Desde hace años tengo una afición que quizá podríamos llamar la «física divulgativa». Desde el remanso amatemático de una profesión de Letras, con frecuencia me gusta hacer descansos para aprender sobre la radiación de Hawking, el bosón de Higgs o la definición de espín según se explican en libros o documentales a cargo de Michio Kaku, Neil DeGrasse Tyson o el ya legendario Carl Sagan. Vi completas series como Cosmos (en sus dos ediciones), Wonders of the Universe o Through the Wormhole, sitcoms como TBBT y, de unos años para acá, no dejo de seguir el fenómeno mediático de Elon Musk y su apuesta de SpaceX para la colonización de Marte. Recientemente, además, he descubierto que esta physics fever se está extendiendo en un nuevo formato divulgativo consistente en toda una maraña de canales indie de YouTube como PBS, MinutePhysics, Seeker, Curious Droid, Physics Girl o The Science Asylum. Estos espacios alternativos permiten acotar temáticas específicas dentro del amplísimo espectro de la física y explicarlas de forma relativamente aislada, con lo que cualquier persona puede ir construyendo su propio recorrido de aprendizaje saltando de un vídeo a otro según prefiera. La articulación de los estudios sobre la luz en forma de onda o partícula podemos entenderla entonces desde prismas diferentes según nos la expliquen Henry Reich o Nick Lucid, y es justo en esta variedad donde los aficionados ganamos en comprensión y en disfrute. Se trata además de un formato donde sus autoras y autores mantienen un contacto muy cercano con su público y donde es cada vez más frecuente el uso las bromas, los juegos de palabras y el humor naîve para agilizar las explicaciones e incluso para clarificar conceptos que de otro modo serían algo más complicados de entender.

A mí me resulta muy sorprendente que el humor tenga tan buena recepción en la física divulgativa y que sin embargo sea tan difícil encontrarlo dentro de la literatura contemporánea, al menos a grandes rasgos. La burla, la ironía, la broma, el juego o el simple disparate fueron auténticos protagonistas en etapas anteriores de las letras universales, pero están pasando por una época complicada en unos años donde la pauta literaria la viene marcando un discurso postmodernista cada vez más alejado de la teoría literaria y más próximo a la sociología, el periodismo, la política y el marketing. Quizá por esto, dos de los principales referentes que me vienen a la cabeza a la hora de utilizar el humor desde posiciones literarias —Terry Eagleton desde la teoría y Juan Pablo Villalobos desde la narrativa— lo aplican con frecuencia para advertir de los excesos hegemónicos de un postmodernismo que cada vez está más enlazado con las pautas de un mercado capitalista al que nunca termina de criticar del todo. Se trata de un mercado que percibo cada vez más saturado por los textos narrativos y poéticos de protesta social no-de-clase y de culto al cuerpo propios del postmodernismo —algunos de ellos realmente brillantes y otros algo más repetitivos, como ocurre siempre en cualquier movimiento—, donde se hace cada vez más difícil y más arriesgado proponer los discursos de lo alegre, lo bromista, lo naîve o lo marxista, incluso en los casos en los que buscan reforzar las ideas postmodernistas. En consecuencia, los textos que exploran estas alternativas suelen espantar en los procesos de selección editorial y sólo logran salir a flote en determinados casos puntuales —por ejemplo el mismo Juan Pablo Villalobos— en los que, por lo excepcional de su propuesta, su éxito en ventas tiende a sobrepasar las mejores previsiones.

Como imagino que han hecho muchas personas en sus vidas, yo comencé a leer desde muy niño gracias a los cómics: desde los míticos Zipi y Zape o 13 Rue del Percebe hasta Mafalda, Calvin & Hobbes, Astérix y Obélix y más o menos todo lo que me iba cayendo en las manos —salvo los de Tintín, que eran muy caros—. Después vendría el paso natural a la narrativa y con ella docenas de novelas de Agatha Christie, Michael Crichton, Margaret Weiss, Stephen King y demás best sellers que iba consiguiendo en mercadillos o en casas de amigos, donde el misterio, la aventura, la intriga y la sorpresa de mis primeros cómics cobraban nuevas formas y proponían recorridos diferentes por otras épocas, otros lugares y otras formas de utilizar el lenguaje y la estructura narrativa. Para ese entonces la literatura ya había ganado un lector más y el siguiente paso vendría con las epopeyas homéricas, el Quijote, el Ramayana, el Lazarillo, el Corán, el teatro del XVII, la novela del XIX, las vanguardias del XX y, en fin, más o menos el corpus formativo introductorio que cabe esperar de una persona que ya está abocada de cabeza a los estudios literarios. No sé en qué momento de ese recorrido, sin embargo, se perdió el humor que nos hacía reír en aquellos primeros cómics y que siempre estuvo más o menos presente en La Celestina, en Sor Juana, en Gógol, en Joyce, en Cortázar, en Clarice Lispector o en Margo Glantz. Es decir, sé que no sé perdió del todo, y sé que hay libros sumamente graciosos en las librerías firmados por Ignatius Farray, Germán Garmendia, El Rubius y demás, pero dentro del corte de estudio que acostumbramos a hacer desde la Academia tendemos a omitir esas propuestas y a generar un corpus literario cuyo contenido artístico y social está muchísimo más elaborado y donde el humor suele estar francamente ausente. Y yo, que comparto mucho esta preferencia, no termino de entender por qué la construcción del corpus de la literatura de nuestro tiempo tiene que pasar tan únicamente por el modelo postmodernista, o al menos por qué tiene que hacerlo tan imperativamente desde el tono tan homogéneo y tan monótono que está cobrando en los últimos años. Quiero hacer notar en este punto que no cuestiono el afán de intervenir sobre la realidad y de tratar de cambiarla para mejor, sino todo lo contrario, y pienso que mi trayectoria me avala en este sentido. Simplemente digo: ¿es necesario que esta acción transformadora ocurra con tanta frecuencia desde cánones postmodernistas tan repetitivos? Es decir, ¿hace falta que sea siempre y únicamente así? Quiero recalcar mucho esto: mi cuestionamiento no se dirige hacia las autoras y autores que eligen expresarse de este modo, porque yo sigo estudiando, admirando y divulgando muchas de sus obras. Mi cuestionamiento se dirige hacia el mercado editorial que busca construir un monopolio con este tipo de voces, silenciando en el proceso a muchas otras y castigando con dureza la creatividad y la diversidad literarias. Y quiero recordar en este punto que una de las principales reivindicaciones de la literatura ha sido (y será siempre) esta premisa tan sencilla: nadie debe silenciar la voz de nadie.

