Gabriel había llegado dos horas atrás completamente borracho; tiró su ropa al piso, en un estruendo de monedas y llaves. Luego se deslizó en la cama aparentando sigilo. Le dijo algo ininteligible a Judith, algo inusual que terminaba en, mencantschapara. Ella estaba desnuda, tal como acostumbraba dormir en el verano. El cuarto se llenó de ron. Gabriel intentó coger pero no pudo, se quedó dormido a los pocos minutos y su erección poco a poco se fue marchitando bajo la sábana.

Judith se levantó, recogió su cabello con una dona elástica y se dirigió al baño. Acostumbraba quedarse largo rato sentada en la taza revisando su teléfono, hasta que el frío envolvía sus piernas o hasta que Gabriel o alguna de sus pequeñas le pidieran turno a gritos. Ahora estaba meditando acerca de lo que estaba resuelta a hacer. Tenía suficientes razones para aprovechar el momento, sólo que sabía que no habría retorno, el que busca encuentra Judith y vas a encontrar. Eso le había dicho su prima, cuando le habló de las sospechas que tenía. Quizá sea mejor que lo dejes así. Luego hizo una pausa para tomar café y, sin bajar la taza de su rostro, estiró su dedo. Piensa en ellas. Las niñas armaban una gran torre de bloques en la salita del departamento en compañía de su primito. Yo quizá hubiera preferido no hacerlo, quién sabe. Clavó su mirada en el pequeño. Mejor búscate un cabrón y hazle lo mismo.

Pero ella no hizo nada de lo que le sugirió su prima, bueno, decir que no hizo nada significa que no consiguió un amante confiable. Como mujer y madre, pensaba, no era la misma situación que un hombre; sobraba decir los porqués. Primero llamó a Felipe, su ex amante durante el noviazgo con Gabriel. Nadie la había tratado con tanta delicadeza, con romanticismo, incluso. Cuando al fin respondió a sus mensajes disimulados, fue tajante. No, Judith, te agradecería que no me busques, tuve muchos problemas por nuestra situación y ahora estoy realmente bien. Cuídate. La segunda opción era algún ex novio. Meditó por varios días cuál era la mejor opción. Al final probó con uno de muchos años atrás, quizá porque consideraba que lo que se pudieron hacer de daño en las separaciones era nada en comparación con los que le siguieron y, más que nada, estaría poco relacionado con su vida actual. Fue fácil llamar su atención. Todos los hombres quieren coger, eso es lo fácil, si una quisiera, a la vuelta de la esquina, prima. Ahí están. Y fue fácil, el cachondeo por teléfono fue intenso y le hizo sentirse bien, deseada y, aunque le molestara reconocerlo, bonita; sin embargo pronto olió el peligro, justo antes de coincidir con él, el tipo se atrevió a escribirle durante una noche, diciéndole que ya no podía esperar más y ansiaba tenerla cuanto antes, más una foto de su pene. ¿Qué pasó? Nada, es Yuli. ¿Qué quiere tu prima? Preguntó Gabriel adormilado. Parece que va a volver con Héctor. Ah, pues está bien, pero no son horas. Lo bloqueó de inmediato.

Cuando observaba a Gabriel aún se le figuraba ver algo de aquel chico alto y apuesto, de sonrisa afable y cortés. Ese que había cumplido todo el deseo familiar de un esposo ideal para ella. Un hombre guapo, de tez blanca y cabellera ondulada. Encajó desde el primer instante en las reuniones familiares y atrajo a los sobrinos a sus juegos. Podía platicar por horas con su madre haciendo cientos de preguntas del álbum familiar y siempre dispuesto a salir con Judith por la cena para todos, cuando no llegaba ya con ella. Hablaba frecuentemente acerca de los casos que llevaban en el bufete donde había iniciado su carrera de abogado. ¿Usted cree, señora? Pues, así es la gente ahora, mijo. Judith se limitaba a posar sus manos sobre las de él y a apoyarse en su pecho. Gabriel odiaba hacer muestras de cariño irrespetuosas frente a familiares. Tocaba la puerta y al abrir, aun cuando nadie los viera, Judith recibía un hola mi princesa y el roce de sus labios. Al principio se sintió incómoda con esa actitud distante, incluso dudaba de su autenticidad, pero pronto le pareció un rasgo halagador. Ese era el hombre con el que debía casarse.

