Un hombre le silva a las flores

y no es primavera.

Con un dedo limpia su frente

separando el mar

que le escurre bajo el sombrero.

Lo zurdo le alimenta

con lo que otras manos recolectaron:

vitamina c

comercial para aguantar el día

y sus botas negras filositas.

Su boca es un fruto hinchado

que hace ondear las flores

cuando está cerca.

Un hombre le silva a las flores

rodeado de autos

y ninguno es suyo.

Le enseña los dientes

al jardín de una casa

que no se parece en nada

al cartón donde vive.

Tengo un techo y tengo prisa

mientras un hombre le silva a las flores

y no es primavera.

Escrito por Elizabeth Gamiño

Licenciatura en Cultura y Arte | Editorial Montea | Colima, México.