Es increíble cómo de en lo cierto estaba Gérard Genette en su enunciación del paratexto. Desde que me explicaron qué era y cómo se suponía que actuaba no tuve ninguna duda de que era realmente cierto, pero nunca había sido consciente desde entonces de cuánto afecta.

El paratexto es, básicamente, todo lo que enmarca el mero texto de un libro. Es decir, en palabras del mismo, aquellas partes del libro «que no sabemos si debemos considerarlas o no como pertenecientes al texto, pero que en todo caso lo rodean y lo prolongan precisamente por presentarlo». Siendo más concretos: «título, subtítulo, intertítulos, prefacios, epílogos, advertencias, prólogos, etc.; notas al margen, a pie de página, finales; epígrafes; ilustraciones; fajas, sobrecubierta, y muchos otros tipos de señales accesorias».

El Perfume de Patrick Süskind llegó a mí por una mano misericordiosa que se apiadó de que me hubiera dejado mi libro y me esperaran cinco horas y media de trayecto de tren hasta llegar a mi casa. Sin embargo, mi primera reacción al coger el volumen fue un fugaz escalofrío y un prolongado rechazo: El Perfume venía en la edición de Booket cuya portada es la de la película. El volumen lucía en un rótulo «La historia de un asesino: Bestseller» que no hacía sino potenciar el rechazo primero. Además, por si con eso no fuera suficiente, ostentaba orgulloso: «La novela que ha inspirado la película».

«Vaya», pensé, «lo mejor que me pueden decir de él es que alguien en algún momento decidió arrebatarle toda literariedad para llevarla al plano visual, que cuesta menos esfuerzo digerir». En resumidas cuentas, cuando entré a la muy alabada novela de Süskind lo hice con muchos, muchos, muchos prejuicios.

Pero entré. Y, como dicen, toda expectativa tiende a ser frustrada.

Desde un inicio me molestó profundamente la voz del narrador, que no deja nada abierto para la crítica del lector: se lo da todo masticado, todo claro y resuelto, como si creyese que quien le lee carece del coeficiente intelectual suficiente para llegar a las conclusiones si solo deja entrever ciertas cosas; o como si, aún peor, temiese que no se interpretara clara y explícitamente lo que él desea. «Es un narrador fascista, y me molesta. El libro tendría más jugo si me tratara un poco menos como si yo fuera retrasada». Lo atribuí, sin dudarlo, al hecho de que fuera un bestseller. Es el tipo de narrador que la gente quiere. No quieren pensar, solo engullir. No puse en tela de juicio, en un principio, si aquello era un efecto buscado.

Mis prejuicios iban poco a poco viéndose reconocidos. Los personajes me parecieron planos, sin profundidad psicológica, meras caricaturas, prototipos vacíos; la historia se movía “a golpe de guión” (evidentemente, pues era la novela que había inspirado la película y nada más) y mi interés por «la historia de un asesino» que parecía no empezar a matar nunca iba disminuyendo. De hecho, si no hubiera estado encerrada en un vagón del AVE a 300km/h, sin acompañante ni ventanilla (a pesar de estar en el lado en que tocaría que hubiera una) y con a penas batería en mi móvil, hubiera abandonado el libro. Pero no lo hice. Simplemente detuve mi lectura un rato y miré a través de mi pared cómo dejábamos atrás Andalucía. Quizá, y solo quizá, estaba bajo el efecto de El Temible Terrible Paratexto. Y volví a empezar.

Esta vez me esforcé en prescindir de cómo venía lo que leía y entré de lleno. Y funcionó, o eso creo. Y lo acabé. Y, ciertamente, mi horizonte de expectativas fracasó.

