Lentamente abrí mis párpados, tardábamos en llegar y yo ya no quería seguir dormitando. Me sentía cansada y no sabía por qué, pues no había hecho ni sentido nada en mucho tiempo. Hacía mucho calor en aquella guagua y yo aproveché la soledad adquirida del bochorno, de casi no poder respirar, para suspirar al aire sin que nadie me preguntara qué me aquejaba. Observé cómo el paisaje del bosque termófilo y los bancales desaparecían poco a poco para acabar envueltos en aquel pinar verde sobre un manto marrón claro de pinocha seca. Era mágico aquel paisaje, a mi derecha se entreveía el azul del mar y, mirara donde mirara, aquellos pinos, que sobreviven hasta el fuego que lo quema todo, me observaban. De repente el traqueteo de aquel gran auto en la carretera paró. Siempre recordaré aquel momento. En cuanto abrieron las puertas, la mayoría salimos corriendo de esa guagua, que era infierno, para sentir el fresco del viento que susurraba palabras débiles entre los pinos y entre nuestros cuerpos. Corrí hacia el árbol más grande de todos y lo abracé. Lo abracé con todo mi cuerpo, sentí su costra bajo mi piel y olí todo su aroma. “Ya llegué a casa” le susurré a aquel tronco solitario y me lo afirmé a mí una vez más. “Ya estoy en casa”. Porque al final fue cierto, yo fui la chica del bosque que se asfixió en una ciudad gris sin volcanes, sin árboles ni silencio.