1

En la preparatoria participé en la creación de una revista. Nos reuníamos en la casa de R, para redactar. Su casa era privilegiada porque había muchos libros. Como era complejo enfrentarnos a las hojas blancas, primero hojeábamos aquí y allá. Supongo que debía ser una escena bellísima: cinco o seis adolescentes tumbados en una recámara leyendo o escuchando música. Luego, cuando el hambre apretaba y era tiempo de irnos a nuestras casas, nos acercábamos a la pantalla de la computadora para redactar. El editor firmaba como Nadie, esto era simbólico, pues todos participábamos en la elaboración de casi todo el contenido. La revista se llamó Clandestinos.

2

Hace unos días asistí a un recital. Es extraño recibir algo material cuando se hacen lecturas, pero en la pasada lectura recibí un vale para libros. Era tarde y la librería casi cerraba. Tomé uno de Ernestina Champourcin, de Antonio Cisneros, algunos de teoría literaria y casi de filón uno de Juan Manuel Roca.

3

Mi verano pintó para ser un rompecabezas. La semana que está a punto de terminar debía ser una semana de trabajo independiente, cinco días para laborar en lo mío, pero no fue así porque padecí una infección que me dejó incómoda e incomunicada. Me tumbé en el sofá a mirar las nuevas manías de mi hijo. La sección que ocupa el sofá es también el área de juegos que está rodeada de libreros. El nene aprendió a guardar bloques en un cubo y se divierte mucho quitándome los lentes del rostro. Ni hablar de la falta de respeto con la que se acerca a los libreros para botar los libros que andan sueltos. De las manos del pequeño llegó a las mías el de Juan Manuel Roca. Un día en el que no tenía ganas ni de vivir, me puse a leer.

 4

Miento, porque esperé a que mi pequeño tirano se durmiera. Entonces de noche, con el oído sordo me adentré a Los poemas de Las hipótesis de Nadie (Alforja/CONACULTA, 2006).

5

A la revista Clandestinos la aniquiló una nefasta campaña política en la que se elegía nuevo rector: el mayor mérito fue lograr cuatro o cinco números antes de que naciera Grillos, la competencia, pero el tema de las campañas universitarias nos convirtió en publicidad para un candidato y Clandestinos se apagó. Ganó el contendiente que no apoyamos. Terminamos la preparatoria y seguimos con la vida.

La última vez que vi a los que hacíamos Clandestinos fue el verano del 2006. Nos reuníamos eventualmente para comer o ver partidos de futbol. 2006 fue año de Mundial. Ese verano yo me iba de la ciudad. Mis amigos de la preparatoria alistaron una comida para despedirme y yo no llegué. (Aquí debe guardarse un silencio prolongado y triste). Las disculpas no bastaron. Sé que no valió la pena plantarlos, pero lo hice. Nunca retomamos las reuniones, nunca la revista.

 6

He visto mucho futbol las últimas semanas. Es verano y convalezco. Guardé silencio los últimos cinco días y en estas cosas he pensado: Chicos reunidos para leer y escribir. Veranos de futbol y despedidas. Podría decir que este texto es una disculpa más. Podría remontarme para decirles: ¡hey, Clandestinos! sigo siendo esa chica que pasa las horas tumbada entre libros y papeles buscando la inspiración para decir algo.

Ojalá que todos los que fuimos Nadie lean esto.

7

Las hipótesis de Nadie es un texto prologado por Eduardo de Chirinos y compila tres unidades: la primera parte es la que da título al libro; la segunda lleva por nombre “Diario de un constructor de ruinas”; y la última es “Agujeros en el agua”. Tres libros, tres.

La voz del poeta es aquella que se difumina en la voz de todos, es la idea sobre la que reflexiona Eduardo de Chirinos en el prólogo.

Pensar en el sujeto que encarna el pronombre Nadie, no es tarea fácil, porque en efecto, la nada no siempre representa el vacío, puede ser que al decir Nadie, se esté llamando a todos, como mis amigos de la revista Clandestinos. En este rehilete de posibilidades no falta el poema que remita a Ulises jugando a ser Nadie. Hace falta además mencionar la proeza de otorgar corporeidad a lo intangible. Imaginar la existencia de la nada. Nadie viene y canta, abre las puertas, tiene un perro.

“Diario de un constructor de ruinas” es mi sección favorita. La ruina; generar versos a partir de la destrucción que cada objeto guarda en su centro. Y pensar que nada puede destruirse sin ser levantado previamente. Si se desean derrumbes memorables se tienen que erigir fortalezas, creer en ellas y luego demolerlas. Llegué al poema “Memoria del constructor de ruinas” y un pilar de rocas me sepultó:

En el principio fue la ruina.

Unos extraños, portadores de andamios y plomadas

empezaron a roerla para volverla casa.

Es como si le pusieran muletas al aire

y tallamos escaleras con peldaños de vacío.

Es prudente construir la ruina antes que la casa.

Poner la pátina ates que el rincón,

soltar el humo antes de izar la chimenea,

hacer que el patio libere el horizonte.

Y por las ruinas se puede andar sin saber que se pisan tumultos de rocas. Montones de cascajo que es vacío finalmente. Las ciudades embestidas por el tiempo, o el amor, suelen ser cierto tipo de vejestorios y hay quienes saben cultivar amor por las ruinas y rendirse a ellas, como en “Paisaje con ruina y cabaret”:

I

En este poema

hay una ciudad.

En la ciudad hay un abismo,

en el abismo hay una ruina,

en la ruina hay un herido,

en el herido estoy yo.

II

En este poema es de noche.

En la noche hay una calle,

en la calle un cabaret,

en el cabaret una cantora,

en la cantora un corazón,

en el corazón un muerto.

La palabra “ruin” denota capacidad por ser malo. La palabra ruina significa algo que se pierde. Se va arruinando lo edificado, el tiempo arruina los cuerpos, los va haciendo malos. Tiempo ruin, el enemigo estancado en nuestros talones. Qué ojos los de Juan Manuel Roca que se ven conviviendo con el enemigo:

Se nos dio el cuerpo

para tener más cerca al enemigo.

Para vigilarlo

y que no tenga tiempo

de apostarse tras un árbol

a esperar nuestro paso.

Se nos dio el cuerpo

para que entre él y nosotros

no haya terrenos minados

ni emboscadas.

[…]

8

El verano camina a su final. Después de varias semanas, puedo asegurar que estoy sana y escucho bien. El tiempo ancló su daga en mí. Todos los julios y los agostos se me agolparon en la espalda mientras leía a Juan Manuel Roca en silencio. Llueve mucho ahora y he decidido quedarme en estos versos:

“-Es pasión inútil

Abrir agujeros en el agua.”

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.