Cuando acaba el mar, hiere la tierra,

se cuela por las entrañas este aire seco,

corroe hasta los huesos el salitre espeso,

se acumula en los pulmones la arena.

Y no hay nada.

Nada.

No hay más que el sordo sonido que quiebra la tierra,

árboles mudos que en este paisaje no prosperan.

hay nada.

Nada.

No crece en la tierra más que esta vida de ojos muertos y

este cultivo de almas secas.

nada.

Nada.

No palpita más que el hambre en aquellos cuerpos marchitos que ni siquiera se lamentan

.

Nada.

No camina nada en el desierto, sólo un mohíno calor que no flaquea.

.

Escrito por María A. Zorro

Estudiante de literatura y psicología de la Pontificia Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia.