Cuando pensamos en un escritor, a menudo le asociamos ciertas características: liberal, agnóstico, ‘progre’, etc. Con ustedes, la excepción argentina: Cicco, el cronista sufí.

 

“[Uno]… Puede lograr, al cabo de un tiempo, una imitación más o menos digna de Marlon Brando en El Padrino o de Al Pacino en Caracortada. Puede personificar a Terminator, a Batman, al Pingüino, a Neo, a Rocky. Puede concebir el papel que se le ocurra, armado de tenacidad y con buenos maestros; pero hay algo sobre lo cual nunca obtendrá resultados: jamás podrá actuar una erección”.

                                                                                                              (Yo fui un porno star)

 

El autor de estas líneas es Emilio Fernández Cicco, pero también lo es Abdul Wakil. Tienen las mismas manos, ojos idénticos y habitan el mismo cuerpo delgado. Uno puede tener la tentación de decir en la siguiente línea que es un ser único que existe como dos personas distintas, pero una mentira con narrativa teológica sigue siendo una mentira. No. Son dos nombres y una sola persona. El primero era neutro; el otro tiene una fe. Algo de especial deben (creer) tener los argentinos que tienden a cambiarse de nombre: Ernesto Guevara se volvió El Che, Jorge Mario Bergoglio se volvió Francisco y Maradona, bueno, ese hombre tiene muchos nombres.

“El border es al periodismo lo que el punk fue a la música. Un arma de guerra para destruir todo lo falso e hipócrita de este mundo. Empezando  por las celebridades”. Esto lo dijo Cicco, antes de convertirse al sufismo, la rama mística del islam. Era el 2006. Es una entrevista altanera, irreverente, jocosa. Ese tipo de entrevistas que algunos editores, por pudor, no publicarían. Por ese tiempo, el periodista que firmaba con tres consonantes y dos vocales promocionaba Yo fui un porno star y otras crónicas de lujuria y demencia, libro y testimonio del periodismo ‘border’, ese que tiene a Cicco –vaya ironía- como profeta. Nacido a semejanza pero no a imagen del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson, esta nueva mirada periodística exige del cronista, del narrador, ensuciarse y afinar la mirada para contar el mundo no desde un escritorio sino desde la incomodidad de la realidad. No para ser un protagonista endemoniado y excesivo como el  estadounidense, sino un mediador de fina mirada.

-Siempre es bueno tener como virtud el escribir con sinceridad. Más allá de que la gente se pueda enojar o te pueda creer.

Cicco es argentino y tiene la voz pausada. Quien escuché los mensajes de voz que me envía, le costaría creer que su dueño es el mismo sujeto que se hizo sepulturero, cazador, asistente de boxeo o que, enviado a cubrir un espectáculo de ballet, escribió en su reseña que para el segundo acto, a causa del aburrimiento, estaba “comiendo una pizza en un bar de Palermo”.

cicco con mate
Cicco/Abdul Wakil. Foto: ABC color

Durante una estadía en Arequipa con motivo del Hay Festival (2016), Leila Guerriero lanzó este dardo vacunado de cualquier diplomacia: “El aburguesamiento es lo peor que le puede pasar a un periodista”. Si un artista quisiera regalarle un retrato al cronista sufí, lo dicho por su compatriota sería la frase más adecuada para escribir en la tarjeta de obsequio.

Con solo 18 años, el flaco y narigón aprendiz de periodismo ingresó a trabajar a la redacción de la revista Noticias luego de que su profesor, el periodista y filósofo Miguel Wuñaski, lo invitara a trabajar con él con una simple pregunta: “¿Qué tenés que hacer esta tarde?”. En los años sucesivos Cicco  comprobó –sin saberlo- la verosimilitud de esa refrán que dice “Si quieres ser bueno en algo, primero deberás aceptar que serás muy malo”. Cierta vez, se le asignó la comisión de entrevistar a un pastor evangélico e, inocente en las lides de la noticia, le preguntó: “¿Usted qué religión profesa?”

“Ahí estuve 15 años. Entré con el pelo largo y rulos, y salí pelado, arruinado y con cálculos en los riñones, pero me sirvió”, confesó en una entrevista colgada en Vimeo hace seis años. Durante su etapa como periodista de planta empezó a idear lo que se convertiría en su marca personal: el periodismo border. Un estilo que propugna la entrada en escena del periodista con la mirada irónica, humorista, pero profunda. Encontrar las miserias de tus entrevistados y exponerlas. Experimentar diferentes oficios no para hacer una denuncia social, sino para contarlo con la inocencia y el cuestionamiento de la primera vez.

Un border es capaz de tomar un tema aburrido, torcerle el cuello y crear un texto incisivo e informativo y al mismo tiempo mordaz. Una función de ballet, por ejemplo. Al mismo tiempo es una falta de respeto con inteligencia. No hay, por lo demás, temas elevados. Y eso incluye al arte y sus productos como un libro de fotografías de mujeres desnudas de Eduardo Capilla, reconocido artista que llegó a trabajar con el ‘hermoso’ Gustavo Cerati. La publicación era descrita como “una aproximación hacia la belleza humana pero insertando una visión que simboliza la actitud que todos los seres humanos deben asumir frente a la creación divina”. Si no entendió no se preocupe, Cicco lo explicó claramente en su nota: “Un descabellado portafolio de mujeres penetradas por flores”. A veces escribir con claridad es lo más difícil.

Partidario del freelanceo, ha dedicado gran parte de su carrera en escribir para diferentes medios como Rolling Stones, Soho, Anfibia e Hipercrítico. La fama no tardó en llegar. Las entrevistas no faltaron. Los insultos tampoco: estafador, egocéntrico o un periodista que solo pregunta pavadas son algunos de los calificativos que le dedicaron. Quizás por eso, las revistas en lugar de censurarlo le otorgaron mayor libertad para escribir. Ser odiado da rating dicen los entendidos del espectáculo. Y el periodismo, por más corbata que se ponga, no deja de serlo.

Todos añoramos ser deseados. Nadie escapa de eso. Para un cronista o escritor, saberse leído, comentado y solicitado puede ser adictivo. Uno de los  momentos ‘cumbres’ de la vida profesional de Cicco fue cuando le ofrecieron pagarle una noche con la mujer que él deseara para luego escribir una crónica sobre ello. El ‘éxito’ dentro de un sistema consumista y machista.

-Estamos hablando de hace unos 15 años. Era otro mundo, otro contexto. En ese tiempo existían estos foros de personas que consumían prostitución y hablaban sobre eso. Tenían toda una jerga. Lo que yo quería hacer era llevar eso al periodismo, como si fueran unas notas de crítica o de reseña. Era un proyecto muy zarpado.

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Hay un retrato de Cicco que podría ser la escena final de un documental sobre su vida. La imagen es una de las tantas que acompañan una crónica que él mismo escribió. Se llama Te hacés sufí y el mundo se te vuelve en contra y fue publicada por la revista Anfibia. Arrodillado, con la barba crecida y el pelo rapado, parece meditar en busca de esa conexión directa con Dios. Ese estado de iluminación, donde no hay lugar para las preocupaciones materiales. Sus manos sostienen un rosario. Debajo sus pies miran en dirección hacia la luz que nace de una lámpara. El objeto al centro de la imagen es lo más significativo: un retrato del maestro sufí Mawlana Sheik Nazim. Entonces Cicco se convierte en Abdul Wakil  que significa “el servidor del guardián”.

El encuentro se dio en el 2010 en Letke, una ciudad ubicada al noroeste de Chipre. En la casa de este guía, “sultán de los santos” y 40º maestro de la cadena Naqshbandi que en retroceso llega hasta el propio Mahoma, fundador del islam, el nuevo servidor recibió un consejo fundamental: “Comé más. Estás muy flaco”.

Los derviches o sufís buscan establecer una relación íntima y personal con Alá. Se enfocan en revivir la palabra del Profeta “mediante la introspección en el contenido de la revelación coránica”. El interior es lo que importa. Por eso se visten de manera sencilla… Ah y también enamoran con discreción.

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Los sufís no son un grupo separado del Islam. Pueden disentir de algunas interpretaciones pero nunca han cuestionado la validez esencial de la Revelación Coránica.

Si un hombre y una mujer sufí, tras conocerse, perciben que hay algo en el aire, no habrá salidas a bares. Tampoco estrategias de cortejo como hacerte el interesante o hablarle a su amiga para sacarle celos.

-No he conocido grandes historias pasionales con los sufíes.

Cicco lo sabe muy bien. Él conoció a su esposa en un lugar de oración. Mantuvieron el contacto vía e-mail y se volvieron a ver. Y, como en una canción bien escrita, todo fluyó.

-Ella estaba sola, yo estaba solo. Y bueno… uno más uno es dos.

Cuando un hombre y una mujer se conocen, los sufíes, si desean, utilizan los siguientes cuarenta días para conocerse más. Si luego de ese tiempo descubren que no se gustan, no pasa nada: cada uno sigue su camino. Si es la otra opción, lo recomendable es casarse. Nada de romanticismos superfluos, directo al grano.

-En el Islam, el matrimonio es la mitad del camino. Si uno está casado, su rezo tiene muchas más bendiciones que la del soltero. Se dice, además, que la mitad de los males de este mundo provienen de hombres solteros.

Aquella vez en Chipre, Abdul Wakil tenía varios kilometrajes de búsqueda vivencial en su mochila. En el 2007 había huido de los horarios laborales para establecerse en Lobos, una localidad ubicada a 100 kilómetros de Buenos Aires.

-Ahí empezó a cambiar mi vida. Empecé a tener más tiempo, cambié mi forma de mirar. Antes (en la ciudad) estaba muy metido en la vorágine urbana.

Dos años después conoció y entrevistó a Burhanuddin, un sheik sufí que había viajado desde Alemania hasta Argentina. Entonces se produjo un cambio. Un cambio que fue más fuerte que los tres años dedicados a la enseñanza del budismo zen. Poco después se convirtió al sufismo. Se bautizó y recibió un nuevo nombre. Encontró lo que estaba buscando.

“La gente piensa que teniendo un solo empleo encontró el paraíso” fue otras de las frases que Leila Guerreiro dejó en Perú. Bueno, a Cicco el trabajo freelance lo llevó al suyo.

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Abrimos los archivos de las clases dictadas por Cicco y encontramos esto:

“Un buen periodista de autor es como un mago: un hombre que sabe muchos trucos…No hay bofe que le caiga encima que no pueda convertirlo en un plato de chef internacional. Yo tengo tres perros que alimentar, es decir, conozco el aspecto y la textura del bofe. Sé lo difícil que es convertir ese pulmón incomible en algo apetitoso”.

-El tipo me hacía reír. Me gustaba su manera de escribir, de introducir cosas extraperiodísticas al periodismo. En su momento Cicco practicó el zazen (práctica de meditación del budismo zen) al igual que yo. Conectaba con un par de aspectos de su manera de ver el mundo que trasladaba a sus textos.

Lucas Parera escribe estas líneas desde la redacción de La Nación, uno de los diarios más importantes de Argentina. Son las 8:45 p.m. Está molido. El oficio es duro. Todos lo sabemos. Aun así se da tiempo para contestar nuestras preguntas. Él fue uno de los alumnos que tuvo Abdul Wakil en el 2014 en el curso en línea Periodismo Narrativo de la plataforma Periodismo.net. Antes de volverse su estudiante, ya era un fan. Había leído varios de sus artículos e incluso el libro que publicó en 1999: El secreto de Cortázar.

Muy lejos de la capital argentina –específicamente a 8527 kilómetros- Rosalía Reyes recuerda, con la computadora encendida, las primeras impresiones que tuvo tras conocer la prosa de Cicco. No es fácil convencer a una editora con experiencia en el reporteo y hoy conductora de un programa periodístico que toma el nombre de la ciudad donde reside desde hace seis años: Nueva York entre letras. Hay que tener maña, originalidad.

-De inmediato me cautivó su tono entre irreverente y humorístico y, al mismo tiempo, inteligente para saber estructurar la información de manera que, poco a poco, te va soltando datos en el momento más oportuno. Te mantiene atenta y con ganas de seguir leyendo.

