que aún se empeñan en evolucionarla con publicaciones propias o en medios digitales, muy a pesar de los literatos y críticos retrógradas que se envanecen de ignorarlos o demeritarlos. Lejos de las oportunidades y comodidades que pueden procurarse los artistas en países con públicos devotos y conscientes, aquí escribimos a manera de revelarnos una verdad más simple, o acaso rebelarnos de la intrincada versión de esa verdad que letanizan en la academia, los conversatorios y los cafés intelectuales.

Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante