México vive uno de sus peores momentos de violencia en todo el país pero, es a través de las redes sociales y su uso como plataforma de denuncias, que la violencia de género ha cobrado más visibilidad.

En el país mueren siete mujeres por día a causa de feminicidios. La mayoría de ellos los han perpetuado las parejas sentimentales: esposos, amantes, novios pero también miembros de la familia, amigos y, en última instancia, desconocidos que acosan a las mujeres.

En este artículo me he enfocado a darle voz a las mujeres que han vivido violencia en la pareja y que han sobrevivido a episodios mayores. Muchas de ellas han vivido violencia económica, psicológica y física en sus relaciones.

Compartir sus testimonios es para ayudarlas a ellas a desfogar las emociones contenidas pero también sirve para que las mujeres que han vivido, o viven, en relaciones destructivas y dependientes sepan que no están solas y que compartir la experiencia ayuda a salir de un círculo vicioso o que, tal vez, leyendo estos testimonios puedan encontrar la fuerza suficiente para afrentar el problema, solucionarlo o pedir ayuda.

La mayoría pidió el anonimato, el cual se ha respetado en esta publicación.

Después de regresar de Atlanta, lugar al cual salí huyendo por las amenazas de muerte que recibí por parte de mi ex pareja y la cual, durante casi un año, juró ser el amor de mi vida, recibí  dos mensajes: uno a las 12 am y otro a las 3 am en donde me pedía que rezara por no topármelo, que no le importaba pisar la cárcel de nuevo y que yo era una “naca” y “mal parida”.

Dos semanas antes me pedía una última oportunidad de “hacer las cosas bien”. En sus mensajes, decía que no podía dormir que se iba matar , que me amaba mucho más que a él mismo.

Desde el inicio viví por parte de él infidelidades, drogas, alcohol, apego, sexo desmedido (violento), y al final golpes. Durante seis meses vivimos una relación tóxica: la primer golpiza fue por que, según el, no podía embarazarme (lleva 10 hijos regados con diferentes mujeres de los cuales no mantiene a ninguno).

La convivencia era sólo él y yo, nada al exterior porque no podía voltear a ver a nadie; porque incluso, se celaba por mujeres, decía que no me era suficiente con las cinco veces que teníamos relaciones que yo nunca llenaba.

Me golpeó tres veces y en una de ellas me puso un cuchillo en el cuello, casi me mata. Lo denuncié y puse dos restricciones pero él me espiaba, me acosaba, hace un mes salió de la cárcel con brazalete (entró por violencia familiar casi mata a la mamá de una de sus hijas), lo dejaron libre y su última amenaza fue; “Chingas a tu verga madre pendeja, te vas a arrepentir. Lo juro, al cabo que la cárcel ya la conozco, pendeja”.

Anónimo, Coahuila

Cuando conocí a quien hasta hace 3 meses era mi pareja, estaba segura de que con él sí quería tener hijos. Antes de él había pasado por una relación de la que salí huyendo por toda la violencia psicológica y todo el ninguneo al que fui sometida. Estuve también en otra relación en la que había mucha competencia intelectual y además forcejé para no ser una mujer sumisa y complaciente.

Durante años estudiar significó para mí un modo de fortalecerme, de compensar la pobre autoestima que yo misma permití que mis parejas fueran alimentando. Cuando ingresé a la maestría en la UNAM no sabía cómo hacer valer mi voz; confieso que ese proceso de liberación fue hermoso porque significó apropiarme de mis capacidades intelectuales, e ir trazando mis propias conquistas.

Estaba segura de que mi mejor arma eran un libro, pensar por mí misma y adoptar una postura frente al mundo. Y eso es lo que hice. Me costó trabajo levantar la mano y participar en mis seminarios de maestría, pero el espacio, mis profesores y compañeros eran simplemente fascinantes, y sabía que tenía que esforzarme para poder ser escuchada y valorada intelectualmente y lo logré: no sólo me titulé en tiempo y forma sino que además obtuve la Medalla Alfonso Caso al Mérito Académico.

Terminé mi maestría y conocí a mi ex pareja: un académico e investigador once años mayor que yo, con más de 10 años de experiencia y estabilidad laboral; sin hijos, extranjero naturalizado, seguro de sí mismo, noble y en fin… lo que parecía una maravilla.

Yo buscaba algo de paz y con él me sentía en un ambiente seguro y libre de ninguneo y competencia. Entonces supe rápidamente que quería que él fuera el padre de mi hija.

Cuando me aceptaron en el doctorado decidimos embarazarnos. Ponderamos lo que significaba tener una cría en medio de la demencia de la tesis. Mi hija fue deseada y fue muy amada desde la concepción. Cuando la nena cumplió 6 meses la metimos a guardería y yo continué con mis estudios.

