Última carta,

 

Nunca fui a París, Verónica. Pero nunca pude olvidarte.

Recorrí ciudades y pueblos de Venezuela, tratando de extraviarme, de sacarte de mí, de hallar en otros territorios y otros cuerpos el borrador que arrasara con tu recuerdo, pero este no hacía sino multiplicarse como un espejo fragmentado en todos los lugares, en todas las mujeres en que recaía sin posibilidad de arraigo ni olvido. Tarde entendí que tú no eras solo un recuerdo, Verónica, del que pudiera deshacerme como quien se quita los zapatos que ya no nos sirven para andar. Te habías mezclado de tal modo a mi cuerpo y a mis emociones, eras tan mi sangre y mis sentimientos, mis huesos, mi piel y mis pensamientos, que para acabar con tu memoria hubiera tenido que acabar conmigo. Borrarte solo era posible borrándome. Y no tuve el valor de destruirnos de esa manera.

 Estoy aquí, he vuelto, y escribo esta carta bajo la luz de esa lámpara que tantas veces nos alumbró en el pasillo secreto de la librería de mi padre. Cómo olvidar esa luz que nos acompañaba cuando leíamos o nos desnudábamos arrastrados por la vorágine de las palabras y los cuerpos. Ahora que escucho el sonido del trazo de la pluma sobre el papel, imagino tu respiración, tu voz, tu risa de niña malcriada. Entonces levanto la mirada y no veo sino los estantes repletos de todos los libros que ya no podré leerte.

Llegué tarde. Y no podré perdonármelo. Entre nosotros la fuerza que nos ataba era tan intensa como la que nos separaba. Fuimos siempre tercos, soberbios, impetuosos. Eso nos desgastaba, y al mismo tiempo, luego del furor de las peleas, nos impulsaba a un reencuentro apasionado, desbordado, donde nos lamíamos las heridas con sangre y con besos. Pero estaba también esa zona de sombra, esa fractura que llevabas siempre dentro, desde niña, y que te hacía estallar con una violencia que lindaba con el delirio. Eso terminó por distanciarme. Te amaba, pero no sabía lidiar con ese descontrol, con esos espasmos de una oscuridad proveniente de un lugar al que no podía acceder ni podía comprender, y que llevabas muy hondo, como una suerte de culpa o de voz rota que a veces se apoderaba de tu otra voz, que yo quería creer que era la verdadera. Pero no. Tú eras ese claroscuro apasionado y misterioso que mi egoísmo o mi miedo no pudieron sobrellevar. Y hui, inventando excusas que supuse te alterarían. Te hice daño adrede, para que me odiaras de tal modo que pudieras olvidarme con razón, con facilidad. Aunque todo era un invento muy bien pensado, no lo logré. Fue peor. Ambos quedamos incompletos. Tú, tratando de luchar contra el vendaval del olvido, y yo, contra la metralla de los recuerdos. Dos orillas solas, y en el medio, el vacío ensanchándose.

Hace un par de días llegué a Barquisimeto. Fue como volver a una ciudad arrasada. Las calles, la gente conservan algo de aquella belleza de crepúsculo que pudimos contemplar mientras estuvimos juntos, pero mucho se ha perdido en el camino. Este país se lo llevó el demonio. Pero no es de ese desastre del que deseo hablar aquí. Fui directo a mi vieja casa abandonada. Me costó entrar, la cerradura oxidada impedía que la llave abriera la puerta. Me senté en los escalones de la entrada mientras el sol me abrasaba por fuera y la tristeza por dentro. Entonces vi en un extremo de la puerta el montículo de piedras. Formaba una figura que no supe descifrar, pero que entendí como una señal. Me acerqué y advertí las cartas bajo las piedras. Tus cartas. Empecé a leerlas allí, sentado frente a mi vieja casa, las releí varias veces hasta que cayó la noche y me quedé sin lágrimas. Finalmente pude entrar, me arrojé sobre un sofá polvoriento y dormí hasta el día siguiente, sin quitarme la ropa, soñando con todo lo que acababa de leer. La luz del cielo azul entró por entre las persianas de la sala y me levantó temprano. Vi las paredes despintadas, las plantas muertas, la suciedad, soledad y el abandono. La casa era un gran espejo de mi vida. Me restregué los ojos, fui al patio a buscar un poco de agua en el pozo, me lavé la cara y salí a buscarte.

Pasé cerca del correo y se me hizo un nudo de culpa en el estómago. Quise entrar en el mercado donde una vez, enratonados, nos bebimos una sopa de brócoli, pero no podía retrasar más nuestro encuentro. Sí me detuve unos segundos frente a la Catedral, donde alguna vez soñamos que nos casaríamos. Quise ver la hora en el Obelisco pero el reloj estaba dañado. Mal presagio. Al llegar a tu casa mi corazón empezó a acelerarse, toqué la puerta sin disimular mis ansias, mi desesperación. Me abrió tu hermana. Algo en sus ojos me lo dijo todo pero quise creer que no podía ser posible. Me hizo unas señas para que entrara y entré. ¿Verónica?, dije. Hubo un silencio. En su mirada había una mezcla de reproche y odio, también de compasión. Entonces la palabra Murió, dicha con énfasis, rompió el silencio de la habitación, destrozándome para siempre. Sentí como si se estuviera vengando, como si pronunciándola con firmeza, ella supiera que me hundía un puñal en el alma que jamás podría sacarme. Estuve a punto de desmayarme, pero me apoyé, una vez más, en la literatura. En el recuerdo de La tregua, de Benedetti, la novela que leímos juntos una tarde en un banco de El Cardenalito, y que de regreso a tu casa me confesaste que jamás olvidarías. Allí, parado frente a tu hermana, me vino con toda su dolorosa contundencia la escena en que Santomé se entera de que Avellaneda, el joven amor de su vida, ha muerto: «Murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo. Entonces, cuando moví los labios para decir “murió”, entonces vi mi inmunda soledad, eso que había quedado de mí, que era bien poco. Con todo el egoísmo de que disponía, pensé en mí mismo, en el remendado ansioso que ahora pasaba a ser. Pero esa era, a la vez, la forma más generosa de pensar en ella, la más total de imaginarla a ella».