El narrador-dictador crea el efecto de un cuento, una leyenda popular. De que aquello que nos cuentan no puede ser real, tal y como le sucede al pueblo cuando les presentan el rostro de su asesino. Igual que Voltaire hacía en su Cándido y analizaba Auerbach en Mímesis, Patrick Süskind altera la realidad por medio de una simplificación de las causas de los problemas: azar, fenómenos naturales, actividad humana (maldad y sobre todo estupidez) pero nunca busca la justificación histórica. Da por obvio que ningún hombre cree en una ordenación interna de los sucesos. Toda justificación es que a cualquier hombre puede pasarle cualquier cosa que esté de acuerdo con las leyes naturales. De este modo consigue dar la sensación de contar algo suave, ligero y hasta entretenido cuando el contenido no puede estar más alejado de eso.

Otro punto que cabe destacar es el papel de loco de Grenouille. Si nos alejamos un segundo de la etiqueta que mi terrible edición le ponía ya en la portada de “asesino” -lo es, no pretendo quitar hierro a los asesinatos que comete- y tratamos de analizarlo, nos damos cuenta de que en realidad, Grenouille despierta, si no nuestra antipatía, sí nuestro rechazo desde prácticamente la primera línea del libro. Eso es debido a que él se subjetiva (es decir, se convierte en sujeto, en persona) de una manera distinta a la nuestra y a la de todos los demás.

El individuo resulta sujeto cuando hace experiencia del mundo que le rodea y Grenouille hace experiencia del mundo a través del olfato. El resto de sentidos carecen de importancia para él. Cuando es niño aprende a hablar a partir de lo que huele. Lo que no huele no sabe nombrarlo y, de igual modo, conoce olores cuyo nombre desconoce. El libro plantea una nueva dimensión en que el olor es el sentido dominante, es la verdad. No es que Grenouille proponga otra forma de, es que Grenouille es el único portador de la verdad. Así, donde todo el mundo cree ver una mujer con pechos, cabellera y rostro armónico, él detecta qué es en realidad la belleza que desprende: su olor.

Y que sea el olor es determinante: si el sentido que Süskind hubiera escogido hubiera sido el oído, no nos hubiera impactado tanto. Tenemos artes plásticas como la pintura o la escultura y artes musicales, pero no se encuentra, hasta el momento, entre las artes principales, una que se centre exclusivamente en el olfato.
Al inicio de la novela, el narrador afirma «las palabras que no designaban un objeto oloroso, o sea, los conceptos abstractos, ante todo de índole ética y moral, le presentaban serias dificultades».

Nietzsche afirma en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral que las palabras que usamos están vacías, desgastadas y que no hacen referencia a nada en concreto sino que forman parte de una convención adoptada por interés. Afirma que los conceptos no pueden representar nuestras experiencias ya que estas son siempre individuales y únicas y los conceptos siempre los mismos para todo el mundo y durante la historia. Esto le ocurre a Jean-Baptiste: no entiende por qué solo llamamos leche a un brebaje que según su temperatura o la vaca de la que proceda huele distinto. Para él la leche fría y la caliente son cosas completamente distintas.

Grenouille es “malo” porque no encuentra su lugar en un mundo que se regula de distinta manera a la suya. No entiende las nociones de bien, mal, justicia, amor y odio porque no participan de su manera de subjetivarse, y por eso se obsesiona primero con encontrar un perfume que le permita pasar desapercibido y después con uno que le haga gustar y encandilar a la gente.

El Perfume es la evidencia de que no existe una verdad ni una visión del mundo y que, pese a ello, siempre hay una que trata de imponerse y predomina.

El hecho de que Süskind escriba en 1985 un libro situado en el siglo XVIII pone sobre la mesa que el problema Ocularcentrista (la visión es lo que ordena el mundo) que empezó a desarrollarse por aquel entonces sigue aún vigente. El Perfume es, pues, quizá una alegoría de nuestra propia problemática social.

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Escrito por Laura Benedicto

Nacida en Barcelona, España, en 1999. Actualmente cursa la carrera de Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona, donde trabaja la teoría literaria y la literatura comparada. Además, forma parte del Círculo de Escritura y Crítica (CEC) y se inicia en las artes plásticas. Escribe en su blog personal laesenciadelaura.wordpress.com y fue ganadora del segundo premio en el Concurso Nacional Jóvenes Susurros de relato corto. Para ella, el arte es el lenguaje de la vida.