Desde hace veinte años Cicco ejerce la docencia. Siempre le interesó compartir con otros los conocimientos que ha acumulado en su carrera. Al mismo es una forma de sistematizar las herramientas que va encontrando en el camino. Logros no le faltan. Además de haber publicado en las mejores revistas de habla hispana ha obtenido el Premio Pléyade de la Asociación Argentina de Revistas (1999) y el Premio Estímulo a la excelencia periodística de la Escuela de Periodismo TEA. Hay, ciertamente, un elemento más en su didáctica pedagógica: Su  nombre es Marcelito y es el asistente virtual del profesor que hace el papel de “policía malo”. El hombre que goza haciendo observaciones sobre las falencias de tus textos, pero con una carga de humor sarcástico.

-Marcelito es un invento que nació en mis primeras clases on-line. Es un enanito que le dice a los alumnos lo que yo no me atrevería a decirles.

Y funciona. Quien escribe estas líneas pude dar fe de ello ya que fue compañero de Lucas y Rosalía en esas clases que consistían en puro texto. Mientras leías la lección semanal era imposible no soltar una carcajada, incluso cuando Marcelito hablaba sobre tus textos. “Supo encontrar la forma de corregir sin lastimar. Cicco es un profesor muy sensible e inteligente”, anota la periodista mexicana. Un enano corrector que amenazaba (“Cicco quiere que hagan una crónica de 900 caracteres, si alguien se pasa un carácter se lo aplastó con el pie”) o era capaz de señalar que un texto de James Ellroy eran tan bueno “como la sopa Qúacker”. Nuestro colega de La Nación reflexiona: “Marcelito es ese amor áspero que también te tienen que dar para poder crecer”. Un amor que no olvida las correcciones, especialmente después de una intensa jornada laboral: “Hay que cargar a palos a ese enano fascista”. Lucas no olvida.

Después de orar en dirección a la Meca, la escritura y la revisión de las tareas de sus alumnos son las actividades que ocupan su mañana. Desde hace un tiempo, junto con Ezequiel Brahim, un hombre que a los 27 años decidió empezar a correr, y a los 30 a escribir, maneja Writing Team, una escuela de escritura online dirigida a quienes les perturba una pantalla en blanco. Los cursos están elaborados por niveles y sigue la lógica de que la escritura “no es un arte solo para aquellos dotados de talento” sino “que se aprende y tiene sus secretos”.

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Normalmente, cuando uno conoce a personas que dicen haber enrumbado su vida y descubierto una nueva forma de ser feliz, se refieren al veganismo o al yoga. Algunos otros encontrarán la tranquilidad espiritual en una de las tantas iglesias evangélicas que existen. Pocas veces, escucharás a alguien pronunciar estas cuatro palabras: “Me convertí al Islam”.

Los musulmanes no son mayoría en América pero es evidente que se ha construido una imagen de ellos, especialmente desde los medios de comunicación y a través del entretenimiento mass media. Un ejemplo de ello son las producciones estadounidense que se han encargado de construir un arquetipo, donde se resalta su relación con el terrorismo. Hombres irracionales que quieren llenar de bombas las ciudades occidentales.

Cuando asesinaron a los caricaturistas de Charlie Hebdo, Abdul Wakil escribió: “No pienses que, como soy parte del islam, voy a defender a estos criminales. Estamos en el mismo bando. A decir verdad, esa gente ni siquiera pertenece al mundo islámico. Pertenece al mundo de los asesinos”. No son pocos los musulmanes que piensan igual.

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En el mundo hay, aproximadamente, 1600 millones de musulmanes.

“No todos los musulmanes son terroristas, pero todos los terroristas son musulmanes”, dijo un estudiante de la Universidad de Colorado durante un debate en clase. El tema de la discusión era las Cruzadas, aquellas campañas bélicas que son una demostración del enorme daño que ocasiona la utilización política de la religión, sea la católica o el islam. Al frente del autor de la frase, estaba Heraa Hashmi, una estudiante estadounidense de 19 años. Harta de los estereotipos, la joven musulmana decidió armar un Google Docs con 712 páginas de musulmanes condenando hechos de violencia desde el plano doméstico hasta el terrorismo. Luego lo compartió con el mundo a través del pájaro más chismoso: Twitter. La historia fue recogida por prestigiosos diarios como The Guardian. “Quería demostrar lo débil que es el argumento de que a los musulmanes no les importa el terrorismo”, dijo Hashmi.

