El A es un síndrome psico.tera.pseudo.casi.anti.autodepresivo. De esos que abundan solo en la mente del que los posee. Cuenta la leyenda que si se dice su nombre tres veces frente a un estudiante de psicología este se emocionará y replicará un ¿en serio? al menos tres veces, si se tiene suerte, solo dos: ¿en serio? ¿pero en serio? Es como estar medio loco.

Para darle a uno el manual de instrucciones no hay papel que sirva, mucho menos después de un cuarto de vida usando el A por adelante y por atrás (sin pista de que existe, claro). Hay precauciones, como esa de no dejarlo mucho tiempo en exposición al sol, en este caso no dejar al implicado mucho tiempo en exposición a: ruido, gente, más gente, cambios repentinos, cuartos blancos grandes y tristes, la tristeza, perros con sarna, perros muriendo, música de moda, música antigua y triste, la tristeza, la gente, una cátedra, manos alzadas, una charla, un café, la sala de espera, la balanza, un viaje, el avión, un país, de gente, más gente, la tristeza, y la soledad. Lamentablemente a esta última no se le hace caso, es inevitable, es la fecha de caducidad de A y de su individuo, solo que este frasquito se caduca cada tres días, cada par de años o cuando la suerte o el azar encuentre al desafortunado solo, triste y rodeado. De gente.

Tener en cuenta que el A es un arma de doble filo, que puede ser idealizado (aunque no lo ha sido), pero que así mismo puede matar. El A hace eso. A es un fantasma de medianoche, de esos que atacan cuando el individuo se despierta recordando la humillación pública de hace ocho años, buscando las palabras perfectas para ese desencuentro lingüístico de hace diez. Eso hace el A.

Y el A, no puede decirse que, como dicen los doctores, tenga tratamiento, porque ni siquiera es una enfermedad. El A es un pequeño quiebre encefálico, una costra en la matriz de un cuerpo, que no duele, es cierto, pero sí apesta. Los doctores dirían de tres a seis días para que apeste más, para que se vuelva putrefacto e inunde la sala de ese aroma a lágrimas y sudor de viejo amargado. Pero no es tan fácil porque el de A sufre y huele todos los días de su corta experiencia (existencia). Como un niño que se embarra de dulce las manos y la boca sin notarlo, el de A se embarra de mierda existencial, esa de la que cree que ha leído, pero solo ha escuchado.

El de A, para concluir puede volverse también un catedrático de hormigas. Saber el arte y desarte de cualquier ciencia y técnica (una a la vez, tomar nota). Saber por ejemplo hasta cuantos vellos tenía en la nariz Napoleón Bonaparte antes de tomarse La Bastilla, todo todo todo. Lo mismo, poder dictar catedra en la ducha. Un genio. Pero ese genio de A lo único que no puede saber es como sonreía Napoleón, como platicaba con sus coidearios, como miraba a los ojos a quienes iba a decapitar. No puede saberlo porque no lo comprende. El de A es un iletrado e ignorante de las ciencias emotivas, las más fáciles de adquirir, aún las más austeras. El de A se caduca cuando debe rendir lección en esta asignatura, el A asesina un órgano (vejiga, riñón, aquel responsable de la sudoración excesiva) y deja al pobre individuo en el suelo, contemplándose en el centro de la escena, colorado, despeinado, feo y solo.

Este producto es sólo compatible con un diagnóstico de los cinco a los nueve años, más allá de eso el A puede ser catalogado como una sociopatía (en el mejor de los casos) o amargura (en el peor). El A no se responsabiliza por cada una de las muertes invisibles que el individuo sufra diariamente en exposición al A. El A aún está en producción y desarrollo. No se aceptan devoluciones.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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