Cada nueva generación poética tiene el derecho y el deber de cambiar por lo menos el tono, la perspectiva desde la cual se moverá y tratará de intervenir en ese territorio aparentemente ajeno para tantos, como lo es no sólo la literatura, la poesía, sino el arte, la historia, el pensar, la vida misma.

La poesía tiene sobre todo, entre las nuevas generaciones, una resonancia bastante grande. Hay un regreso a cierta oralidad que la mantiene viva entre nosotros. Tal vez la poesía se transmita más eficazmente de espíritu a espíritu en estos tiempos de anónima masificación de las tecnologías, a través de la voz directa del poeta, del artista que busca conmover instantáneamente con su arte, con su palabra viva, el alma de quienes ante todo, quieren sentir de nuevo el lenguaje verbal físico que llega a los oídos y al corazón. Eso explica incluso, los pùblicos masivos, generalmente jóvenes, que asisten a los jams, a los recitales, a los conciertos y festivales donde la música y la palabra vuelven a ser claves, como ritmo, como palpitación visceral que sacude y abre los sentidos a otro nivel de comprensión y sensibilidad. La poesía tiende puentes generacionales, permite a las cosas de ayer manifestarse hoy sin perder su vigencia en el tiempo. Sabe permanecer y transmutar. En esta medida el poeta joven se convierte en el gran transformador

 Jennifer García Acevedo, Colombia.

 

 

NADIA LÓPEZ GARCÍA (Oaxaca. 1992) Poeta en tu´un savi y español. Su trabajo ha sido publicado en espacios como Punto de partida (UNAM), Periódico de Poesía, Tema y Variaciones de Literatura (UAM), La Jornada, EstePaís, Pliego16, Círculo de poesía, entre otrosEs Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle 2017 por Ñu´ú Vixo /Tierra Mojada. Participó en el Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México y en el Festival de Poesía Di/Verso. Colaboró en la organización del Primer Encuentro Mundial de Poesía de los Pueblos Indígenas y ha brindado talleres de creación poética para niños y migrantes. Es responsable de la columna de creación literaria “Alas y Flores” de la Revista Cultural Mexbcn  de Barcelona, España. Colabora en la Enciclopedia de la Literatura en México y fue  becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía 2015-2017. Ha sido ha sido incluida en la Antología Liberoamericanas, 80 poetas contemporáneas de la Editorial Liberoamérica, asimismo ha sido incluida en El ABC de la poesía mexicana de la Editorial El Perro Alado, de próxima publicación.

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 NTUCHINUU

 

Me mayu kachi ñaa naan ntuchinuuu matzanu.

Ntakuiniyu nishikaa ntuchinui mini katsi ñaa nuni.

 

Keenchua ntisiniyu ña tsaakuña kuaku,

sansoo tsaakuña ta seei ncheei

ta kata,

ta skai cafe.

 

Nintakatuuñaa nuvaa

¿Sakunchuaku maa?

 

Kasha ña sicaso yuha inikó kuaku:

yeenu kanara

nchaa´ka kuanu yuchaku.

 

Vichi kuñaa nikunta ini yuu

Vichi sika yucha iniyu

ra me ntuchinuu.

 

OJOS

 

Mi madre dice que tengo los ojos de mi bisabuela.

Recuerdo sus ojos mientras limpiaba maíz.

 

Muchas veces la vi llorar,

llorar cuando cocinaba,

cuando cantaba,

cuando ponía café.

 

Es cierto, le pregunté

¿por qué lloras tanto má?

 

Y ella me decía, así, sin dejar de llorar:

porque nosotras tenemos ríos adentro

y a veces se nos salen, tus ríos aún no crecen,

pero pronto lo harán.

 

Ahora lo comprendo todo,

ahora tengo ríos en mí

y en mis ojos.

 

SAVI

 

Mee kunchee ñá´an nchá´í ntuchinuu

ra savi.

 

Mee kunchee ñá´an kuaku ra kuákú,

ñá´an chikui ra ñu´ú.

ñá´an koo ña´an ra ñá´an saa,

mee kunchee ñá´an tu´un, ñá´an yucha,

ñá´an antivi.

 

Ntakuatu mee kunchee ñá´an,

ñá´an kachi tu´unku

ntika antivi

yatsi kuá´á chikui.

 

Yatsi vixo ntiki ñu´ú

ra tsaa íí.

 

SAVI

 

He visto mujeres de ojos negros

y lluvia.