¿Conocemos realmente a los musulmanes? Si quisiéramos hacerlo habría que empezar por enterarse de que en el mundo hay aproximadamente 1600 millones de musulmanes y es la segunda religión más extendida en el mundo. De acuerdo con el Pew Research Centre, para el 2050 se prevé que un 10% de las personas que vivan en Europa profesarán el Islam.

Más allá de terrorismo, otro tema picante que salta a la palestra cuando se habla de esta religión es el tratamiento de la mujer. Se cree, por ejemplo, que la ablación del clítoris es una práctica islámica. La Historia, sin embargo, nos dice otra cosa. Un informe especial de El País recordó que Herodoto ya daba cuenta de esta práctica que al parecer se remonta al Egipto faraónico. Si bien es cierto que países con población musulmana aplican la ablación del clítoris, este atentado al cuerpo femenino está relacionado con normas sociales ancestrales generadas por la obsesión “de controlar la sexualidad de las mujeres”. Así, en los bosques de Costa de Marfil se cree que el clítoris posee un gran poder y debe ser extirpado. Más de un especialista ha señalado que el Islam no promueve ninguna mutilación del cuerpo. De hecho, en el 2006, el Consejo Supremo de Investigación Islámica de la Universidad de Al Azhar señaló que la ablación del clítoris “no tiene nada que ver con la sharia” (ley islámica). Y ahora una información para alterar las neuronas de algunos lectores: desde hace varios se viene hablando de un feminismo musulmán. Mujeres, intelectuales y activistas están cuestionando el propio sistema patriarcal y exigiendo mayor igualdad. Ellas basan su lucha en su religión y en los conocimientos adquiridos de la política y las ciencias sociales. El mundo, ya deberíamos saberlo, no es binario sino múltiple.

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Si alguna vez vas a Lobos y preguntas por Cicco, no tendrás problemas para encontrarlo. Él es un vecino conocido y amistoso. Quizás uno de ellos te diga que estuvo por su casa. Tal vez te cuente que el periodista, un día, lo invitó a ver la mezquita que estaba construyendo y que, como tantos otros, pensó que era un espacio “bárbaro” para un asado.

Más allá de su vestimenta o barba profusa, Abdul Wakil tiene una vida tradicional. Como tantos otros, invierte tiempo para estar con sus cuatro hijos. No ha perdido el sentido de la comunidad, aunque al principio de su vida como derviche, el sujeto incomprendido fue él. Su padre no entendía por qué un periodista y escritor con proyección, se convertía al Islam. “Papá insiste en que, para él, hubiese sido más fácil aceptar que me declarara gay o decidiera cambiar de sexo. Pero hacerme musulmán fue demasiado”, dice en una crónica testimonial para luego reflexionar: “El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido”.

-Ahora estoy escribiendo un libro que está relacionado con historias de musulmanes que viven en Argentina. Mi gran desafío es comunicar el islam desde un lugar más moderno, accesible a las personas y alejado de todo prejuicio.

Para muchos, el camino tomado por Cicco puede sonar descabellado. Y sí, puede que lo sea, pero no por eso deja de ser una decisión honesta. Total, todos cambian. Un día defiendes la Revolución Cubana, luego te vuelves liberal y terminas de novio de Isabel Preysler. No pasa nada Mario. Tranquilo. De igual forma, ¿por qué un exactor porno no puede volverse sufí?

Foto de portada: tomada de la Fundación Tomás Eloy Martínez

Escrito por Manuel Angelo Prado

Ha publicado los poemarios Estación (Lustraeditores, 2011) y Hemiparesia izquierda (Catavento, 2017). En el 2012 fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo. Licenciado en Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), se desempeña como periodista en temas de política y cultura. Textos suyos han aparecido en la Guía de Arte de Lima, el portal LaMula.pe y la revista Poder. Desde el 2016 también se dedica a la fotografía. Una de sus imágenes ha sido parte de la exposición de las Jornadas Hispánicas (Journées hispaniques) en la Escuela Superior de París.