Tener un bebé durante el doctorado implica varias renuncias y yo lo sabía. En ese tiempo no dicté cursos, no fui a congresos, publiqué poco, no asistía a seminarios: me dedicaba a mi hija, a mi esposo, a mi tesis y a cumplir con los lineamientos de la beca que me había otorgado el Conacyt. Mi entonces esposo estuvo ahí, compartiendo las tareas domésticas y cuidando de la niña, tanto como yo.

Un buen día yo me doctoré: lo hice en tiempo y forma y me gané una beca por haberlo hecho oportunamente. Días después de mi examen empezó mi verdadera vida académica: comencé a impartir cursos en una universidad privada y en la UNAM. No podía estar más feliz por el hecho de haberme integrado a la planta de profesores de una de las mejores universidades de América Latina y del mundo.

Trabajaba mucho por ingresos que eran ocho veces menos de lo que mi ex pareja ganaba. Yo hacía lo mismo que él; la diferencia era que él tenía plaza, yo no; él tenía 20 años de haberse doctorado, yo uno.

Mi carrera académica, como la de muchas de mis amigas, amigos y colegas, pintaba llena de sacrificios. Durante todo ese tiempo yo creía que pertenecía a un equipo y tenía el respaldo de mi entonces esposo para continuar. Pero él empezó a manifestar comportamientos extraños: se enfermaba mucho, me reclamaba que para mí lo prioritario era mi trabajo y no mi familia, que desconocía la incondicionalidad, y había descuidado a nuestra hija.

Un día, sin darnos explicaciones, hizo sus maletas y marchó. Antes me advirtió que debía desalojar el departamento en un lapso de 2 meses. Me exigió que tenía que hacerme responsable de mí y de algunos gastos de la niña, y además quería la custodia compartida.

En un inicio luché por mi familia y por la persona que yo consideraba mi compañero, a ese a quien le había confiado, durante 6 años todos mis deseos, mis proyectos, mis anhelos. Pero su silencio, su negativa a escucharme, su actitud controladora y su imposición de todas las condiciones de la ruptura fueron marcando su manera de violentarnos, sobre todo en el plano económico y en el de la indolencia.

Yo tenía mucho trabajo, pero no tenía lo suficiente para mantenerme a mí y a mi hija: pagar una renta y el transporte, comprar la comida. Busqué trabajo, busqué casa, busqué estabilidad para mi hija. Tenía algunos ahorros, hice cuentas y decidí migrar con mi hija al lugar donde nací y crecí y donde aún residen mis padres porque conseguí trabajo y necesitaba un piso de seguridad para que las dos recomenzáramos.

Para poderme ir tuve que demandar al padre de mi hija porque no accedió a que partiéramos cuando le expuse nuestra situación. Cuando las medidas preventivas del juzgado salieron a mi favor preparé la mudanza y en cuestión de días me despedí de más de una década de vida capitalina. Le dije adiós a mi tribu de amigas, renuncié a la UNAM y partimos.

Anónimo, Coahuila-CDMX

Lo conocí por el Face. Era conocido de unos amigos y pronto empezamos a salir al bar o al cine. Era cinco años más grande que yo y tenía buen trabajo. Me sentía segura con él y cuando me pidió ser su novia le dije que sí.

Al principio era bien romántico: flores, serenatas, peluches y todas esas cosas pero me mandaba mensajes a cada rato de que dónde andaba, con quién, que porqué no contestaba el whats.

Ahí empezaron los pleitos porque empezó a decirme que le caigan mal mis amigas y que no quería que saliera tanto con ellas, pero a mí me valió.

Salí una noche, creo que un viernes, a un bar de la zona rosa. Ese día no le contesté las llamadas, ni nada porque la noche anterior me había jalado del brazo cuando saludé a unos amigos. Me dijo que ahora que lo tenía seguro, ya andaba de zorra con cualquiera.

Estaba en el bar y ahí se apareció. Ni supe cómo. Me asusté porque me veía y la cara la tenía desfigurada de lo enojado que estaba. Me habló que fuera con él y fui, entonces me empezó a gritar y a jalarme para que nos fuéramos pero mis amigas nos vieron y fueron por mí.

No se quería ir y tuvimos que pedirle a unos señores que nos ayudaran. Se fue pero me dijo que se las iba a pagar. No le volví a contestar el celular. Del miedo a verlo sólo le mandé un whats diciéndole que hasta ahí habíamos llegado. Me mandó mensajes diciéndome “puta” y “culera”, que se las iba a pagar.

Eso fue hace como tres semanas y ahora no ando sola por la calle. Siempre ando o con mi mamá o mis hermanos cuando me voy al trabajo pero sí tengo miedo de que me haga algo y nadie se dé cuenta.

Anónimo, CDMX

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del Premio Internacional de Literatura Aura Estrada 2017. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.