 

He visto mujeres que lloran y ríen,

mujeres agua y tierra.

Mujeres despojadas y mujeres pájaro,

he visto mujeres palabra, mujeres río,

mujeres cielo.

 

Rezo por ver mujeres siempre,

mujeres que digan su palabra

en este ancho cielo

como jícaras con mucha agua.

 

Jícaras que mojan las semillas de la tierra

y florecen en lo sagrado.

 

TÍO CHELO

No sé si lo sabes, pero en la casa ya no te lloran.

Guardaron todas tus herramientas de hombre de campo y sellaron la puerta de tu casa, quizá, para que a varias de nosotras, no nos gane la tristeza y corramos a buscarte en la soledad de tus cuatro paredes.

Tú tienes la culpa, Tío Chelo, que estemos enojadas contigo: nos acostumbramos a creer que nada te vencería. Sobreviviste a  casi todo: a  esa única vez en que tu cuerpo se enfermó, a aquella embestida del caballo y a esos meses de vivir a la intemperie; cuidando que nadie robara las mazorcas. Hasta llegue a pensar, en mi mente de niña, que eras un toro que se hizo hombre. Abuelita decía que tú nos enterrarías a todas, como premio por ser único entre tanta mujer.

Nadie imaginó que sería ahí, en la intimidad de tu cama, donde se tejería el murmullo de tu muerte. ¿Cómo no lo viste, Tío Chelo?, Tú, que en la lejanía distinguías el rayo de la liebre que después sería manjar en la mesa, tú, que al menor movimiento de una coralillo le saltabas encima para terminar, sin clemencia, con su vida. ¿Cómo no viste a esa insignificante araña, Tío Chelo? Quizá ella estuvo vigilándote por días y en la humedad de tu cabecera, encontró el sitio perfecto para hacer de ti, su presa.

A veces pienso que sí la viste anidar cerca de ti y al observar su diminuto cuerpo, pensaste –como era tu costumbre- que algo tan pequeño no era capaz de causarte daño.

Quizá, nadie te dijo que también aquello que parece inofensivo, en la oscuridad de lo íntimo, puede aniquilarnos.

 

ABUELO

Después de la lluvia todo florece.

Repetías, apenas vislumbrabas algunas nubes.

Para esa niña inocente que fui,

ver la tierra abrirse, brotar de ella la vida

era el mayor milagro.

La lluvia se convirtió en el indicio:

la maravilla se repetiría.

Por muchos años fue así.

Dejé de ser niña,

dejé de creer que todo

podía florecer.

Jamás volví a escucharte hablar sobre la lluvia.

Me convertí en una más de tus huérfanas.

Nunca más

anhelé presenciar aquel prodigio.

Tú sabes, abuelo, que si me fui

no fue por cobardía o ingratitud.

Cómo soportar que todo floreciera,

que la vida poblara  aquellos árboles

secos y deshojados,

nadie puede ver la gloria ajena

sin sentir dolor y rabia por la propia desdicha.

Cómo soportar que naciera vida

de lo visiblemente muerto

y saber que a ti nada te haría volver.

El milagro jamás ocurriría en tu cuerpo.

Al alejarme de esas tierras

intenté la supervivencia

donde una vaga piedad de lo árido

me ha consolado.

¿Cuántas veces se puede huir?

contra toda predicción,

en este clima -donde nunca llueve-

ha llovido

ya comienzan a asomarse

esos pequeños brotes de vida.

Y yo, abuelo,

descubro que para algunos de nosotros

toda clemencia está negada.

 

EL GATO

Tal vez fue darnos la vuelta

y dormir de espaldas, sin tocarnos,

o quizá comer con prisa,

sin decir siquiera una palabra.

 

Tal vez fue dejar que tus antes

y mis antes, siguieran viviendo

en las escamas de cada reproche;

quizá fue alimentar más al gato

que a nuestro amor:

él tan obscenamente gordo

y nosotros tan tristemente hambrientos

-necesitados-

del alimento que habitaba en la piel del otro.

 

Quizá sólo fue juntar soledades

e irnos muriendo de a poquito

así como el gato y sus 12 kilos

que arrastraba con dolor,

y no por ello dejaba de comer

e incluso de pedir más.

A leguas se notaba que no era feliz

comiendo y aun así sus mandíbulas

no pararon.

 

Tal vez fue eso, todo eso,

o quizá en ocasiones

sólo deseamos aquello

que nos hará infelices.

