El 14 de febrero del 2014 me realicé un aborto casero con misoprostol.

Tenía once semanas de embarazo, dos hijos, un trabajo horrible y un esposo que día y noche me maltrataba física y emocionalmente.Vivía en Morelia, Michoacán donde apenas iba a cumplir seis meses viviendo.

En diciembre empecé a sentirme mal en el trabajo. Creí que era la presión y la mala vibra de mis jefes en la redacción la que me tenía así, pero luego del cansancio, los temblores y el dolor de cabeza, me vino una fiebre. De la noche a la mañana empezaron a aparecerme puntitos rojos en los brazos que atribuí a zancudos.

No era así.

 
El día que empezaron a salirme los puntitos, decidí irme con mis dos hijos pequeños a comprar la despensa. El papá de ellos vivía en depresión. No se bañaba, ni bañaba a los niños. Apenas si les hacía de desayunar. No lavaba los trastes, ni limpiaba la casa porque ese era mi trabajo y el cumplía ayudándome a cuidar a los dos niños para que yo pudiera trabajar.

 
(La verdad es que teníamos un montón de deudas por parte de él. No teníamos casa porque él había cedido la suya a su madre pero le descontaban vía nómina el gasto del infonavit. Teníamos otro adeudo por una boda que a fuerzas quiso hacer y en donde la mayoría de los invitados eran primos, tíos y abuelos suyos. Mi familia había pagado su parte y sólo eran mis dos hermanas y mi mamá. Pero como lo tradicional es que la “vieja quiera boda”, me echaba en cara todo lo que se había endeudado por mí.

 
Más del 60% de su sueldo se iba en descuentos de los préstamos. Vivíamos de mi sueldo y lo que me prestaban mi mamá, o mi hermano. El sueldo de él sólo nos daba para pagar los $3,500 de renta del departamento y, a veces, pagaba la luz o el agua.

 
Teníamos gastos de los niños, la casa, la comida y servicios por casi veinte mil pesos. Entre los dos sueldos, y los préstamos que constantemente hacía con mi madre, apenas juntábamos entre 14 y 15 mil pesos. Nunca faltó nada, pero tampoco sobraba para nada más, ningún lujo, mucho menos contemplar la idea de otro bebé).

 
Camino al supermercado, que estaba a unas ocho cuadras de la casa, empecé a sentirme mareada y con mucho calor. No hice caso. Hice las compras y cuando mi hija me pidió biberón, dentro del super, me quedé sentada en el piso, apoyándome en un estante para darle de comer mientras mi hijo mayor nos veía desde la carreola llena de víveres.

 
Empecé a sentirme muy débil. No me respondían las piernas. No me podía parar del suelo. Mi hija se había quedado dormida en mi regazo, dentro de la cangurera que usaba para llevarla a todos lados.

Sólo hasta que la encargada de piso, que me vio batallando y me ayudó, fue que pude ponerme en pie. Caminar hasta la caja para pagar fue un suplicio. Pensé que me desmayaría en cualquier instante y que, de seguro, me estaba pasando eso por no comer bien.

Saliendo del supermercado no podía caminar. Empecé a sudar y el cuerpo dejó de responderme. Me quedé a medio sentar en una banca y en medio de la desesperación, y con mis niños llorando, le marqué al que fue mi marido.

Contestó a la segunda llamada, enojado, mentando madres. Le pedí que me ayudara con los niños porque no podía moverme, volvió a mentar madres y me dijo que me esperara. Después de una hora llegó por mí.

Nos fuimos en taxi pero yo no podía bajarme, mucho menos llegar al quinto piso en donde vivíamos. Después de dejar las bolsas del mandado, subir la carreola,  el papá de mis hijos volvió por mí y me dijo que me apurara, tenía que irse a trabajar pero yo no podía ni caminar. Me llevó casi a arrastras para subir las escaleras del edificio, me repetía constantemente que hacía un drama por todo, que no soportaba nada. Y en verdad, por más que quisiera, no podía hacerlo.

De la misma manera que me dejó en la cama, fue como me encontró al volver de madrugada del trabajo. Me pidió que me moviera y yo no podía. Me movió, a fuerzas, hacia el lado derecho de la cama. Sin pedir, ni decir, sólo me bajó el pantalón y me penetró. No dije nada. En otras ocasiones al decir algo, me respondía: “para eso te compré” o ” ¿no quieres cumplir con tus obligaciones maritales? Vete de la casa, pero aquí me dejas a mis hijos. Tú no cumples, tú te largas”.

Tampoco podía moverme, o zafarme de él. Creía que me iba a morir esa misma noche pero al día siguiente me desperté y la fiebre y la molestia habían bajado pero no podía faltar al trabajo. Así me metí a bañar y pensé que sólo era el inicio de una infección de garganta.

Al regresar del trabajo volví a sentirme mal. Consulté en el seguro. El doctor me revisó todo el cuerpo, los puntitos de un brazo estaban en mi estómago, espalda y piernas. Empezaban a salirme en el cuello y más arriba en la espalda. Tenía varicela. Nunca me dio de niña y, en ese tiempo, a los 26 años me contagié.

Regresé con la noticia que a él le pareció de lo peor, pero no por mi salud sino porque significaba que tenía que estar aislada, tenía que estar en cuarentena, lejos de mis hijos de un año y dos años.

Eso significaba que él tenía que cuidarlos y no le pareció. “Bastante hago con cuidartelos para que trabajes”, me decía. Pero a regañadientes y con ayuda de un amigo de él y su esposa, los niños tuvieron dónde quedarse junto con él.

Durante quince días él los cuidaría y me ayudaría a limpiar la casa y hacer de comer. Sólo me llevo de comer tres veces. Limpiaba yo la casa y, durante la última semana me forzó a tener relaciones. No le importó que las tuviera prohibidas por estar débil y el contagio. A él ya le había dado varicela, así que si yo me sentía bien o mal, no importaba.

Desapareció la enfermedad y con ella, mi regla. Pensé que era por el estrés del trabajo y la enfermedad. Regresé al seguro. Me volvieron a revisar. Me dolían los pechos, tenía un cólico mínimo y el doctor, al término de la revisión me dijo: “Estás embarazada”. Se me fue la presión al piso. No podía con ello. No quería tener otro hijo de un hombre que constantemente me maltrataba y me violentaba en todas sus formas. Así que me negué a lo que dijo el doctor, quien me pidió muestras de laboratorio: sangre y orina.

No me las hice. De seguro era un retraso, cosa que a veces, y ante el estrés, me pasaba. Dos semanas después empecé a vomitar. Comía y vomitaba. Veía a mis hijos, todavía dos bebés. Al hombre con el que había intentado tantas veces tener una familia pero tenía un campo minado en plena guerra. No sobraba dinero, faltaba y no podía con otro bebé que no quería.

Con los vómitos vino el susto de saber porqué. Fui a hacerme un eco y ahí, se vio un embrión. El técnico dijo: “no concuerda el tamaño con las diez semanas. Casi no late un corazón que ya debería verse nítidamente”. Mi ansiedad subió a mil cuando el doctor dijo que debido a que había sido concebido durante mi convalecencia, probablemente, sería un embrión que presentaría alguna malformación por el aciclovir y el virus de la varicela. Lloré. Él se paró del asiento y me puso una mano en el hombro.

“No te preocupes”, me dijo. “A veces a las malformaciones las expulsa el cuerpo y si no, serás fuerte con un hijo con alguna debilidad”. Me sentí apachurrada por cada una de sus palabras, por el escenario que se estaba presentando pero, más que nada, porque no podía anímica, física ni económicamente con otro bebé.

Cuando le dije a mi ex todo lo que había dicho el doctor, me dijo: “Pues te consigues otro trabajo en la tarde. Yo no te puedo seguir cuidando a los niños. Mételos a una guardería y busca otro jale. Yo ya me comprometí bastante con mi amigo en este que estamos”.

De la ansiedad, dejé de dormir. A la semana hablé con mi ginecólogo de Saltillo. Me dijo: “mira, si el producto viene mal puedes hacerte un aborto. Compra misoprostol y usa cuatro pastillas. Te pones dos vía vaginal, viene el sangrado y a las ocho horas, te pones las otras dos. Vas a sangrar. Tendrás cólicos muy fuertes. Al término de esas horas debes de tener el aborto completo. A la semana vas y te haces el eco y si hay residuos ve a que te hagan un legrado y te limpien. No debe quedar nada adentro”.

Le conté a mi ex esposo lo que habíamos hablado el doctor y yo. No estaba de acuerdo. “Quiero tener al bebé. Nomás es de que te busques otro jale y te organices con los niños, y ya vemos cómo le hacemos.” Le dije que no quería tenerlo. Me reviró que me faltaba alma. Que uno tiene que aguantar las afrentas que pone Dios, recibir lo que nos da y salir airoso del embate.

Soberana mamada. Eso fue lo que pensé. Seguí pensándolo cuando estuve abrazada al escusado vomitando cada que comía o tomaba agua y, al día siguiente, fui a la farmacia a comprar el misoprostol. Cuando vio el medicamento me dijo que lo pensara. No quise. No quería tener otro bebé. No quería lanzar el volado de tener, o no, un niño sano. Simplemente no quería nada, más que cuidar de mis dos hijos y poder salir adelante sin que nada les faltara.

El 14 de febrero a las 8 am decidí no ir al trabajo y me puse dos pastillas vía vaginal para iniciar el aborto.

En media hora tuve un sangrado; luego, un retortijón horrible. Los cólicos fueron tremendos. La sangre empezó a fluir pero a las dos horas el dolor se hizo terrible y la sangre se me escurría. No sabía si todo estaba bien. No sabía si era normal. Nadie me acompañaba. Mi madre no quiso saber nada y mi esposo me miraba con asco.

Al no soportar el dolor, y más que nada por miedo, pedí un taxi y todos nos enfilamos al IMSS de Charo, a cuarenta minutos de Morelia.

El IMSS de Charo es el décimo círculo del infierno.

Sólo hay un elevador y por ese mismo elevador suben pacientes de toda índole, familiares, doctores, enfermeras, camilleros y todos los desechos tóxicos del hospital. Dónde te apoyas, o pones la mano, estuvo la inclinada la misma bolsa que lleva las jeringillas con las que pinchan a enfermos virales o que contienen residuos bacterianos.

Me tocó ir a urgencias del área de ginecología, el cual estaba reventar. Adelante de mí, había dos amenazas de aborto, dos con aborto incompleto y tres embarazadas. Se apiadaron de nosotros ante los gritos y lloriqueos de mis hijos pequeños. Me pasaron para checarme. La doctora me pidió ponerme una bata azul en el baño. Ahí me dio el cólico más fuerte. Me senté en la taza y con un plop sentí como si se me hubieran salido los intestinos. Había una masa grisácea con una mancha amarillenta en el centro.

Nunca había visto algo así pero supuse que era el bebé. Tuve sentimientos encontrados. Por una parte resonaba la voz de mi ex hablándome de Dios, mi madre con el infierno para las “putas que abortan” y mi conciencia: era lo mejor por el futuro de mis hijos, ese embrión y el mío.

Jalé la manija de la tasa y en un remolino de agua, sangre y restos uterinos dije adiós al embrión. Me puse la bata y salí a revisión. Los cólicos aminoraron a partir de ahí, pero al pasar a camilla y al sentir la mano de la doctora dentro de mí, supe, por la cara de ella, que algo no iba bien.

Sacó la pastilla que me quedó dentro ensangrentada.

“¿Qué es esto?”, me dijo para proseguir: “¿sabes que esto te va a llevar a la cárcel? ¿Sabes que esto asesinato?” Empecé a tener miedo. Empecé a llorar. Le dije que no tenía dinero para mantenerlo, que mi esposo me obligaba a tener relaciones a cambio de no quitarme a mis hijos, que el embrión no estaba bien desarrollado y que no quería tenerlo

No me dijo nada. Lanzó despectivamente la pastilla al bote de basura. Se quitó los guantes y me dijo: “Tienes suerte de que no pase el reporte, sino, te llevan presa. Dile a tu esposo que use condón y si lo no usa, de perdido cuídate tú, no seas mensa”.

Salió azotando la puerta. Me dijeron que pasara a dejar mis pertenencias a mi entonces marido para proceder a la limpieza. Salí de dí las cosas y le dije lo que había pasado. Se puso pálido y dijo que si nos iban a meter a la cárcel a los dos o sólo a mí. Le dije que la doctora había decidido no pasar el reporte y cuando le conté eso, la secretaria le pidió los datos de domicilio, el teléfono y su nombre como responsable. Me llamaron adentro, me despedí de mis hijos y me fui.

Me subieron a una camilla, me canalizaron y me pusieron en la “fila”. Había cinco mujeres delante de mí para entrar a quirófano. Sólo había un ginecólogo, un anestesiólogo y dos enfermeras para 21 mujeres repartidas entre abortos, partos y cirugías diversas del útero.

Ingresé a las 2:30 de la tarde y a las nueve de la noche seguía esperando por el legrado. Me pasaron a piso junto con diversas mujeres que ya habían parido, o que estaban en medio de un aborto.

Al lado de donde estaba mi “cama” (que no era más que una camilla con sábanas con sangre seca) estaban cinco incubadoras y tres cajas de cartón en donde ponían a los bebés recién nacidos. Cerca de ellos, estaba el lavabo donde limpiaban los instrumentos quirúrgicos y se lavaban las manos enfermeras y doctores. Ahí mismo, bañaban a los recién nacidos.

Vino una mujer de trabajo social. Me tomó todos mis datos generales, me veía y me preguntaba qué cómo me sentía por haber perdido a mi “bebé”. “Bien, estoy bien” , contesté. Me miró como si fuera un monstruo porque a mi lado todas las chicas lloraban por sus abortos, o sus amenazas. Sólo yo y otras tres mujeres, de las 21, no llorábamos. Así que entre enfermeras y trabajadoras sociales iban a inspeccionarnos.

Después, como a las diez de la noche, vino un residente a confirmarnos lo que ya sabíamos. Estaban sobresaturados pero al día siguiente a partir de las seis de la mañana empezarían con las más urgentes y así hasta terminar. No tenía celular ni cómo avisarle al padre de mis hijos. Me sorprendió y hasta me dolió que muchos hombres esperaron a punta de cañón por saber cómo estaban sus parejas. Del mío, ni rastro y pensé que era lo mejor. Que estaría cuidando a los niños.

Mi turno llegó al día siguiente hasta las tres de la tarde. Durante el trayecto el doctor me preguntó en dónde laboraba. Le contesté que en un periódico. Que era periodista y ahí estalló una bomba.

Empezó a decirme que desde hace un mes no resurtían medicamentos, no tenían guantes, ni personal. Que les debían dinero. Que en esa mañana había hecho cinco cesáreas y no tenía más que una bolsa con un par de guantes y no quedaba medicamento para coagular en caso de que me diera una hemorragia y pudiera desangrarme.

Tenía una mano ensangrentada de un parto puesta en mi rodilla y con la mano “limpia” y con guante me raspó con la cucharilla. Miré hacia el cielo resplandeciente del quirófano. Pensaba que morir desangrada no era tan mala opción. Había comenzado a deprimirme pero no por el aborto, sino por la vida que llevaba al lado de un hombre que sabía no me quería, con el que no funcionaba la relación, pero pretendíamos que sí.

Salí del quirófano una hora después. La anestesia me adormiló por una hora. A las cinco me dieron ganas de orinar. No me dejaban. Les dije que si no iba al baño me iba a orinar.

a regañadientes, la única enfermera en el piso me ayudo a ir al baño. No había papel. No me dieron compresas sanitarias. Salí sosteniéndome la bata y con ella mi propia sangre que se desparramaba por mis piernas. Al verme, una mujer de limpieza busco una compresa limpia. Las otras estaban tiradas en el piso. Me ayudó a ponérmela. Traté de lavarme las manos. Me enjaboné pero no había agua. me limpié el jabón con la bata y regresé a mi camilla.

Media hora después nos trajeron de comer. Pollo, verduras y un jugo de cajita. No nos dieron cubiertos. Comí con mis manos sin lavar. En medio de la comida escúchamos un golpe. Una embarazada había caído al piso y estaba inconsciente. La anterior parturienta había entrado al baño dejando un camino de sangre que nadie se preocupó por limpiar.

Gritó alguien y nadie venía, tardaron diez minutos en venir y levantar a la encinta. Quince más para limpiar el piso. Íban y venían enfermeras. Muchachas que llegaron junto conmigo se iban del hospital. Nadie preguntaba por mí. No había nadie que hubiera ido por mí.

Pregunté a la enfermera. Me pasó los datos que había dado el padre de mis hijos: nombre falso, teléfono falso, dirección falsa. Supongo por si me metían a la cárcel no lo metieran a él por cómplice de un “asesinato”.

Tuve miedo. Pensé en mis hijos, en él huyendo hacia otra parte con ellos o denunciándome para, por fin, deshacerse de mí.

Cerca de las diez de la noche, cuando yo ya había llorado hasta deshacerme los ojos, y una enfermera quería llevarme desnuda (porque mi ropa se la llevó él y no tenía nada que ponerme para irme por mi propio pie, ni dinero, ni celular, ni identificación alguna) en taxi hasta mi casa por la desesperación de que nadie aparecía por mí, mi ex esposo llegó de una carne asada con su mejor amigo al hospital para recogerme.

La enfermera le pidió mi ropa. No me llevó ropa interior, ni las toallas que se le habían pedido. Me llevó un pantalón y una blusa que ya no me quedaba. No me llevó zapatos. Sólo calcetas. Salí descalza del hospital. Iba llorando de la humillación.

Cuando le reclamé el abandono en que me había dejado, dijo: “tú mataste a mi bebé, ¿y encima de eso querías que me metieran al bote por tu culpa?”

Repensando las cosas durante el trayecto a la casa me di cuenta de que había tomado la mejor elección de todas.

Y ahora, cuatro años después, no me arrepiento.

 

 

 

 

 

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del Premio Internacional de Literatura Aura Estrada 2017. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.