Todavía no se embarazaba de Gaby, cómo iba a embarazarse, pensó, si no la tocaba, cuando Judith le confesó su infidelidad.  Su intención fue provocar que reaccionara, desatar sus celos, su ira, sacarlo de esa ecuanimidad eterna, pero Gabriel se limitó a escuchar su confesión frente a la cafetera, midiendo cuidadosamente la carga de café y agua. Ella concluyó bañada en llanto, sin que él la interrumpiera en ningún momento. La cafetera gorgoreó y como una locomotora exhaló su última bocanada de vapor. Gabriel llenó una taza y se la extendió a Judith, la miró sobre sus gafas sorber ruidosamente. ¿Con qué intención me lo dices ahora? Tomó otra taza y vio que el fondo tenía polvo, sopló con fuerza. ¿Para qué, Judith? Te escucho, y abrió una vez más el surtidor de café.

Después de esa crisis él cambió, se tornó atento y cariñoso, vinieron las niñas. Ella le prometió nunca volverlo a engañar y dejó de trabajar. Prométetelo a ti misma, a la que engañas es a ti, no a mí, cielo. También dijo algo así como, dar confianza sirve para uno mismo no para el otro.

Pero desde hacía cosa de seis meses Gabriel había cambiado por completo. Cada vez llegaba más tarde a casa; hasta que encontró el pretexto para faltar definitivamente por noches enteras. No nos alcanza, cielo, ya me metí el carro a UBER. Judith, a pesar de dedicar su vida a atender el hogar, sintió vergüenza por su inutilidad para apoyar económicamente a la familia. Había dejado de trabajar años atrás y no veía la forma de evitar que él se matara por el dinero faltante. Se sentía una carga pesada que incluía a sus hijas. Sabes, amor, puedo vender desayunos afuera de la escuela, muchas mamás que trabajan los mandan así, en blanco. Puede ser, pero ya está decidido.

De ese modo fue que sus ausencias se prolongaban cada vez más. Los fines de semana era particularmente difícil verlo. Los viernes cenaba con las niñas, se daba un baño y se despedía de Judith. No hay que desaprovechar, los viernes son los mejores, mi vida. Cuando regresaba al amanecer parecía descansado, no caía a dormir para recuperar el sueño, sino que deseaba salir con las niñas o ver por horas partidos de futbol de ligas europeas. Además era notorio que no dejaba un momento solo su celular y le habilitó el boqueo con huella. Pues tiene otra, Judith. No mames, es obvio y todavía llega borracho. Pues de cuándo acá toma. Eres ciega o te haces pendeja. Lo del alcohol era otro asunto de reciente aparición. Gabriel lo justificaba en el hecho de que debía de integrarse más en el despacho para poder obtener un mejor puesto. Así es el mundo este de abogados, lamentablemente, los ascensos se arreglan en la cantina o en la cama, tú lo sabes bien, Judi… Ese tú lo sabes bien era como un balazo a quemarropa que él, con una sonrisa amarga, le propinaba en cualquier ocasión para dejarla en silencio.

Suspiró profundamente y, como acto mecánico, tomó un poco de papel higiénico que arrojó al inodoro y tiró de la palanca. Mirando el remolino que  devoraba el papel asintió varias veces y cerró la tapa. Fue al cuarto de las niñas, como lo hacía todas las noches. Gaby se había descobijado totalmente y Brenda yacía en una posición incómoda al pie de la cama. Las arregló a ambas entre arrullos y besó sus mejillas sudorosas y enrojecidas. Después se dirigió a su cuarto. Gabriel estaba desnudo boca arriba roncando profundamente, las cobijas tiradas en el piso junto con su ropa. El calor había incrementado y el olor a alcohol también. Judith prendió la lamparita de noche de su lado de la cama y se sentó un momento. Recogió el pantalón de Gabriel; de los bolsillos sacó su cartera, las monedas que no habían rodado por el piso y su teléfono. Colocó todo en la mesita. Enseguida tomó con suavidad la mano izquierda de Gabriel. Acercó el teléfono; activó la pantalla y, en el espacio de la huella, posó el dedo índice desfallecido de su marido. En el techo se proyectaron las sombras de sus manos, parecían entrelazadas. Judith se incorporó de la cama lentamente; apagó la lámpara de noche y con la luz del teléfono alumbró sus pasos al baño. En el cuarto en penumbras se escuchó el cruce del seguro de una puerta y, unos minutos después, una voz serena, apenas audible. Sí, su esposa. Ella habla.

 

Escrito por Sergio Gonzalez Osorio

(Estado de México, 6 de julio de 1981). Soy Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. He publicado narrativa y poesía en revistas como Opción (Revista del alumnado del ITAM), Revarena, A buen puerto, Círculo de poesía y Operación Marte. Recientemente publicó su primer libro de relatos breves: Ámbar, con Ediciones Periféricas.