Vanesa, ¿adiviná qué? Vamos muy animadas, caminamos lento por una ciudad oculta, casi desconocida. Reímos fuerte hacia el cielo y de pronto leemos este pasacalle: “No hace falta ser la causa para defender la causa”. Entonces, te pregunto: ¿somos causas y/o consecuencias?

VAN: —Me siento inclinada a sospechar que la mayoría de las veces somos aleatoriamente una cosa y otra. La vorágine desenfrenada de la noche, su desorden radical y su confusa borrosidad, nos van convirtiendo poco a poco en el por qué, mientras que, indefectible y hasta por momentos mórbidamente, a primera hora del día, cuando la abstracción concluye, devenimos en las secuelas imborrables de los por lo tanto. Ocurre que, en nuestro afán por ser el motivo –el fundamento natural de todas las cosas- olvidamos que hay un desenlace demasiado próximo que atender, y que a las consecuencias siempre hay que pagarlas o, en el mejor de los casos, atenerse lisa y llanamente a ellas.

¿Cómo se defiende una causa? ¿Con qué herramientas?

VAN: —Se puede defender la causa con la misma indiferencia con que se defienden los vidrios que dan a la calle los días más crudos de un vendaval o, muy por el contrario -y haciendo un uso deliberado y abusivo de nuestro perfil más quijotesco- se puede defender la causa tomando alguno de los toros por las astas (o bien todos), vociferando en cada calle la confirmación in situ de nuestra presencia, dando palmas en las puertas de todas las casas, o montando un escándalo colosal en los sectores VIP de todas las plazas. En definitiva cuando el propósito urge, el método, su origen y sus excepciones, terminan siendo indistintos.

¿De dónde nace tu voluntad?

VAN: —Ahora que me lo estás preguntando, me doy cuenta de que siempre he dudado de su poco razonable procedencia. Imagino que algún mecanismo ingenioso e imperceptiblemente místico de propulsión intelectual y metafísica nos mantiene siempre tenaces y resistentes (nos hace seres “de voluntad”). En lo que a mi caso particular respecta, existe una fuerza innata, sí, que supongo inexplicable y que acompaña con envidiable perseverancia cada uno de mis movimientos.

¿La paranoia es una buena defensa?

VAN: —Polémico asunto. En rigor, toda perturbación mental es buena defensa. Corresponde, por simple buena educación, darle a un noble desequilibrio un poco de crédito como posible pretexto (para esto o para aquello). Aunque por supuesto -resulta esto obvio– siempre se corre el riesgo de que se demuestre lo contrario.

¿Qué actos construyen empatía, solidaridad, comunidad?

VAN: —Los actos de amor. Todos y cada uno de ellos, sin lugar a dudas. Y ya que estamos en plan “revelaciones”, te confieso que renegué de toda la cuestión cursi durante mucho tiempo. Con los años supe cuán importante era, cuán fundamental se va haciendo a medida que crecemos, a medida que nos vamos decidiendo a ser menos “máquina” y más “persona”, a medida que nos vamos atreviendo a marcar la diferencia.

¿Por qué -para algunos- nuestras diferencias culturales y de género funcionan como abismos llenos de miedo?

VAN: —Me parece que se trata de un asunto puramente lingüístico. Las personas estamos acostumbradas a temer a ciertas palabras. Nos cuestionamos ciertos conceptos sin advertir que no son más que eso: meros conceptos. Cuando era chica, mi abuela y yo solíamos caminar por las grandes peatonales y centros comerciales de la ciudad en que vivíamos. Por todos lados veíamos decenas de turistas formados en fila, pacientemente esperando quién sabe qué cosa. Si bien algunas de estas hileras humanas tenían un sentido (eran para el cine, un restaurante o algún espectáculo teatral), mi abuela tenía una interesante teoría: la mayoría de ellos no sabía con exactitud porqué estaba allí, formado cual soldadito de artillería. Bastó comprobar esto un par de veces, parándonos detrás del último y preguntándole para qué era esa fila. En efecto, no lo sabía. Pero tampoco parecía inquietarlo este desconocimiento. Otras veces, éramos nosotras las iniciadoras de una fila: nos quedábamos de pie, conversando en la mitad de una calle, simulando estar a la espera de algo. Personas desconocidas se paraban detrás nuestro sin pedir la menor explicación. Mi abuela y yo reíamos a carcajadas. Ella quería enseñarme acerca de la flojedad de escrúpulos del género humano, de la penosa pero real carencia de sensibilidad lógica. Y quería, naturalmente, que aprendiera a reírme de todo ello (acaso tomarlo a risa lo haría menos terrible). Con este caso de las “diferencias” sucede lo mismo. Si digo “cárcel a los homosexuales”, el concepto (no olvidemos: formado por palabras), va a pesar lingüísticamente y muchos se van a parar atrás mío a hacer la fila. Pero exactamente lo mismo va a ocurrir si digo “viajes gratis al Caribe a los homosexuales”, “la sexualidad de las personas me tiene sin cuidado” o “los cronopios son mejores seres metafóricos que los famas”. El desconocimiento y la ignorancia sistemática son los verdaderos abismos. Incluso el miedo es menos peligroso. Yo albergo secretamente la esperanza de que todavía estemos a tiempo de llenar esos abismos con otra cosa o, en última instancia, de erradicarlos por completo.

