El doctor Emetteus Reuse, de la Universidad de Atlántida, ha realizado unos curiosos y eficaces experimentos con el adverbio de tiempo SIEMPRE. Ha descubierto lo siguiente: tomó cinco piezas de papel reciclado y escribió en cada una de ellas estas palabras.

PANDERETA
ZUECOS
APROXIMADAMENTE
SIEMPRE
PISTACHO

En un recipiente que contenía ácido agresivo para cualquier objeto, animal o ser humano, pudiendo pulverizar un dedo en tan solo un segundo, introdujo cada uno de los papeles en el líquido. Todos ellos fueron destruidos al momento. Incluido el adverbio de tiempo “siempre”.

El doctor llegó a unas conclusiones que se publicaron en varios medios de comunicación de la ciudad de Atlántida, provocando gritos y crujir de dientes entre los más escépticos, agarrados a sus ramos de flores y a sus fotografías de vacaciones. Y es que el doctor afirmaba que “compadecía a aquellos que persisten en emplear el adverbio de tiempo SIEMPRE”.

Como si se pudiera atar con un cordel todo lo que se tiene alrededor: esta cama, esta camiseta de propaganda “dona sangre”, madre, padre, pareja, este rostro. Siempre. Se airea en discursos de boda, de cumpleaños, en postales y en textos interminables en Facebook que nadie quiere leer. Y se pronuncia SIEMPRE con voz así, en mayúsculas.

Dice el doctor Emetteus que hubo un punto en la vida de todos en el que creíamos en esa palabra: “Montábamos en bicicleta hasta tarde, comíamos pasteles de frutas, construíamos aviones de madera y reventábamos globos en las puertas de los vecinos”. El doctor proviene de un amplia familia llena de hermanos cuyas fotos carné cuelgan en su llavero, haciendo constante ruido.

Ah. Y se osaba afirmar “envejeceremos juntos” a un completo desconocido.
Esos, los que creían en el adverbio de tiempo SIEMPRE. “Y veíamos por el pasillo aquellas figuras altas, protectoras, a los que más quisimos…como eternos, sin saber que un día de desintegrarían en el aire, como esos papelitos”.

En una entrevista concedida a una revista cultural, el doctor Emetteus removía el mokaccino y se reía al contemplar una serie de fotografías que el reportero le mostraba, extraídas de varias redes sociales. “Sí. Son hordas de creyentes en ese adverbio, lo toman con los dedos, titulan las fotos con esa palabra, se confían…”. El doctor sugería que solo cree en el presente, se autodenomina “presentacionista” y está totalmente en contra de ese adverbio de tiempo.

Porque no existe.

Porque no es.

Extraemos parte de la entrevista con el doctor en esa cafetería de sofás rojos, como se ilustra en las fotografías que acompañan a las preguntas:

A ese SIEMPRE le crecerán culebras verdes que se comerán los nervios internos. Culebras verdes, interminables, con manchas marrones. Nadie las verá, nadie las notará de momento, entre miradas y susurros y bajo la sombra de los árboles. Te digo que pintarás las paredes de tu nuevo hogar. De gris o de blanco. Pero las culebras ya estarán ahí dentro y luego irán a por los tendones de SIEMPRE, sí, uno a uno, los pies flaquearán y no podrán mantener el peso de esas siete letras unidas en un abrazo. Ahora, cuando te acuestes y leas desde el cuarto de baño un SIEMPR…verás ya no hay E, se ha evaporado, mordida por las culebras. Aunque puede que no te des cuenta.
Pero las fotografías y los extractos de poemas no desaparecerán de Facebook. No. Y el pleno convencimiento de que hay que mantenerlo para siempr. Aunque ya suene un poco a chiste, un poco a cascabel roto. Sigamos.

Uno seguirá amarrando sus cosas, su persona, sus personas con un cordel roído y apenas ya a SIEMPR le queda el hígado y un solo pulmón. El invierno es duro, ataca por dentro y despacio. Ahora solo hay una sonrisa de dientes heridos, pero sonrisa. Cenas en sillas separadas. Las hormigas comienzan a mordisquear el cráneo. SIEMPR tiene pulmonía, le cuesta ir al supermercado. Los virus arrancan sus labios, que apenas usa ya.

Y ahora se observa, desde la ventana, SIEMP. Cayó la “r” en la bañera y se ahoga entre sollozos. Pero nadie le hace caso. Va a al hospital a que se lo miren, a que se lo arreglen. Empieza a marearse y alguien le sonríe. Preciosa sonrisa…piensa. Y a la vuelta antes de subirse al coche, se le cae otra letra. SIEM. Se nota más ligero, aunque sigue asistiendo a cenas y se saca fotos alegremente y alardea. Para luego acostarse en la punta de la cama, bien lejos, con un pijama de tela gruesa y espinas por dentro. No toca. No puede.

A la mañana siguiente, digamos del tercer año, décimo o vigésimo cuarto (eso depende del paciente), cuando esté untando la tostada de pronto le resbala el cuchillo por la mano. Y se le cae otra letra, otros veinte kilogramos. SIE. Queda poco ya. Unas vacaciones solitarias, un viaje en autobús…

Y lo que era SI, no lo S.

Y desaparece.
Vuela, se pulveriza en el aire.
El cráneo diminuto acaba siendo destrozado por un dedo meñique.

Pero nunca existió, porque no cabe el viento de todos los mundos en un puño y porque solo se tienen dos ojos, no cuatro.

S…cogió un taxi. Se fue. O murió como había llegado: sin huesos ni piel.

El doctor Emetteus termina su mokaccino y sonríe, mirando por la ventana del café. El ruido le tranquiliza. Se ríe de S. Lleva una golondrina tatuada en el antebrazo.

Esto no es un texto triste -concluye el doctor Emetteus-, solo pretendo confirmar la ausencia presente del adverbio “SIEMPRE”.

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa. Escribo en Drugstore, Le miau noir, Culturamas y La soga. Fada-nai de las ilustraciones de "fadas de cidade"