Me senté en una silla y hundí la cara entre mis manos. No sé cuánto rato estuve así, petrificado en el sufrimiento. Tu hermana callaba. Cuando logré alzar el rostro pregunté cómo había sido. «La trajeron empapada a la casa. Llevaba cinco horas flotando en el río. Los vecinos dijeron que la vieron caminando por el puente que lleva a la avenida Pedro León Torres, y que tal vez se tropezó. Ella ya no coordinaba bien. No solo olvidaba las cosas más básicas. También su cuerpo olvidaba. Se había vuelto torpe. Vivía como en un limbo». Eso me dijo. Luego entró a una habitación y yo solo quería correr al puente y lanzarme al río para imaginar que te rescataba, aunque se tratase de una idea absurda. En eso tu hermana regresó con un paquete envuelto en una bolsa de papel de panadería. Dentro estaban tu diario, otras cartas, tus manuscritos, algunos poemas. Me los entregó y le agradecí. Asintió con la cabeza y me levanté para irme. Me acompañó hasta la puerta y antes de salir me confesó que los últimos días, antes de lo del puente, habías olvidado incluso leer y escribir, pero que siempre repetías una palabra y esa palabra era mi nombre: Sergio.

Sí, Verónica, tenías razón, siempre la tuviste, nunca pude desprenderme del aroma de tu piel, esa fragancia como de pan recién salido de un horno en el que ardías para mí. Tu cuerpo tenía la forma, el aroma y el sabor de un pancito, te lo decía así, en diminutivo, y tú sonreías porque te gustaba saberte mi alimento más deseado. Ahora sé que las personas no solo pueden morir de olvido sino también de recuerdo. Ahora que encontré tarde el camino de regreso, ese que esperabas mientras tu memoria se desvanecía como un agua triste dentro de tus pensamientos, me veo aquí solo con tus papeles, sostenido en tus palabras, escribiéndote como si conversara contigo, acusando en carne viva la certeza de que no podrás responderme, de que nunca más, Verónica, de que ya no estás.

Para qué escribir que te amo si lo que siento no cabe en esas dos palabras. Tan breves, tan insuficientes. Lo que siento las sobrepasa. No sé cómo escribir lo que siento, lo que no voy a dejar de sentir por ti, Verónica mía. Es mucho más que la palabra amor pero no logro convertirlo en escritura, porque la escritora aquí eres tú, eras tú, y yo el lector que ha llegado tarde a tantas cosas que no sé cómo decir porque me traspasan.

Pero antes de irme de estas páginas quiero responderte que sí, que sí me acuerdo de lo que hicimos aquel día en que nos conocimos cerca del bar, Verónica, luego de que te importuné borracho preguntándote cuál era el último libro que habías leído. Me moría de ganas de abrazarte, de besarte, de hundir mis manos bajo tu vestido negro y corto, y recorrerte completa, pero sabía que estaba muy ebrio y quise más bien serenarme, no dar una mala impresión, y por eso te pedí que nos metiéramos en un café para bajarme la borrachera, y allí bebimos capuchino tras capuchino, y hablamos de todo, de poemas y novelas, de tu familia, de nuestros viajes y viejos amores, de las vivencias de infancia, de París, de nuestras fragilidades y nuestros sueños y nuestros miedos. Te conté todos los chistes malos del mundo, y ninguno te hizo reír. Luego salimos a caminar y  bajo los faroles de una esquina, te besé, fue nuestro primer beso, y por eso mis labios sabían a café. Temblabas, es verdad, lo recuerdo bien porque yo también temblaba, y para despedirme, te recité, los siento ahora tan premonitorios, aquellos versos de Andrés Eloy Blanco que prolongaron esa noche tus temblores y nuestros presentimientos: «Cuando tú te quedes muerta, /cuando yo me quede muerto, /tendrán que enterrarnos juntos /y en silencio; /y cuando tú resucites, /cuando yo viva de nuevo, /nos volveremos a amar /en silencio; /y cuando todo se acabe /por siempre en el universo, /será un silencio de amor /el silencio».

Supongo que si nuestra historia fuera un libro debería finalizar aquí, en esta línea de silencio, inconclusa, como quien alberga la esperanza de que no termine.

               Sergio.

Escrito por Yoselin Goncalves

Yoselin Goncalves nació en la ciudad de Barquisimeto, Venezuela, el 21 de mayo de 1993. Licenciada en Publicidad y Mercadeo (Panamá). Ha trabajado en distintas áreas de marketing. Participó en diversos talleres de escritura y sus textos han sido publicados en diferentes medios. Es egresada del primer Programa de Formación de Escritores (PROFE) promovido por el Instituto Nacional de Cultura (INAC) en el 2017. Obtuvo una mención de honor en el Concurso Venezolano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción SOLSTICIOS, por su relato «La mujer del lago» en la categoría «fantasía». En marzo de 2018, su cuento «Te llevo en mis venas» fue finalista del II Concurso Internacional de Cuento Breve Todos Somos Inmigrantes de México. Su primera novela fue la bilogía El acecho de los inmortales (volúmenes I y II). No apagues la luz es su primer libro de cuentos de terror.

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