¿Has visto los ojos del Infierno? Yo sí.

La lluvia arreciaba ese día. Los pajarillos se acurrucaban en torno a un árbol, el sonido de la tierra impactada por los charcos crecía a cada momento. La gente corría a guarecerse, ahí en el puesto de tortillas, cercano al parque Cuitláhuac. Los árboles azotaban y las ventanas se estremecían. Una cabeza se asomó a través de unas rejas. Cubierta del blanco mantel que colgaba del vidrio, Rebeca movía los ojos centellantes, su cabello negro caía sucio a través de su cuello amoratado. Toda ella era una piltrafa. Pero había algo en sus ojos, un destello de ilusión que transformaba aquella escena en un derroche digno de un romanticismo bohemio. Se diría, por aquellos ojos, que Rebeca esperaba a algún Romeo que entre el mar de lluvia le brindase una deliciosa serenata, al pie de un ventanal descuidado, acompañado por un mariachi vestido como Dios manda. La guitarra se asomaría y, al ritmo de un nocturno, el romance podría dar inicio. Algunos niños andaban entre los charcos, salpicando a sus compañeros de inocentes travesuras. Las risas que se enlodaban corrían del otro lado de la ventana.

Un leve chirrido de la puerta asustó a Rebeca, su hija comenzó a llorar. El reloj marcaba las cinco de la tarde, era demasiado temprano para la aparición, aún no era su momento. Cuando el reloj marca las siete, el monstruo se vuelve demente. Pero todavía no son las siete. Un escalofrío corrió por su cuerpo. La puerta abierta delataba la temible irrupción. Rebeca miró de reojo, con el miedo que embarga al sentenciado a muerte. Nada. Parecía que la puerta se hubiese abierto sola. Un chiflón entraba por ese lugar. Nada de fantasmas ni monstruos. Respiró aliviada. El pequeño castillo en el que vivía contaba con muchas leyendas, entre ellas la de un monstruo que se aparecía todos los días, por ahí de las siete de la noche, cuando los grillos comienzan a esparcir sus cánticos en el levitar de la luna. Su hermana Gabriela afirmaba haber visto tan terrible creatura. Rebeca no creía del todo en esas cosas, pero, por si las dudas, trataba de dormirse un poco antes de la hora marcada, para así evitar entrar en comprobaciones innecesarias. Su hermana dormía junto a ella, en la misma cama, y su hija, a un costado, bebiendo de la cálida leche materna, exhalada de un pezón todavía pueril. Los aldeanos siempre parecían tan distraídos en sus menesteres, iban y venían, sin importarles la historia que se fraguaba dentro del palacio. Ojalá ella pudiera estar ahí, afuera, y no recluida en la celda a la que sus guardias llamaban aposentos. Su hermano, el príncipe, salía todos los días, buscando dragones que cazar, para después vender su piel y conseguir algo de alimento que llevar a casa. Rebeca pensaba todo esto cuando una risa helada se coló por sus entrañas.

Fue una de esas risas que, por sí solas, son capaces de matar. Veneno puro. Rebeca recordaba y una risa fulminante destrozó la paz que rodeaba su corazón. Tenía la sangre entumida en los huesos. Se tapó los ojos y estrechó a su bebé contra su pecho. Era el monstruo, no cabía duda. Estaba ahí, frente a ella, colado entre las cuatro paredes, con un olor a tabaco rasposo y sosteniendo una sonrisa espantosa. Su pelo era del mismo color que su piel, como una tortilla quemada en el comal, sus dientes afilados y chuecos, su cuerpo corrioso como el maizal de finales de verano.

Unos pasos sonaron, acercándose, enterrando la esperanza. Rebeca quería gritar, pero eso de nada hubiera servido, sólo un insulso destello de miedo, que nada práctico contenía en su esencia. Ahogó la respiración, esperando el zarpazo que desgarrara su vida. Apretó más a su hija contra sus senos semidesnudos. ¿Qué sería de ella? Crecería huérfana, sola en aquél castillo laberíntico y cerrado, del que nunca podría escapar. Y algún día el monstruo regresaría por ella, listo para devorar su fresca sangre, listo para herir sus sueños infantiles. Esto pensaba Rebeca, cuando el ruido cesó. Las pasos callaron por un momento, sólo para reanudarse pero hacia lo lejos. El monstruo se alejaba. Quizá fue el retrato de la Virgencita el que ahuyentó la malas mañas de aquella bestia, al fin se decía que esa cuadrito era milagroso, una magia poderosísima. Por eso el monstruo se había ido. Rebeca suspiró, vio que su hermana dormía ajena a todo aquel alboroto. Tomó a su hija por los brazos y le dio un beso en la frente, la niña apenas y se movió. Esbozando un remedo de sonrisa Rebeca acostó a la niña y le dio las buenas noches, pidiendo a la Virgencita que alejara a los demonios de aquella cuna de ilusiones. Esto hacía Rebeca cuando los pasos volvieron a sonar, pero ahora más estruendosos, como cargados de piezas de metal. Sonaron los pasos hasta colocarse en su espalda. El monstruo rio con furia desmedida. Fue un rugido colérico. Los niños lloraban ya, su hermana se incorporó de un respingo, tapándose los ojos para no ver (o para que no la viera) semejante aparición. Un tubo reventó la conciencia de Rebeca. Sus palabras ya no pudieron asirse a nada, ni siquiera para escupir el dolor que sentía. Sus huesos comenzaron a deshacerse a cada nueva mordida, la sangre le manaba de la nariz, pero también de la boca, de los oídos y hasta de los ojos. Rebeca vio a la Virgen ahí parada, detenida en un instante, indiferente ante su dolor, pero estirándole los brazos en busca del paraíso. Rebeca cogió sus manos y pidió por su hija. Unos ojos se filtraron en su alma, ya cada vez más lejana a ella, unos ojos inexpresivos y vacíos, unos ojos cargados de Nada, que olían bien chamuscados. Esto veía Rebeca cuando cayó sin vida en el suelo del palacio en el que había vivido hacía varios años sin nunca poder sentir nuevamente el color del sol sentado sobre su cuerpo. Lástima que su súplica haya sido denegada por quien quiera que esté allá arriba, donde la Virgencita hizo la petición; pues ahora ése, su cuerpo, abraza otro cuerpo inerte, apretándolo nuevamente contra sus pechos, pálidos como la leche que un día le dio de beber. Ahora otra vez te pregunto, ¿has visto los ojos del Infierno? ¡Qué lástima que yo sí!

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales.