Agosto

Nuestra vecina, alta y rubia y vigorosa, la madre
de muchos niños, está enferma. No sabíamos que estaba enferma
pero se ha acercado a la reja, caminando como una mujer
que balancea una espada dentro de su cuerpo, y además
de eso su largo cabello ha desaparecido, está corto y, repentinamente, gris.
No la reconozco. Incluso se me ocurre que quizás
sea su mamá. Pero es su voz al borde de la risa
la hemos oído durante años desde el otro lado de los arbustos.

Todo el verano los niños, ya crecidos y algunos de ellos
con hijos propios, vienen de visita. Nadan,
dan largos paseos por el puerto, preparan
cena para doce, para quince, para veinte. Temprano en la
mañana dos hijas salen al jardín y lentamente
repasan los precisos y silenciosos movimientos del T’ai Chi.

Todos sonríen. Su papá sonríe también, y construye
castillos en la orilla con los niños, y conduce de regreso a la
ciudad, y conduce de regreso al campo. Un carpintero es
contratado– un techo reparado, un porche reconstruido. Todo lo
que pueda ser arreglado.

Junio, Julio, Agosto. Cada día, oímos su risa. Y
pienso en la pintura de Van Gogh, el hombre en la silla.
Todo está mal, y no hay dónde ir. Sus manos sobre
sus ojos.

 

 

August

Our neighbor, tall and blonde and vigorous, the mother
of many children, is sick. We did not know she was sick,
but she has come to the fence, walking like a woman
who is balancing a sword inside of her body, and besides
that her long hair is gone, it is short and, suddenly, gray.
I don’t recognize her. It even occurs to me that it might
be her mother. But it’s her own laughter-edged voice,
we have heard it for years over the hedges.

All summer the children, grown now and some of them
with children of their own, come to visit. They swim,
they go for long walks at the harbor, they make
dinner for twelve, for fifteen, for twenty. In the early
morning two daughters come to the garden and slowly
go through the precise and silent gestures of T’ai Chi.

They all smile. Their father smiles too, and builds
castles on the shore with the children, and drives back to
the city, and drives back to the country. A carpenter is
hired—a roof repaired, a porch rebuilt. Everything that
can be fixed.

June, July, August. Every day, we hear their laughter. I
think of the painting by van Gogh, the man in the chair.
Everything wrong, and nowhere to go. His hands over
his eyes.

Cada mañana

Leo los diarios,
Los despliego y examino a la luz del sol.
La forma en que los morteros, en fotos,
hacen un arco sobre los vecindarios
como estrellas, la manera en que la muerte
adorna todo con escombros grises antes
de que la cámara avance. Qué
oscura parte de mi alma
tiembla: no quieres saber más
sobre esto. Y luego: no sabes nada
hasta que lo sabes. Cómo los traviesos
despiertan y corren hacia los refugios,
cómo los niños gritan, sus lenguas
intentando alejarse nadando–
como la mañana misma aparece
lenta como una rosa blanca
mientras las figuras suben por los umbrales que hierven
se mueven entre los autos destrozados, las calles
donde las ruidosas ambulancias no se
detienen en todo el día –muerte y muerte, desagradable muerte–
la muerte como historia, la muerte como hábito–
cómo a veces la cámara se detiene mientras una familia
se cuenta, y todos están vivos,
sus bocas cavernas secas sin palabras
en las manchadas lunas que son sus rostros,
una locura para la que no tenemos nombre–
todo eso leo en los diarios
a la luz del sol,
leo con mis fríos, mordaces ojos.

 

Every morning

I read the papers,
I unfold them and examine them in the sunlight.
The way the red mortars, in photographs,
arc down into the neighborhoods
like stars, the way death
combs everything into a gray rubble before
the camera moves on. What
dark part of my soul
shivers: you don’t want to know more
about this. And then: you don’t know anything
unless you do. How the sleepers
wake and run to the cellars,
how the children scream, their tongues
trying to swim away–
how the morning itself appears
like a slow white rose
while the figures climb over the bubbled thresholds,
move among the smashed cars, the streets
where the clanging ambulances won’t
stop all day–death and death, messy death–
death as history, death as a habit–
how sometimes the camera pauses while a family
counts itself, and all of them are alive,
their mouths dry caves of wordlessness
in the smudged moons of their faces,
a craziness we have so far no name for–
all this I read in the papers,
in the sunlight,
I read with my cold, sharp eyes.

 

Escrito por Daniela Morano

Santiago, Chile, 1993. Licenciada en Literatura.