 

 

Jorge Manzanilla

Jorge Manzanilla (Mérida, Yucatán, 1986) es licenciado en Literatura Hispanoamericana por la UAGro. Autor de Que me sepulten recostado en la palabra (Catarsis Literaria El Drenaje, 2011), Escarnio (Verso Destierro, 2014), Diáfano 23 (FETA, Col. La Ceibita, 2014) y Vitral de todos mis cuerpos (Diablura Ediciones, 2015). Premio Estatal de Poesía “El Espíritu de las letras” en 2015 y 2017, y Creative Writing Awards en El Paso, Texas, entre otros. Becario del PECDA Yucatán en 2014. Es estudiante del MFA en Escritura Creativa por la Universidad de El Paso, Texas. Poemas suyos han sido traducidos al portugués y además ha colaborado en el New York Times.

jorgi

 

I

ECO

Habla desde el eco toda aparición:

 

Mi padre

habla en el muro

y despierta a todos

los migrantes muertos

que no tienen lugar

en el descanso eterno.

 

+

 

Mi padre se asoma

por la ventana

y mira su infancia

extendida al olvido.

 

+

La eternidad está en el envés de los ojos.

 

Lo supe a través de mi padre

que lloró desde su sangre

y vive en el Álbum de las ausencias.

 

 

III

 

Papá usó crayones para dibujar la infancia. Lo que usted no sabe,

es que está dibujando este poema, luego dibujará la memoria.

Recordemos que en mi herida hay un pueblo muriendo de hambre.

 

EL DOLOR ES UN ANIMAL QUE HA MUERTO EN MI PECHO

IV

 

La voz de mi padre me destierra del eco y de su sombra.

la voz de mi padre aún opaca los espejos,

la voz de mi padre abre la mañana y baja el telón de la noche,

la voz de mi padre repite el cruce de Juárez – El Paso

porque le sobra el tiempo y no se cansa de repetir su muerte.

La voz de mi padre juega con el silencio de mi cuerpo

y me voy sumiendo lentamente hacia dentro.

Tengo un pecho dentro de otro pecho

y una voz que descifra otra voz

que es precisamente, la de mi padre.

 

V

Repito tantas veces “mi padre” para invocar lo invisible. Sé que en alguna repetición atravesará el Puente Norte y logrará la hazaña por la que perdió la vida. Una hazaña solar que todo inmigrante necesita. Repito tantas veces “mi padre, mi padre, mi padre”, porque al nombrar una luz emerge entre Juárez y El Paso y forja palabras, que en algún momento, serán pronunciadas. Hable con sus hijos de noche, porque no sabemos cuántas veces veremos el amanecer en sus ojos. Repita el nombre de sus muertos y ponga una veladora y una Santa Muerte que acobije su Última Cena. Ponga un altar, porque en la Frontera, todos los días se celebra a los Santos Muertos y a los Santos Inocentes. Todo inmigrante es un pan de muerto que espera ser devorado por alguna constitución. Todo inmigrante morirá en el estómago de las patrullas fronterizas. Repita el nombre de sus muertos, no se canse, agote su voz, agote sus ojos. Quiero que usted tome esta página conmigo y evoque la oración por la que estamos reunidos. No pare. Estamos pronunciando al mismo tiempo nuestros muertos. Se aclara la página y su mente está proyectando los ojos de sus parientes caídos por un Sueño Americano. Yo ya tomé la veladora y trago la bilis y la angustia de un narrador invisible que ora atrás de mi oreja. Usted se cansa como yo y tira los brazos al suelo porque estamos huérfanos. Agarre su repetición y no apague la veladora, porque esto es la ausencia de un cuerpo.

 

VI

ALTAR

Esta Santa Muerte pide por el cruce y por la ceguera de la patrulla fronteriza. Vea su destino, mire a la familia que lo espera del otro lado. No hay malla, no hay muro, tampoco está su cuerpo. Su cuerpo está velando a mis muertos. Su cuerpo está orando para evocar a los caídos. Este altar abre los puntos cardinales y ora con mirra, Son las tres de la mañana, son las tres de la mañana. Su cuerpo es un templo y yo soy su misa. Su cuerpo está en derrumbe y voy entrando por el ojo de su mano y por el cruce de El Paso – Juárez. Aquí está su padre, aquí está su noche.

La mesa está puesta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por Jennifer García Acevedo

Poeta, Colombia.