Ya las preguntas dejan de rolar su espiral. Tus palabras quedan guardadas para siempre en un éter donde todo tiene su justa medida. Esto nos gusta, detenernos a ver –como un contador de caracteres- cuántas veces por letra vamos reclamando justicias.

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Vanesa Almada Noguerón nace en la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), en 1980. Tiene estudios en Letras y en Gestión Cultural. Actualmente, reside en la ciudad de Mar del Plata.

Su labor literaria ha recibido diversos reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional, entre los cuales se cuentan el Premio Poesía de las Américas (2008),  Premio Municipal de Cultura CMC (2012), Premio Latin American Intercultural Alliance (2013) y Premio Raúl González Tuñón (finalista, 2017).

Parte de su trabajo se encuentra disponible en las revistas de creación literaria Desnuca2La AvispaSEA Digital (Arg.), Pangea (Ciudad de Salamanca), Ergo (Universitat de València) y El Humo (Querétaro, México), así como también en diversas antologías poéticas de Europa y Latinoamérica: Colectivo Literario Ó (Puerto Rico; Erizo Editorial, 2012), Poetas y Narradores Contemporáneos (Buenos Aires; De los Cuatro Vientos, 2013), FIPA (Mar del Plata; Editorial Martín, 2014), Entre realidades y poemas (CABA, Editorial Dunken, 2015), Poetas Argentinas (Euskadi; Biblioteca de las Grandes Naciones – Colección Digital, 2015), La Juntada-Festival de Poesía Joven Argentina (Buenos Aires; Ediciones La Guillotina, 2015-2016), El Círculo (Lima; Submarino Ediciones, 2017) y Ahora que calienta el corazón (Madrid; Verbum, 2017), entre otras.

Forma parte de la Red Federal de Poesía y colabora en Liberoamérica, revista y plataforma literaria. Recientemente formó parte del FIPMAD (Festival Internacional de Poesía de Madrid, 2017).

De su autoría: Entre los ruidos© (Baldíos en la Lengua, 2015), Quemar el fuego© (Autogestivo, 2017).

 

Escrito por Yanina Giglio

Yanina Giglio nació en Buenos Aires, Argentina en 1984. Lectora serial que escribe, investiga, experimenta y vuelve a empezar. Incansable. Apasionada por el desarrollo de procesos creativos. Ha realizado estudios en Ciencias de la Comunicación Social en UBA. Obtuvo un PGCert en "Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación" por FLACSO. Es miembro fundador de Odelia editora. Coordina talleres de lectura y escritura creativas. Actualmente estudia Artes de la Escritura en UNA y el curso universitario superior "Neurociencias y educación: hacia una pedagogía del asombro" en la Universidad de Morón. Publicó: Abrapalabra: licencia para hablar (Entrelíneas UBA, 2014); La Do Te (Editorial Alción, 2015); Recuperemos la imaginación para cambiar la historia -Antología- (Proyecto NUM-Editorial Mansalva, 2017); Liberoamericanas. 80 poetas contemporáneas -Antología- (Editorial Liberoamérica, 2018). Colabora como periodista cultural en www.cineyliteratura.cl y www.liberoamerica.com y como crítica literaria todos los miércoles en el programa "Sentipensantes" por Radio Universidad Nacional Arturo Jauretche.