Dentro de poco serás nada, no existirás, como todo cuanto ves, al igual que los que hoy viven. Todo ha nacido para cambiar de lugar y de forma, para corromperse, con el fin de que otros seres puedan venir a su vez.”
(Marco Aurelio – Meditaciones)

Me atrae con tan solo mirarlo. Deslizo lentamente mis dedos sobre él y me excita sentir cómo mis huellas dactilares se van impregnando en el cañón a punto de explotar entre las manos, la piel se me eriza ante su sola presencia y no puedo evitar darle un beso. Verlo, así de cerca, de lejos, a veces tan lejos, a veces demasiado cerca, en mi boca raspándome la lengua, sintiéndolo tan frío, me pregunto ¿cómo me puede atraer tanto esa frivolidad? Siempre fui voluble, en éste momento no puedo ordenar mis pensamientos, me cuesta mucho tomar decisiones y definir cuáles son mis prioridades. Es cierto, nunca aprendí a decir no, mi voluntad se hace nada en el exterior, eso me hace sentir insignificante, eso, justamente eso, es lo que hoy le estoy regalando: Poder.

Tiemblo, no puedo evitarlo. Percibo el viento helado raspándome fuerte y lentamente la espalda y me hago pequeña. Tenerlo junto a mí y sentirlo aquí, ahora, tan real, como si fuera un sueño, una pesadilla, una fantasía, idilio. ¡Brilla! ¡Brilla! ¡Brilla! Lo veo observarme desafiante, cuestionando todo lo que hago. ¿Será suficiente? Quiero que deslumbre, que se eleve, que irradie toda su energía, todo ese vigor que esconde y luego, me abandone. Tengo dudas, estoy llena de ellas, a veces son demasiadas… ¿Por qué? No me puedo permitir dudar ni un segundo, no ahora, no hoy, no aquí. Soy sólida, soy fuerte y mis pensamientos han de ser por una vez claridad que rompa la tiniebla en la que me encuentro. Me basta con eso.

Me miro al espejo y esa cara pálida reflejada, casi irreconocible hace que vuelva una y otra vez a la misma pregunta: ¿Soy feliz? Como si alguien en éste puto mundo supiera realmente lo que es la felicidad. ¡Sí, soy feliz! grito. Aún me queda terminar de decorar el departamento, pero está quedando tal y como lo quiero, con el olor de la madera y verdor de las hojas de las plantas alrededor que me encantan, los ventanales grandes abiertos para que el viento se lleve toda sensación de encierro, y la soledad que hoy alberga es perfecta, así vacío todo, sin nada, sin nadie… Luego vendremos todos a vivir aquí.

Míralo, allí, espiándome, deslumbrante, imponente… ¿Qué pasa si me atrevo a disparar? ¿Me extrañarán? ¿Realmente lo harán? o ¿Será que les quitaré a todos un peso de encima? Sí, sí me extrañarán, ya los puedo ver llorando y lamentando mi sorpresiva decisión, mi desaparición.

¿Una lágrima? Lloro. ¿Por qué lloro? ¿Por qué me duele tanto? ¿Acaso pienso realmente disparar? No, yo jamás lo haría, no me atrevería, eso es imposible, nunca me haría eso, nunca les haría eso. Pero ¿y si lo hago? Sé que también los extrañaría.

¿Cómo será morir? ¿Qué hay en el más allá? ¿Se sentirá algo? ¿Habrán realmente sensaciones o sentimientos que se puedan expresar al respecto? ¿O acaso nos transformamos simplemente en un espíritu flotante sin capacidad de irradiar nada más que luz? No lo sé… tengo miedo. ¿Y si no hay nada? ¿Si después quiero regresar? Ya no podré. ¿Y si mi alma se queda atrapada en mi cuerpo? Encerrada. ¿Y si despierto a mitad de la noche y me encuentro en mi tumba? Voy a querer salir y me voy a desesperar, pero nadie me va a escuchar, ¡nadie! Y aunque grite fuerte ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí! No sabrán que estoy viva. Son cosas en las que no debo pensar.

Sigue allí, mirándome, lo acerco una vez más a mi mejilla, y lo deslizo lentamente recorriendo mis labios húmedos y bajando por el mentón, el cuello, el pecho y allí con los latidos retumbando fuertemente como si mis senos quisieran explotar, lo abrigo. No puedo negar que me atrae el sentimiento y éste desconcierto es excitante, puedo percibir que aún con el miedo rondando nos vamos compenetrando. ¿Será capaz de traicionarme? No… ¡No me puedes traicionar! Eso sería fatal.

El miedo se disipa, pero él continúa allí, firme, la única diferencia con las horas transcurridas es la sensación de seguridad que me da la noche y por primera vez mi voluntad se hace fuerte. Entre las horas nocturnas y el vaivén relativo del tiempo, mi voz se hace fuerte, fuerte por todas las voces que fueron débiles en algún momento, yo las tomo todas y les pongo mi nombre. Aún así, desafiante y temible, no se puede imaginar lo osada y valiente que me he vuelto con el trancurrir de éste corto tiempo y ya no me pienso ir. ¿Es acaso que estoy perdiendo la razón? ¿Estaré loca? ¡Dime algo! ¡Háblame! ¡No me asustas! ¿Me oíste? ¡No me asustas!

Estoy agotada, quiero dormir pero no puedo, he abierto la ventana para que el viento seque mis lágrimas y se lleve con él todos mis llantos. Lo miro, me observa, la brisa está helada. Nuevamente yo, vulnerable, siento como poco a poco voy abandonando mi cuerpo también indefenso. Los dos en el suelo, la luna llena y él, que me observa, me observa, me observa.

Escrito por gisella ballabeni

1975. Estudió Comunicaciones en Toulouse Lautrec en Lima-Perú. En sus inicios trabajó en Cine y Televisión . Actualmente se dedica al Marketing y Comunicación en Redes. Cuentos publicados: “Agente 486” en La Tentación de Escribir y “Me Tengo que Ir” en Sexo al Cubo (Antología de 27 relatos escritos por mujeres en Perú). Su propuesta tanto narrativa como poética está íntimamente relacionada a la sexualidad y al cuerpo femenino.