Comencé este artículo hablando sobre física divulgativa. Explico por qué. La física divulgativa trata de hacernos reflexionar sobre los fundamentos mismos de la realidad: trata incluso de agitar, dar vuelta y destrozar nuestras convicciones más arraigadas sobre lo que somos. Usted, Foucault, Derrida, la revista Librújula y este artículo mismo existen o existieron porque eran encuadrables dentro de unas reglas que vienen definidas por la física. No hay usted ni yo sin los bosones y fermiones de usted y yo, sin el espacio y el tiempo que usted y yo ocupamos, sin los campos cuánticos que permiten que usted y yo nos manifestemos como tales y que estemos de acuerdo o no de acuerdo con este artículo. Y si la física es tan perfectamente capaz de explicar y divulgar los fundamentos de lo real desde el sentido del humor, ¿qué impide entonces a la literatura hacer lo mismo? ¿Qué impide a la literatura parodiar a un machista, hacer chistes del capitalismo, burlarse de la sociología o reírse de sí misma? ¿Qué pensaría Foucault al ver al postmodernismo convertido en un tótem tan extraordinariamente sagrado y tan susceptible, tan intocable, tan burgués, tan blanco, tan piel fina? Eso es lo que a mí no me cuadra. Es ilógico que la literatura delegue la crítica social en personas que nunca ejercieron un trabajo manual: que nunca cargaron cajas en un depósito, manejaron un taxi, instalaron cañerías o limpiaron los inodoros de un restaurant. Es ilógico que la literatura delegue la crítica social en personas adineradas que están bajo el ala de autoras y autores de Anagrama, Planeta y Random House. Es ilógico que la literatura delegue la crítica social en personas blancas y occidentales que tienen a su disposición los altavoces de toda la prensa iberoamericana. Es ilógico que la literatura delegue la crítica social en personas de Buenos Aires, Lima o Santiago que viven en París, Madrid o Berlín gracias a su patrimonio familiar. Es ilógico que la literatura delegue la crítica social en personas que día tras día exhiben en instagram lo felices que son. Es ilógico, muy ilógico, que esas personas se estén apropiando de la voz de las víctimas de la sociedad actual. Y es ilógico que el mercado ampare el discurso cínico de esas personas.

En nuestro momento literario hay cientos, miles de personas con una extraordinaria capacidad narrativa y poética que carecen de un patrimonio económico y un capital social suficientes para hacerse oír, y esas personas deberían estar en las librerías también, pero resulta que no lo están: quienes están son las autoras y autores protegidos por el mercado, niños mimados en una posición de privilegio insólita dentro del campo literario contemporáneo que perpetúan su hegemonía y su lucro apropiándose de los problemas de las clases medias y populares y vendiéndoselos a toda una serie de minorías a las que no pertenecen, o, si pertenecen, lo hacen desde un lugar tan dulce que los deslegitima por completo para enunciar los discursos de la rabia y el rencor. La omnipresencia de la queja, el lamento y el victimismo en los textos de esa élite tiene entonces, desde esa perspectiva, una definición muy sencilla: son una mentira. Y son un producto capitalista. Y mientras esas personas mienten y venden su falsedad, las personas que trabajan, que se esfuerzan y que sufren siguen quedando silenciadas. En las librerías no podemos encontrar ninguna burla al postmodernismo burgués, porque el postmodernismo burgués controla con mano férrea lo que venden sus librerías. Y ahí está la ironía: el mercado en sí es la burla. Los años pasan, las élites se perpetúan y el humor, la broma, la risa, van a seguir teniendo que esperar.

 

Artículo cedido gratuitamente por Darío Zalgade
para la revista Librújula Nº 20, julio-agosto de 2018.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.